La luz hermana

Sobre la novela Las pequeñas espinas son pequeñas, de Raquel Lanseros

Jorge de Arco

Las pequeñas espinas son pequeñas
Raquel Lanseros
Hiperión, 2013

 

raquel-lanseros-otrolunes32Casi una década después de dar a la luz su primer poemario, `Leyendas del Promontorio´ (2005), Raquel Lanseros acaba de editar `Las pequeñas espinas son pequeñas´, libro por el que ha obtenido el XXIX Premio Jaén de Poesía.

Entre uno y otro, tres volúmenes, `Diario de un destello´ (2006), `Los ojos de la niebla´ (2008) y `Croniria´ (2009), refrendados por otros tantos galardones, han situado a la autora jerezana entre las voces más sobresalientes del actual panorama poético español.

Tras la lectura de sus dos últimas entregas, encontré en el decir de Raquel Lanseros un progresivo acento humanista y meditativo, que derivaba de una mirada límpida y asombrada, escrutadora de “…la belleza abrupta del vivir cotidiano”. Su discurso brindaba un personal e intimista compendio de sentimientos donde se respiraba una temática que ahondaba en lo insondable de la existencia, en los ríos desbordados del destino, en el mágico silencio de la alegría, en el miedo a la derrota, en la acogedora memoria familiar….

En este poemario que me ocupa, y sin obviar ninguno de los materiales citados, la poetisa andaluza apuesta por ofrecer una esencia lírica aún más vitalista, una búsqueda más afilada de su propia identidad: “Porque no vive el alma entre las cosas/ sino en la acción audaz de descifrarlas,/ yo amo la luz hermana que alienta mis sentidos./ Mil veces he deseado averiguar quién soy”, confiesa en el poema que sirve de pórtico, “Contigo”.

Los protagonistas y los territorios que ofrecen estas páginas, el tiempo y el espacio que abrigan estos versos, discurren ensimismados por un itinerario donde el amor, la nostalgia, la dicha, el ayer.., cruzan de parte a parte el yo lírico. Sabedora de que el alma humana está expuesta a los inevitables vaivenes que impone su condición, Raquel Lanseros pretende hallar en sí misma el aliento que imponga la incesante celebración de palpar los latidos más intensos de la existencia. Del envés de sus poemas, parece desprenderse que el ser pensante tiene que actuar por sí y para sí, ajeno a la ayuda de la Naturaleza, de Dios, y de ciertas ficciones o realidades allanadoras del itinerario que revelen su sustancia: “Si la vida es fugaz y cada instante es único,/ el individuo adquiere trascendencia./ El antropocentrismo se presenta al banquete./ Trae a la libertad de compañera”, anota en su poema “El vigía que atestigua”.

El poemario, dividido en cuatro apartados, lleva en cada uno de ellos, un revelador epígrafe: “Cuanto sé del rocío”, “Cónclave de mariposas”, “Croquis de la utopía” y “El pasado es prologo”. Cuatro títulos, sí, que anticipan en buena medida el cántico que encierran en sus adentros y que encuentra exacto y unitario acomodo en la intimidad sensorial en que se apoyan. Mediante un rico virtuosismo rítmico, el decir de Raquel Lanseros fluye depurado y sigue bebiendo de remembranzas y presencias familiares. Si en su ya citado `Los ojos de la niebla´, memoraba, “Mi abuelo, paso a paso, a espaldas de mi padre/ ya me lo había advertido con palabras (…) Así que fui creciendo en la creencia/ de la felicidad de los adultos”, esos mismos personajes se citan nuevamente a la par de estos textos: “Yo tuve un cielo claro de abuelos y de estrellas,/ una casa en solsticio y un jardín en el alma”. Y se concretan, a su vez, en poemas como, “Faros abandonados”, uno de los más turbadores y emocionantes del conjunto.

“Poesía es lo contrario de la muerte”, anotaba la autora jerezana en su penúltima entrega, `Croniria´. Ahora, su poesía, continúa siendo contraria a despedidas y renuncias, pues su credo lírico y personal está más cerca de la celebración, de saber que aún somos, y existimos, plenos de confianza, con la copla en los labios y en los ojos la lumbre de un hermoso mañana: “Sé que tengo sentido porque vivo/ y sé que no hay dolor ni menoscabo/ que puedan inmolar esta fortuna/ de ser en el presente, de existir,/ de sentirme el orfebre del instante (…) Ante el placer de respirar me postro./ No hay verdad más profunda que la vida”.