Esos brotes verdes en la tierra
y otras historias breves

(Cuentos)

Carolina Fonseca

carolina-fonseca-otrolunes32

No resulta fácil caracterizar la escritura de esta talentosa cuentista, trazar un perfil que le dé identidad propia y ayude al lector, a priori, a formarse una idea de lo que habrá de descubrir en sus cuentos (…)

(…) la calidad humana de sus personajes: la sutil escenificación de sus costumbres, obsesiones, temores y esperanzas, sin excluir mañas y fobias. Todo lo cual contribuye a humanizarlos, a hacérnoslos creíbles.

carolina-fonseca-2-otrolunes32(…) el lenguaje narrativo de Carolina Fonseca es moroso, sugerente, cumulativo en el sentido de ir recogiendo, en su transcurrir de frases y párrafos usualmente largos, impresiones y sentimientos que, sumándose, terminan convergiendo en una manera de captar parcelas integrales de la realidad, tanto la externa como la interior. Frases envolventes, a menudo fragmentarias, en las que se alternan palabras de una gran precisión semántica con expresiones cuya plasticidad metáforica apunta con singular fuerza expresiva hacia verdades no siempre dichas, elípticas, a veces olvidadas, a menudo dolorosas. Un lenguaje y una manera de narrar que, en esta cuentista, ya constituye todo un estilo.

Por otra parte, sus cuentos jamás dan una explicación ni describen algo que no sea funcional en la historia, más bien abren pequeñas o grandes interrogantes cuyas respuestas yacen por ahí desdibujadas y hay que descifrar, pero que están ahí, palpitando suavemente como el discreto corazón azorado de un pájaro tras su inquieto vuelo.  Y es que así son sus historias, cápsulas de emotividad contenida, pequeñas válvulas secretas a punto de desbordarse en el ánimo del lector.

Enrique Jaramillo Levy.
Del prólogo al libro: Dos voces 30 cuentos.

 

*****

 

Esos brotes verdes en la tierra

Es temprano, digamos las siete, y ella abre los ojos y siente, como otras veces, algo parecido a la tristeza; un huequito en el pecho; muy vago, tenue, y cierra los ojos. Vuelve a abrirlos porque es de mañana y está claro que hay que levantarse; sería inmoral, incluso inconveniente, quedarse un martes o un miércoles en la cama mirando el techo que no le dice nada, o las cortinas que atenúan la luz. Pero está ese huequito que la mantiene indiferente; un pequeño vacío que no sabe muy bien cómo, le pesa, al punto que le resulta difícil sacudirse la sábana y sentarse.

Después de minutos y más minutos, se decide, no se aguanta, porque intuye que ese pequeño vacío, hoy, se la puede tragar si se mantiene ahí; se decide e inspira profundamente y se sienta. Así está mejor. Se para y camina despacio y le duele la edad en sus rodillas, en sus pies; ponerse en movimiento ahora es distinto, es ponerse en movimiento; antes era algo inmediato y natural; no había nada frío, entumecido. No se detiene a pensar en que está a la mitad de su vida,  porque ya se levantó; eso se piensa entre las sábanas y no de pie camino al baño. Tampoco se detiene a pensar en que es fea, en que lo ha sido aun joven, esa piel marcada, ese cuerpo cerrado que no ha dado frutos; no se detiene a pensar en que hace frío y ama las flores; en que es una mujer hasta en eso; en que es una mujer incompleta para siempre porque ya es tarde para ella.

Una vez frente al espejo se mira, y puede ver ese vacío ahora en su rostro y se dice: ya pasará; el agua todo lo disuelve.  Entonces se desnuda y se mete a la ducha; una ducha helada para despertarse toda. Sin embargo, esa corriente no arrastra esta vez el vacío, y digo esta vez porque ella sabe que tiene tiempo lidiando con él, diciéndose que si lo ignora, él se va, desaparece, como ha desaparecido otros días, arrastrado por el agua de la regadera, o soplado por el viento que cruza de una ventana a otra alguna tarde, o de puro cansancio ante la indiferencia. Solo que hoy lo sabe resuelto a quedarse y se asusta, pero no tanto como para atascarse ahí, en ese temor. Sale de la ducha con más energía, se restriega el cuerpo con la toalla y se va vistiendo, maquillando, encubriendo.

Toma la cartera, un libro, las llaves del carro, y sale a la calle rumbo al café donde acostumbra leer. Piensa instalarse desde temprano para olvidar ese vacío que no solo siente dentro, sino que ha empezado a rodearla, como un aura gris, casi visible.  El olor a café la recibe, y ella se cree a salvo, al menos por un rato. Se deja embriagar por ese olor y por los ruidos familiares de la máquina y sus vapores. Pide lo de siempre y se sienta en una mesa arrinconada para sumergirse en esa historia que la atrapó desde el primer día, la historia cruda de aquella adolescente que cruza un río sobre un transbordador con un sombrero de hombre y unos zapatos dorados; una adolescente que envejeció a los dieciocho años. Lee sin parar frases memorables, terribles, y se pregunta hasta qué punto esas lecturas la conducen a su tristeza que ahora la colma y que se ha ido definiendo como una sombra allá en el piso, a su lado izquierdo.

De golpe, cierra el libro y busca una de esas revistas con bonitas portadas, y se pierde en 20 Ideas simples para cambiar tu casa  o en Cómo lucir estupenda a los 40, para terminar en el pronóstico astrológico del mes: Tiempos especialmente favorables para los viajes al extranjero… Recibirá noticias de una persona cercana que tiene tiempo sin ver… Decídase a emprender ese negocio que tiene en mente… Cultive la paciencia… ¿la paciencia?… Muy bien– se dice — después de todo, esto puede serme más útil que leer a Marguerite Duras en tiempos de tormenta.

Un poco más ligera, hace a un lado la revista y se pone a observar el movimiento en el café. La sala está iluminada gracias a dos grandes ventanas con vitrales que crean el efecto de una luz de tonos múltiples, vitrales en los que nunca antes había reparado. Son mariposas pequeñas, pequeñísimas; un encaje de mariposas que revolotean para crear esa hermosa impresión de colores.  Los reflejos van a dar a una antigua vitrina inglesa que guarda servicios de té, tazas y platos de loza con diferentes diseños, lecheras, azucareras, dulceras. Ella los contempla y empieza a entender el porqué ese sitio le resulta tan acogedor, y se pierde en recuerdos felices. Cierra los ojos y aspira el aroma de ese lugar: una mezcla de cuero, café recién colado y buen gusto.  Siente el crujir de la madera del piso. Abre los ojos. En una mesa cercana un hombre lee el periódico del día; un titular llama su atención: ¡La ciudad celebra la llegada de la primavera! Observa a través del vidrio y le parece ver mínimos brotes verdes en la tierra, un señor que saluda agitando su sombrero, una ventana que se abre de par en par; asomos de calidez después de tanto invierno.

Ve la hora; debe irse: tiene dos traducciones pendientes para la semana entrante. Y mientras se para y camina hacia la puerta, mira la sombra densa que camina con ella, a su lado; la mira sin angustia; le sonríe más bien. Y es que ahora sabe que no hay salida a pesar de esos brotes verdes, a pesar de esa renovación; y, al mismo tiempo, sabe que la vida es mucho más que su reflejo en esa puerta de vidrio que empuja para salir a la calle; el reflejo de esa mujer que no ha dado frutos; la vida es también y a pesar de todo, esos brotes verdes en la tierra.

 

*****

 

7 minicuentos 

El mismo sueño

Al cabo de dos años soñando el mismo sueño (un sueño banal en el que era interrumpido en su lectura por un hombre que lo molestaba con comentarios sin importancia), Aurelio había agotado los recursos razonables para cambiar la suerte de sus noches, recursos que habían llegado al extremo de reubicar su sitio de lectura en lugares impropios o de disimular su apariencia con ropas y postizos. Vencido por este individuo que parecía no tener otro oficio que importunarlo, decidió de mala gana limitar sus ratos de lectura a la vigilia.

 

La casa

Aquella casa “misteriosamente” tomada, no era, en modo alguno, inocente. Antigua, con los años había adquirido todos los vicios de la edad, volviéndose intolerante y caprichosa. Los dos hermanos y su discreta convivencia la exasperaban. Se cansó de guardar recuerdos ajenos, del aseo diario, del absurdo encierro, del zumbido constante de las agujas de Irene, de su rutina conventual. Así fue como, fingiendo ruidos y voces quedas, los ahuyentó, y una vez deshabitada, se abandonó a la ruina. El que los hermanos, personas de naturaleza simple, salieran sin siquiera sospechar de ella, no es de extrañar; pero haber engañado a Cortázar es toda una hazaña.

 

Rogelia

Una mañana de junio ella supo que perdería la memoria. Había notado ciertos olvidos, pero tener que mirar la loza sucia en el friegaplatos para saber si ya había comido era para alarmarse. Pasada la confusión, se encerró en su estudio y se dedicó a recordar. Con la ayuda de fotos, cartas, y escritos, fue tejiendo su historia sorprendida por la cantidad de detalles inútiles y de relaciones gratuitas registradas en su memoria: la historia de una mujer autoritaria habituada a los gestos de la importancia; una historia que ahora le parecía intrascendente. A los veintiún días salió de su encierro, echó todos los objetos para el recuerdo a la basura, y se dispuso a vivir desde las pausas y los silencios que fueron desarticulando su mundo hasta convertirla en una mujer sin pasado que redescubría con deleite el café con leche cada mañana y que se dejaba deslumbrar por el milagro trivial de las flores de su jardín.

 

Cosas de la edad

Un hombre camina hacia una mujer por la acera. Con el arco tenso y la flecha en su sitio, Cupido aguarda detrás del arbusto el instante único en que sus corazones se solapen. Pero su pulso ya no es el mismo… Dispara, y la flecha va a dar al tronco de un cerezo, que en cuestión de horas, cubrirá con sus flores la avenida en pleno invierno.

 

Alba

Si en vida nadie había creído en ella, no veía porqué habrían de hacerlo después de muerta; entonces decidió no interrumpir su rutina habitual. Luego de orar, se dedicaba a limpiar el antiguo convento: hoy los vidrios de los altos ventanales, mañana los corredores y pasillos, al otro día los baños… hasta que al final de la semana no quedaba un rincón que no hubiera sido frotado por los trapos y plumeros de Alba, que habituada desde siempre a no ser vista, no notó la extrañeza que producía el movimiento inexplicable de los muebles, la sacudida de las cortinas, los ruidos de sus manos invisibles. Al poco tiempo de su muerte, su nombre corría de boca en boca y se le atribuyeron los milagros cotidianos del brillo impecable de las cosas y la aparición de los objetos perdidos.  Pero ella, absorta en el polvo y en las telarañas, se mantuvo ajena a su importancia mientras atendía, sin saberlo, a ruegos y oraciones en pequeños altares.

 

Aquel gesto

Su padre era un hombre importante; ella lo sabía por el tamaño y la fuerza de sus manos, por los colores oscuros con que se vestía, por las  veces que miraba el reloj cuando, sentados los dos en el comedor, desayunaban en silencio; un silencio que hacía juego con los muebles de otros tiempos y que se había instalado en la casa como una presencia necesaria. Por eso la sorprendió aquel gesto con que tomó cariñosamente su cabeza entre las manos y la apretó contra sí. Esa tarde magnífica, el sol no se puso hasta muy entrada la noche, el jardín era barrido por una brisa deliciosa y ella sintió que le salían dos alas transparentes y delicadas que desde entonces, mantiene bien plegadas a su espalda por miedo a que se vayan a quebrar.

 

El duelo

La tarde que murió el viejo campanero, no hubo toque de difuntos. Más aún: las campanas de la iglesia de San José decidieron enmudecer. Durante meses se hizo venir prodigiosas manos para persuadirlas de cumplir con su oficio, pero ellas se negaron a sonar; hombres diestros en repiques y clamores y en toques de variada índole fracasaron en su intento de moverlas.

Desprovisto de la voz que marcaba las horas y los ritos, el pueblo terminó por perder la razón: confundían los días de la semana, se levantaban a deshora, se olvidaban de sus rezos y sus fiestas abandonando las almas y los muertos a su suerte, mientras ellas en lo alto, se encerraron en su duelo indiferentes.

Del Autor

Carolina Fonseca
Abogada. Nacida en Caracas, Venezuela, radica en Panamá desde hace dos años. Egresada del Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá (2013), ha tomado talleres de cuento avanzado con Enrique Jaramillo Levi. Aparece publicada en un libro colectivo y en dos antologías, entre éstas: Los recién llegados (Foro/taller Sagitario Ediciones, Panamá, 2013), así como en las revistas Panorama (de COPA Airlines) y Maga (UTP). Su primer libro de cuentos es Dos voces 30 Cuentos, junto con Dimitrios Gianareas. Es Socia fundadora de Foro/taller Sagitario Ediciones.