

Página 1
En el prólogo de La Invasión, el primer libro de cuentos que escribió y que reedita ahora, cuarenta años después, afirma que no le parece que un escritor escriba mejor con los años, sino que a menudo ocurre más bien al revés. En su caso particular, ¿ha evolucionado en algún sentido su manera de escribir desde la publicación de este primer libro en 1967?
No sé si debemos hablar de evolución, digamos que hay transformaciones, cambios, repeticiones, virajes, pero no me parece que haya que verlo como un progreso. La literatura se parece a los sueños; uno no sueña mejor a lo largo del tiempo. Lo que se aprende a medida que se escribe es lo que no se quiere hacer, en eso todos los escritores somos como el copista Bartleby de Melville. “Preferiría no hacerlo” es una buena definición de la poética de un escritor. Se tiene cada vez más claro lo que no se [quiere] prefiere no hacer y así se avanza, creo, por descarte. En cuanto a lo que se quiere hacer, a veces las cosas funcionan y a veces no. Eso sí, desde que empecé, siempre pienso que el libro que estoy escribiendo es el mejor.
Ya se sabe que es difícil cambiar. Muchos confunden cambiar con envejecer. Desde luego, como todos, he vivido varias vidas -simultáneas y sucesivas-, pero mis ideas políticas y mi concepción de la literatura no han cambiado demasiado. Escribo un diario desde años y cada vez que releo esos cuadernos me doy cuenta de que lo que más ha cambiado en mi vida es mi letra manuscrita. Habría que llamar a un grafólogo –como en los viejos tiempos- y pedirle que descifre esos cambios y me explique su sentido.
Bueno, eso no siempre depende del libro mismo; cambian los modos de leer y, por lo tanto, muchos textos se olvidan y se vuelven ilegibles sencillamente porque la lectura ha cambiado. Si pienso en los relatos que he vuelto a leer una y otra vez a lo largo del tiempo –por ejemplo Pedro Paramo o Los adioses o Las Hortensias- me parece que tienen algo enigmático, incomprensible diría incluso. Un punto oscuro, cierta opacidad, como si no pudieran terminar de decir lo que quieren decir (o lo dijeran de un modo demasiado extremo). Kafka sería un ejemplo o Melville, ya que hemos hablado de él. No es algo deliberado, no depende de la intención del escritor, sino del efecto que produce en el lector. No está ligado a la oscuridad buscada, no es del orden de la prosa, más bien esos libros –o quizá la literatura misma- tienen siempre algo que no se entiende, que no se alcanza a descifrar y que nos perturba.
En realidad, las restricciones son siempre productivas, porque plantean problemas de forma. Si no existen, hay que inventarlas. No creo en las poéticas espontáneas, como la escritura automática de los surrealistas o los rush de la prosa de Jack Kerouac y la beat generation. En un cuento, la historia parece tener un límite, una duración determinada, pero si uno sigue, ¿la historia cambia? Me interesan los escritores que se plantean esos problemas, como Calvino o Perec o Nathalie Sarraute. Los cuentistas se enfrentan siempre con reglas rígidas. Sobre todo en la tradición del cuento clásico, a la manera de Hemingway o de Borges, relatos de cinco mil palabras, donde todo es elíptico y muy concentrado. En cuanto a las imperfecciones, me parece que así encontramos la voz propia. Lo que cualquiera puede corregir, eso es el estilo. Sabemos que Onetti usa demasiado gerundios, que la conclusión de las frases por momentos es incierta, los pronombres no siempre están bien definidos, que suele usar mas adjetivos abstractos de los que uno desearía, pero esa suma de imperfecciones, esa persistencia en el error –digamos así- convierten su escritura en algo único y su prosa en un gran acontecimiento de la lengua. No es sólo por eso que escribe como escribe, pero es también por eso.
La velocidad del relato, la marcha, es esencial. La clave para mí es el tono, cierta música de la prosa, que hace avanzar la historia y la define. Cuando ese tono no está, no hay nada. Ahí se juega toda la diferencia entre redactar y escribir.
Más bien nos ayudó a todos. Cuando empezamos a escribir, el hecho de que existieran Cortázar o Silvina Ocampo o Enrique Wernicke, daba una medida de lo que se podía hacer con el cuento y hasta dónde se podía llegar con esa forma, considerada menor. A la vez, creaban un espacio que hacía posible -o relativamente posible - para un escritor inédito publicar un libro de cuentos. Y esa fue la experiencia de los escritores de mi generación. Miguel Briante, Hebe Uhart, Jorge Di Paola, Juan José Saer, todos empezamos publicando libro de cuentos.
Fue un chiste de Renzi, y como todos los chistes, dice algo cierto. Mi idea de los mejores escritores –vamos llamarlos así- ha ido cambiando con el tiempo. Si estuviera obligado a contestar esa pregunta, diría que hoy –jueves 29 de marzo de 2007- pienso que Macedonio Fernández es el mejor escritor argentino del siglo XX y que Sarmiento es el mejor del siglo XIX. Pero esa sinécdoque y esa jerarquía presidencial debe ser entendida desde luego como un chiste (que no hubiera alegrado a ninguno de los dos difuntos).
A ver, lo contesto con los cuentos que tengo por aquí, a mano. Uno podría ser “Dry Setember” de Faulkner. Otro, “Viaggio di Noce” de Pavese. También “Un nido de gorriones en un toldo” de Cabrera infante, “Informe para John Howell” de Cortázar, “El infierno tan temido”, de Onetti, “In the Cage”, de Henry James, “Gutural” de Estela do Santos, “Babilonia Revisited” de Fitzgerald. Y sobre todo, “The Snow of Kilimanjaro” de Hemingway (ese relato sí que me hubiera gustado escribirlo).
Siempre trabajé sobre esa tensión. En general, parto de un hecho real que a veces al final ni siquiera aparece en el relato o se transforma en otra cosa, pero es muy importante para mí tener ese punto de anclaje. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo una historia policial, ambientada en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, en el que pasé parte de mi infancia. Ese pueblo tan familiar para mí, es el ámbito que hace posible el relato. Pero no siempre tener un punto de partida real resuelve las cosas. Desde hace años intento escribir un relato que sea la reconstrucción de una batalla, que fue muy importante en la historia argentina del siglo XIX y que conozco muy bien, pero no termino de encontrarle la vuelta. Me gustaría que el relato captara el movimiento, parecido al de un río que se desborda, de la caballería entrerriana que avanza sobre el núcleo de hierro de la artillería enemiga emplazada en la bajada de la llanura. Esa es la imagen real, el hecho histórico, digamos así, que intento narrar. Del mismo modo, el relato policial que estoy escribiendo sólo pueda suceder en ese pueblo de la provincia de Buenos Aires, aunque nada de lo que cuento haya sucedido ahí.
Bueno, la realidad cambia cuando no hay sobreentendidos, ni supuestos, ni se tiene la experiencia directa; todo se vuelve más nítido, y parece más claro, pero eso no quiere decir que se entienda mejor. Estoy enseñando un curso sobre Sarmiento, sobre Facundo en realidad, y supongo –o imagino- que ese libro es el que verdaderamente me mantiene cerca de la realidad política argentina.
Todo el que se enfrenta con los Estados Unidos, y más que nunca en estos tiempos, es visto con simpatía en América Latina. Las críticas que antes eran exclusivas de la izquierda se han generalizado y casi nadie que sea honesto duda hoy de que el estado norteamericano tiene una política criminal. En los años de la hegemonía neo-liberal, Estados Unidos era presentado como el modelo ideal al que se debía imitar si se quería acceder al llamado Primer Mundo. Hoy, distintos países latinoamericanos (Chile, Brasil, Venezuela, Bolivia, la Argentina, entre otros) están buscando su propio camino. La idea de la unidad de América Latina es una aspiración legítima que nació con las luchas de la independencia. Pero al mismo tiempo, cada vez está más claro que América Latina -como lo han planteado Darcy Ribeiro o Edouard Glissant-, antes que un conjunto de naciones, es una articulación de áreas culturales muy diferenciadas -el Caribe, la zona andina, el Río de la Plata, para nombrar sólo algunas-. Y que cada una de esas regiones tiene sus propias tradiciones y su propia historia más allá de las fronteras estatales. Podríamos imaginar un futuro en el que esas zonas, relativamente autónomas, establecen conexiones y redes a partir de sus diferencias culturales. Pero, como todas las utopías, se trata en realidad de un modo de pensar el presente.
Lo raro sería lo contrario. Desde 1945, es decir, desde hace más de medio siglo, en la Argentina todos los presidentes que gobernaron sin ser peronistas (Frondizi, Illía, Alfonsín, De La Rua) no pudieron terminar su mandato. Por otro lado, ha sido imposible -para la derecha y para la izquierda- constituir un partido político o un movimiento que fuera una alternativa frente al peronismo. Luego de que los militares han dejado de ser vistos como una solución dictatorial a ese dilema, parece haber desaparecido la posibilidad de un afuera del peronismo. Como si el peronismo, igual que el mundo de Tlön en el cuento de Borges, se hubiera superpuesto con la realidad. Y hablando de eso, alguna vez habrá que estudiar la presencia del peronismo en el concepto borgeano de realidad. Borges decía que los peronistas eran incorregibles y me parece que se estaba definiendo también a sí mismo. Borges (al menos su estilo) también es incorregible.
Por supuesto que el escritor, como cualquier otro ciudadano, tiene responsabilidades políticas. Ahora bien, esas responsabilidades ¿son específicas? Ahí está todo el debate. Quizá esa responsabilidad es del orden del lenguaje. La literatura sería una crítica práctica de los usos sociales del lenguaje (pero no sería eso solo, claro).
Sí, por supuesto, pero no sé si en esos mismos términos. Tal vez ahora podríamos agregar: para figurar en los medios no vacilamos en afirmar, etc. Por otro lado, sería muy útil hacer una historia de la literatura analizando el modo en que se ganan la vida los escritores.
Digo siempre –otra vez un chiste, para decir la verdad- que uno escribe para saber qué es la literatura.
Tengo un amigo que lee mis libros antes de que se publiquen y que funciona para mí como el representante de todos los lectores. Nos conocimos en La Plata cuando entramos en la universidad, el estudiaba filosofía, y desde entonces ha leído todo lo que he escrito (incluso lo que no he publicado). Podríamos considerarlo –como a todos los lectores- un doble, pero también un antagonista, un censor y también una víctima. (Debe estar harto, pero ya no se puede echar atrás porque cualquier gesto que haga es interpretado por mí en relación con lo que escribo).
Sabemos que se publica más de lo que se escribe. Y que Rulfo o Macedonio Fernández han sido siempre un modelo ético para todos nosotros. Sólo dos libros publicados en vida. Sabían hacer silencio. En mi caso, no fui tan consecuente; en 1986 publiqué Crítica y Ficción y en 1988 publiqué Prisión perpetua. Pero las novelas me llevan mucho tiempo. Incluso ahora, hace diez años que no publico una novela y sigo trabajando en Blanco nocturno, no es que la mejore, más bien al contrario, sencillamente la vuelvo a escribir. En la Argentina, el que ha hecho de esa retórica del silencio una profesión lucrativa es Ernesto Sábato. Lo hemos criticado mucho por su manera tan locuaz de quedarse callado, aunque la verdad es que sus novelas son buenas, a pesar del tiempo que tardó en escribirlas (en especial Sobre heroes y tumbas, un melodrama gótico a la Faulkner muy bien hecho, con incesto incluido).
Por
Uriel
Quesada
Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.
Por
Amir
Valle
Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.
Por
Alejandra
Costamagna
La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]
Por
Elidio la torre
lagares
Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.
Por
Edmundo
Paz Soldán
La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".
Por
Ladislao
Aguado
Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.
Por
León
de la Hoz
Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...