Memorias de un espía

Sobre la novela Mapa dibujado por un espía, de Guillermo Cabrera Infante

Rafael E. Saumell
Sam Houston State University

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“The reader will perceive how awkward it would appear to speak of myself in the third person, so at the risk of being deemed egotistical, I shall use the first person in the future pages of this work.”

Pat Floyd Garret.
The Authentic Life of Billy, The Kid.

 

En Mapa dibujado por un espía (Edición al cuidado de Antoni Munné. Galaxia Gutenberg, S.L., 2013), el narrador utilizado por Guillermo Cabrera Infante (CI) se vale, entre varias, de un fragmento de la cita arriba indicada para adelantar la perspectiva narrativa que empleará en el relato que cubre una breve (cuatro meses de 1965) aunque importante parte de su vida. Elimina el resto de la frase de Garrett después de aludir a la tercera persona. Parecería que no quiere arriesgarse a que lo tilden de vanidoso o, peor aún, de ególatra.

El resumen de la trama es más o menos el siguiente: se trata de las causas del que sería su último viaje a La Habana desde Bruselas donde ocupaba un cargo diplomático, al enterarse de la grave enfermedad de su mamá Zoila quien luego falleció, según el dictamen médico, por complicaciones de una infección en los oídos. Por entonces llevaba casi unos tres años radicado en Bélgica adonde lo asignaron luego del cierre de la revista Lunes de Revolución y del comienzo de la política cultural establecida por Fidel Castro en su célebre “Palabras a los intelectuales”.

Anticipa que a lo sumo pasará una semana en la ciudad y que aprovechará la ocasión para regresar con las hijas que tuvo con Marta Calvo. Pasado ese lapso y ya listo para entrar en el avión, recibe una llamada telefónica donde le comunican en perfecto idioma cubano:

rafael-saumell-1-otrolunes32“-Oye, ¡tremenda bomba! No te puedes embarcar. El doctor [Raúl] Roa quiere verte mañana en el ministerio” (104). Los cuatro meses que siguen hasta que lo autorizan a marcharse dan pie para despertar sus temores y sospechas de maquinaciones políticas tejidas en contra suya por rivales conocidos y desconocidos. Este paréntesis donde la ansiedad por irse casi lo enferma, le sirve para ponerse al día del rumbo del país, para actualizarse en profundidad de cuanto de divino y humano le refieren sus amigos en visitas al apartamento, paseos a la playa, encuentros en restaurantes y las inesperadas amantes que conquista durante repetidas aventuras extra matrimoniales.

En “Nota a esta edición”, Munné narra la pre-historia del: “De hecho Mapa dibujado por un espía podría no haber existido nunca: su autor lo escribió y lo depositó en un sobre que no se volvería a abrir hasta muchos años después de su muerte” (7).  “¿Por qué?” se pregunta uno. La primera respuesta que surge en la mente tiene que ver con las infidelidades cometidas por él contra su esposa Miriam Gómez que se había quedado sola en Bruselas.

En cuanto a la parte política del texto, no resulta probable que el narrador, por ignorancia o mala fe, tuviera la intención de perjudicar a nadie. Si como afirma Raymond Souza (Guillermo Cabrera Infante: Two Islands: Many Worlds, 1996) y acredita Munné (7-8), el texto fue escrito en 1973, para ese momento habrían ocurrido dos incidentes letales para muchas de sus amistades: el arresto y posterior “confesión” de Heberto Padilla y la celebración del I Congreso de Educación y Cultura. De los mentados como tales, probablemente Lisandro Otero fue el único que se salvó de la debacle.

Todavía más. Antes de que CI falleciera en 2005, unos cuantos de los mencionados ya andaban en período de rehabilitación. El vía crucis al cual fueron sometidos había cesado. Lamentablemente, sin embargo, otros murieron a destiempo, no tuvieron el consuelo de ser  vindicados mientras vivieron, si bien CI sí se ocupó de hacerlo desde Londres. Digamos, el suicidio de Albertico Mora. También en La Habana, lenta pero firmemente se ha desagraviado a Piñera. Ahí están los homenajes presididos por Arrufat y el riguroso además de cariñoso libro de Carlos Espinosa Domínguez (Virgilio Piñera en persona. La Habana: Ediciones Unión, 2003) por sacar a relucir un par de ejemplos.

Es probable que la enorme carga extra literaria de Mapa, aparte de la preferencia de CI por la tercera persona, expliquen la presencia de ese contrapunto entre las dos perspectivas narrativas que caracterizan este libro. Llega un instante en que el lector se pregunta, “¿pero quién narra aquí?” En su clásico Teoría de la narrativa (Madrid: Ediciones Cátedra, 1990), Mieke Bal estudia esa estrategia y arriba a la siguiente conclusión: “Cuando no se realiza diferenciación alguna entre estos dos agentes distintos [los que ven y los que hablan], es difícil sino imposible, describir adecuadamente la técnica de un texto en el que se ve algo –y en el que se narra esa visión” (108) [el énfasis en cursiva proviene del original].

Por un lado, en el “Prólogo” el narrador usa la primera persona varias veces: “Fue allí, repito”; “El día que lo conocí”; “Fue la única vez que lo vi”; “Me operé de la garganta. Recuerdo que…”; “A mi regreso”; “El día 28 me fui a Barcelona, a recibir el premio Joan Petit Biblioteca Breve, concedido…a una novela mía, la primera…Estuve dos días…” (I-XVII).

Sin embargo, cuando arranca la narración lo primero que notamos es una hilera de asteriscos seguida de la frase: “acostumbraba a sentarse, por un falso sentido democrático, al lado del chofer. Pero esa tarde de junio de 1965…él decidió sentarse detrás, junto a la secretaria. Eso le salvó la vida” (37). A partir de ahí, y al contrario de Garrett, decide escudarse en la tercera persona. El relato abandona la primera para refugiarse en la tercera.  ¿Por motivos de modestia y para crearse una distancia con lo narrado? ¿A eso se debe el cambio de focalización, el vaivén entre “yo” y “él”? El “Prólogo” introduce al “yo” autobiográfico e introspectivo; el narrador del “Mapa” es omnisciente. Tendremos que aguardar hasta el final para aprender a qué se debe esa alternancia de pronombres y cuál de los dos prefiere.

 

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Como se ha dicho antes, en La Habana recibe y se junta con una buena cantidad de amigos. El lector no familiarizado con la historicidad de ellos, es decir con los pelos y señales de esas personas reales, tiene a su disposición una “Guía de nombres” agregada al cierre del libro. Esto se debe quizás por decisión del editor o de la viuda o de los dos. En la lista hay tirios y troyanos: desde personas que nunca se distanciaron de ni demonizaron a CI y otras que sí lo hicieron con mucho gusto y abnegado fervor.

El lector no tiene más que revisar la historia reciente de la literatura cubana para enterarse de los avatares de cada individuo. Una cosa sí debe quedar muy clara. El narrador se refiere a ellos tal como los apreciaba en 1965, antes de que se produjesen los cismas apuntados arriba y la subsiguiente toma de posiciones de los involucrados. Por consiguiente, no debe sorprender que trate tal y como eran en aquellos momentos a Lisandro Otero, a Tomás Gutiérrez Alea, Titón, o a Harold Gramatges, en una esquina, o a Antón Arrufat y Virgilio Piñera en la otra. En ese año decisivo para CI, todos seguían siendo amigos y compañeros de profesión. El acto de refrescar la memoria implica, como CI escribió en otro lugar, no cambiar el pasado, solamente recordarlo.  Por eso el libro no está empañado de desavenencias ni de graves decepciones ni de reproches ya existentes y acumulados hacia 1973, esto es, desde el presente en que el narrador llevó a cabo la narración de aquellos cuatro arduos meses de 1965.

No es un ajuste de cuentas a posteriori. Más que de técnica narrativa se trata de una postura ética. Ésta les confiere a estas memorias noveladas un grado de nobleza importantísimo: de nostalgia por lo que pudo ser y no fue, de frustración ante los gobernantes de nuevo turno, de desencanto político, de amor por esas zonas del pasado reconstruidas y de aflicción por la pérdida de una ciudad, por la llegada del fin de una época, tal y como uno de los personajes resume el impacto simbólico que acarrea la muerte de Zoila Infante.  El narrador coloca los asuntos y a las personas en el sitio justo donde las dejó atrás y para siempre. Es el relato de una larga despedida. El título de una película italiana estrenada en Cuba durante los setenta del siglo anterior podría resumir esos sentimientos: Nos amábamos tanto (Ettore Scola. C’eravamo tanto amati, 1974).

Antes de que esta obra fuese rescatada del olvido por Miriam Gómez, ya se sabía cómo recordaban a CI varios testigos de su vida. Su bibliografía abunda en severos análisis sobre las obras y conductas políticas de los más fuertes denostadores que tuvo, varios de los cuales figuran entre los amigos que lo atendieron y visitaron en 1965. Por eso no debe extrañarnos la recepción entre laudatoria y polémica que ha tenido Buscando a Caín (La Habana: Ediciones ICAIC, 2012) de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco.

En unas declaraciones reproducidas por Diario de Cuba, Mirabal dice: “Cuando nuestro libro de ensayo sobre Guillermo Cabrera Infante estaba por salir, vaticiné que su destino sería similar al del poeta Juan Clemente Zenea. El presagio se cumplió el pie de la letra, y no solo eso sino que algunos trasladaron la desconfianza y la ojeriza también hacia nosotros. Los ataques —y los llamo así porque de ningún modo puede pensarse que se trataba de ejercicios críticos—, los furibundos embates políticos que recibimos, se sucedieron tanto fuera como dentro de la Isla, aunque no con la misma importancia que el estímulo y el aliento de otro muchos situados en una y otra orilla. En medio de esas batallas inútiles, que quizás se repitan con la publicación de Buscando a Caín, decidimos pagar el costo intrínseco de escribir en Cuba sobre un autor amado con la misma firmeza que es odiado” (http://www.diariodecuba.com/cultura/1361384127_186.html).

Por supuesto llaman la atención las pasiones tan encontradas que avivan la persona y la obra de CI. El hecho de que Mirabal compare su investigación sobre CI con las calamidades de Juan Clemente Zenea, traidor para españoles y mambises por muchas décadas, es una formidable prueba al canto.

Son precisamente los amigos de 1965, los que lo siguieron siendo o lo renegaron más allá de aquel año, quienes ponen al día al narrador sobre lo acontecido en Cuba desde el momento en que se monta en el auto de Gramatges en el aeropuerto de Rancho Boyeros y en dirección a la funeraria. Carlos Franqui le pregunta por Sabá, a lo cual el narrador le responde que sigue en España. Franqui le comenta: “Mejor sería que no viniera…Bueno, aquí ha comenzado una etapa de persecución y de dogmatismo y mejor sería que se quedara en España” (45).

A través de Titón se entera de las purgas ocurridas en la Universidad de La Habana contra los estudiantes considerados “raros”. Arrufat y Piñera le cuentan las campañas homofóbicas orquestadas y desatadas por el gobierno a través del Departamento de Lacras Sociales, y el celo puesto en el ataque por Ramiro Valdés entonces Ministro del Interior. En un momento Piñera comenta: “No creo que Guillén haga algo por nadie…Ni siquiera por Bola de Nieve. Por cierto se dice que Ramiro Valdés ha jurado no descansar hasta que Bola de Nieve y Luis Carbonell se vayan de Cuba” (90).

Oscar Hurtado, además de ciencia ficción, le habla de lo sucedido en Teatro Estudio y de la caída en desgracia de Vicente Revuelta. Mientras pasea por La Habana extraña los desaparecidos anuncios lumínicos, el cierre de antiguos negocios, el avance hacia la ruina adonde es encaminada la ciudad moribunda, antes elogiada en la novela con la que ganó su primer premio. Se queja de los ruidosos actos propagandísticos que anuncian el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Argelia.

Con sus anteojos, como el personaje Sergio Malabre de Memorias del subdesarrollo (1965) recorre la ciudad en desgracia hasta donde pueden captarla los lentes: “Observó el paso regular pero cansado, los brazos fláccidos a un lado, el aire lacio, y todos le parecieron como agobiados por un pesar profundo…Y todos caminaban igual. Ya supo qué parecían: ¡los zombies de Santa Mira en la Invasión de los muertos vivientes!” (61).

No obstante, y al revés que Sergio, al narrador de Mapa no simpatiza con la idea del empobrecimiento material como prueba del triunfo del nuevo sistema. Sergio, el aspirante a revolucionario, tiene una opinión muy distinta: “se rompen las cosas, se caen a pedazos. Las ruinas son un calmante. Yo no me preocupo” (México: Joaquín Mortiz, 1975: 36). Sergio es un joven acomplejado de su origen burgués, capaz de deshacerse de los padres y de la esposa para vivir en solitaria libertad la nueva experiencia social. Aborrece su pasado y cuanto se relacione con esa idea: “Me alegro de haberme quedado solo en el apartamento, sin familia y casi sin amigos en Cuba. Yo no me muevo, no me voy…Me alegro porque yo lo que tenía montado era un gran teatro: ni me importaba la elegancia de mi mujer, ni quiero a mis padres, ni me interesaba ser el representante de la Simmons en Cuba…ni mis amigos lograban otra cosa que aburrirme” (10).

En fuerte contraste, el hombre de Mapa no padece de ningún trastorno por haber sido burgués o no, de hecho nunca lo fue. Sus padres fueron militantes del partido comunista antes de 1959, su papá es el presidente del Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra. Tampoco los amigos que lo frecuentan y miman cargan sentimientos de culpabilidad como no sean los vinculados con la impotencia de no poder acabar con los desaciertos del gobierno al cual Sergio, aún en medio de sus contradicciones, quiere sumarse.

Nuestro diplomático en vilo añora el paisaje urbano que comienza a erosionarse sin remedio: “Él miraba las calles familiares y a la vez ajenas, vacías de automóviles, por donde pasaban a buena velocidad…con la vía de Guanabo, tan descuidada ahora y antes, que era como un jardín junto al mar. La yerba crecía en los canteros y desbordaba hacia el camino. La decoración tan geométricamente trazada estaba destruida por la vegetación…Pensó que era una lástima. Aquel antiguo vergel no tenía la culpa de haber sido planeado por Batista” (65-66).

Sergio no se queda atrás a la hora de expresar los estragos que padece la ciudad: “La Habana parece ahora una ciudad del interior, Pinar del Río, Artemisa o Matanzas. Ya no parece el París del Caribe…Ahora parece más una capital de Centroamérica, una de esas ciudades muertas y subdesarrolladas como Tegucigalpa o San Salvador o Managua” (15).

Es el único sitio de convergencia entre Sergio y el narrador de Mapa. La depauperación de La Habana está en marcha, va perdiendo su esplendor. En Mapa leemos: “Bajaron por Obispo y se sintió bien caminando por aquella calle tan querida, ahora vacía de automóviles y peatones. Apenas se veía nadie y su alegría se disipó en cuanto empezó a ver los antiguos comercios de la calle ahora cerrados para siempre…él caminaba por la calle del recuerdo: viva, llena de gente, colmadas sus librerías de lecturas promisorias…Luego encontraron otras ruinas y su asombro momentáneo dio lugar al sentimiento de finalidad, de término, de cosa que se acaba” (94-95).

A lo antes dicho hay que agregar otras carencias. En primer lugar de sinceridad y de transparencia por parte de los funcionarios que, en el último minuto y a unos pasos del avión que lo regresará a Europa con sus hijas, lo llaman para mentirle y asustarlo. A renglón seguido se suma una etapa de cruce de laberintos burocráticos donde nadie le informa claramente en qué consiste su destino presente, que harán con él que ya no es completamente dueño de su vida. Se crea un ambiente ominoso de conversaciones donde sobreabundan las sospechas, las especulaciones, los chismes, los dimes y diretes, los gestos artificiales, con la excepción de esos buenos amigos, entre ellos Albertico Mora que a pesar de estar en desgracia aún mantiene acceso a los niveles supremos. Hasta le facilita la entrevista clave con Carlos Rafael Rodríguez. De ella sale convencido de que se le permitirá viajar.

Si algún texto cubano tiene más de una semejanza con El proceso (1925) de Franz Kafka es Mapa dibujado por un espía. Aún más, hasta las historias de estos libros muestran rasgos en común. Ambos fueron salvados y publicados póstumamente gracias a la desobediencia y a la buena fe de los testamentarios: Max Brod y Miriam Gómez, respectivamente.

Para un lector aún joven en este año de 2014, resulta conveniente que se entere y confirme de que, por lo menos desde 1965, se han acumulado hasta hoy quejas bien fundadas y de cualquier índole sobre el gobierno: por escasez de comida, de transporte, de libertades individuales, por violación de derechos sociales y económicos, las razones iniciales y únicas del empobrecimiento moral y material de cualquier nación.

A cada rato el diplomático se lamenta del menú omnipresente en la casa, arroz y papas o arroz y frijoles, de los precios de los dulces y de la comida en cualquiera de los dos restaurantes Carmelo. Tiene un momento feliz cuando su hermano Sabá lo invita a almorzar y logran comer bistec y hasta compran un buen tabaco allí. Luego deciden salir a la terraza, piden un café pero se lo niegan porque está limitado a los comensales, ¡a pesar de que ellos lo acababan de ser!

Con esas experiencias a cuesta ya se había convencido de que si conseguía tomar el vuelo, no retornaría. A pesar del empujón decisivo de Carlos Rafael Rodríguez desconfiaba aún de su estrella. Dentro del avión comenzó a contar: “Él sabía que cuatro horas de vuelo más tarde llegarían al punto sin regreso: de ahí nadie podía hacer volver el avión hacia Cuba. Lo esperó pacientemente…Cuando llegó la hora de vuelo que esperaba…buscó…unas hojas escritas, las abrió para leerlas y leyó lo que había escrito: ‘Cabrera Infante acostumbraba a sentarse, por un falso sentido democrático…” Es decir, como broma que se guarda el narrador, al final nos enteramos del significado de los asteriscos y de quién es “él” (378).

Al respecto hay una crónica de cine publicada en julio de 1960 y recogida en Un oficio del siglo veinte (La Habana: Ediciones R, 1963): “Buñuel, la Caridad y el Cristo que ríe”. Allí escribe: “…hay que creer en el final de Él, en que Arturo de Córdoba hipócritamente se refugia en un monasterio y se confiesa curado de sus celos incoercibles, pero al retirarse se marcha haciendo eses, mostrando su vieja insania todavía intacta…” (463-464). CI es él con su manía de tratarse como si fuese otro y, sin embargo, él mismo. En aquel libro inicial responde así a la pregunta “¿Caín es el tercer hombre?”: “…a Caín siempre le gustó la tercera persona” (16).

En Texas, siempre en Texas, marzo de 2014.

Del Autor

Rafael E. Saumell
(Cuba, 1951). Escritor y profesor. Graduado de las universidades de La Habana y de Washington University, Saint Louis, Missouri, EE.UU. Ex-guionista de radio y televisión, antiguo miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Ha publicado en Unión, El Caimán Barbudo, Revista Iberoamericana, Encuentro de la cultura cubana, Revista Hispano Cubana, Círculo: Revista de Cultura, Research in African Literatures, The Texas Review, Hispanic Poetry Review, MELUS, Linden Lane Magazine, Revista de Estudios Hispánicos, L’Ordinaire Latino-Americain, Monographic Review/Revista Monográfica, Cuadernos del Lazarillo y Cuba in Transition. Autor de varios ensayos sobre literatura recogidos en antologías dedicadas a José Martí, Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, entre otros. Miembro de Número de la Academia Cubana de Historia en el exilio.