Una desvergonzada sinceridad

Sobre Diario de un cocainómano, de Gustavo Biosaca y Rafa Millán

Recaredo Veredas

Diario de un cocainómano
Gustavo Biosaca y Rafa Millán
Temas de Hoy, 2014

 

Gustavo-Biosca-Rafa-Millan-otrolunes32He leído este librito de Gustavo Biosca y Rafael Millán de un tirón. Es muy divertido, pese a que lo contado sea la autodestrucción de un hombre (de un hombre brillante, además). Más o menos cuenta esto: un tipo de clase media-baja con gran sentido del humor, que incluso vive de su capacidad para hacer reír -durante sus primeros años como mago, luego como monologuista- siente un interés compulsivo por las drogas. Se define como “drogófilo”. Durante su adolescencia –vivida en un barrio obrero entre los últimos yonkis de la heroína- consume, sobre todo, LSD y speed. Sus inicios con la cocaína son decepcionantes pero, poco a poco, la más popular de las drogas duras va dominando distintas facetas de su vida, hasta convertirse en su eje y único motivo. Es decir, el aventurero pasa a ser un yonki, alguien dedicado en exclusiva a su estupefaciente favorito, que subordina todas sus responsabilidades vitales a la búsqueda de un objetivo. Parece una tragedia, pero, como luego detallaré,  contiene párrafos tronchantes.

Tal historia es, en nuestros tiempos, sumamente vulgar. La cocaína es el dinamizador de un sector importante de la vida social española. Como la gente no tiene nada que decirse, se mete una raya (o diez) y la cocaína habla por ellos. La farlopa es como los teléfonos móviles, empezó siendo patrimonio de los artistas y los snobs y ahora se meten hasta los labradores y las amas de casa. España es pródiga en records nefastos y el consumo de cocaína es uno de ellos. ¿Qué diferencia a Diario de un cocainómano de la cotidianeidad de los millones de adictos que pueblan la piel de toro? La respuesta puede hallarse desde la primera página: su desvergonzada sinceridad. Biosca y Millán son excelentes cómicos trágicos. Como tales, cuentan con suficiente distancia sobre sí mismos como para reírse de los peores dramas de su protagonista sin perder la compasión. Por supuesto tras la carcajada brota la grima, la sombra de una historia sucia, depresiva, ajena a la épica. El narrador es el propio Biosca y poco importa que algunas de las peripecias que narra parezcan inverosímiles (aunque lo inverosímil es muchas veces lo más real), lo trascendente es la verdad que transmite el conjunto, una verdad emanada de la mezcla de crueldad y sarcasmo con que la voz se trata a sí misma. Capítulo tras capítulo el irónico narrador va deslizándose por los escalones de la adición, camino de un sótano donde habita la soledad, la angustia y, con un pelín de mala suerte, el fin. Consiguen, además, y gracias a la absoluta sinceridad de la voz, que el lector se preocupe seriamente por la suerte de un protagonista cuyos días, en la mayor parte de las páginas, parecen más que contados.

El estilo es suelto, ajeno a cualquier veleidad estilística. Sin embargo, el minimalismo bukowskiano de los autores no les impide transmitir el espanto de los tugurios que recorren y el patetismo, a veces hasta circense, de muchos de los secundarios. La división en capítulos tampoco termina siendo repetitiva: los autores tal vez no sean auténticos profesionales de la escritura pero dominan la progresión mejor que muchos novelistas. El final es relativamente esperanzador, pero también abierto. Un adicto siempre puede recaer.