De lo que no se puede hablar

Sobre el poemario Mi séquito silencioso, de Charles Simic

José de María Romero Barea

Mi séquito silencioso
Charles Simic
Vaso Roto, 2014

 

charles-simic-otrolunes32Los poemas de Mi séquito silencioso (Vaso Roto, Poesía, 2014) son perturbadores e inquietantes. Las situaciones familiares y los sujetos reconocibles que evoca su autor, Charles Simic (Belgrado, 1938) enmascaran a menudo un desenlace atípico. Su estilo es coloquial y directo. Los interlocutores de sus poemas emplean casi siempre frases enunciativas. Veamos los versos de “Descripción de algo perdido” (p. 9): “Películas de miedo, / cafeterías de media noche, bares oscuros / y salones de billar, / en calles satinadas por la lluvia.” Una escena anodina. Un narrador silencioso. Y sin embargo, uno no puede evitar pensar en los lugares de paso y los individuos desprevenidos atrapados en situaciones extraordinarias de los cuadros de Magritte.

En “Palomas al amanecer”, poema final del libro, Simic describe una escena similar: “Bajo el inmenso cielo previo al amanecer/ la ciudad permanece en silencio ante nosotros. / Todo se mantiene a la espera: / los tejados y las torres de agua, / las nubes y las espirales de humo blanco. “(p. 117). El interlocutor no parece consciente de las consecuencias imprevistas de sus acciones o la importancia sustancial de sus palabras. Opta por el silencio, y sin embargo, es testigo y logra dejar constancia de lo que no se puede nombrar.

En los poemas de Mi séquito… el silencio se cierne como una amenaza. Un acontecimiento violento está siempre a punto de suceder fuera de la vista del espectador.

“Dibujando sombras” (p. 11), en la primera sección de este volumen, dibuja una escena típica. Comienza con una calle soleada en la que un niño juega, un niño que no proyecta sombra alguna, al igual que la calle. Sus padres se sientan en un cuarto oscuro en el interior de una casa donde se usan muy poco las escaleras que van al sótano. Cuando las sombras de la noche llegan, son “como actores itinerantes vestidos para interpretar/ Hamlet.”, la obra de teatro de William Shakespeare plagada de sospechas tácitas, locura y muerte. En el último cuarteto del poema, el interlocutor introduce una cuestión alarmante: “¿Qué hacer con las lápidas del cementerio?” El cementerio no se ha mencionado antes, tal vez porque, como señala Simic, parece incompatible con el resplandor del sol que abre el poema. “El sol no se ocupa de las ambigüedades”, escribe Simic: “Pero yo sí. Abro mi puerta y las dejo entrar”.

Esas ambigüedades, terrores sin forma, amenazas anónimas y cementerios recurrentes pueblan el mundo de los poemas de Simic desde su inicio. Nacido Dušan Simic (Belgrado, 1938), Charles Simic emigra a Estados Unidos en 1954, donde reside desde entonces. Ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos, el Premio Pulitzer en 1990, la «beca al genio» de la Fundación MacArthur, el Griffin International Poetry Prize y el Wallace Stevens Award. Entre octubre de 2007 y mayo de 2008 fue Poeta Laureado de EE. UU. En español, Vaso Roto ha publicado sus memorias, Una mosca en la sopa (trad. Jaime Blasco, 2010) y el libro de poemas en prosa con el que obtuvo el premio Pulitzer en 1990: El mundo no se acaba (trad. Jordi Doce, 2013).

Relacionado con la poesía de Vasko Popa y Aleksandar Ristovic, Charles Simic comparte con ellos el uso de la ironía. Recomiendo “Enigmas transparentes” el prólogo de Jordi Doce a su traducción del autor serbio-americano (Desmontando el silencio, Ed. Jordi Doce. Ayuntamiento de Lucena. Lucena, 2004), donde el traductor asturiano sitúa a Simic dentro del grupo de poetas que iniciaron su ruta a mediados de los 50 y destaca en él su carácter minimalista, su tono elegíaco, no sin tintes folclóricos, y la importancia en su poesía de la literatura gótica y el humor.

Al humor apuntan muchos de los versos de Mi séquito… En “Tienda de ropa usada” (p. 29) uno se encuentra con el “gran surtido de vidas antiguas / para buscar entre todas/ la que mejor te siente” hasta que “te giras para escapar,/ sombreros de hombres muertos/ rodando por el suelo, dándose prisa/ para acompañarte a la salida.”

En “Librería de viejo” (p. 37), el interlocutor examina primero una novela; a continuación, un libro de memorias de alguien que ha crecido en una granja y recuerda un paseo en globo sobre el Lago Erie; luego ojea un tomo de teología. Por fin, su imaginación se dispara con una guía de Egipto. La abre con la ilusión de encontrar arena dentro y puede que incluso una pulga muerta, la pulga “que una vez mordió el trasero de la misteriosa Abigail,” la mujer que ha usado un lápiz de ojos para garabatear su nombre en el libro.

Se diría que los lugares y las personas de este libro actúan como sometidos con anterioridad a algún propósito inefable, como si debieran ser evitados. En los versos iniciales de “Los Siglos” (p. 31) lo que no se puede nombrar apunta al límite: “Muchos pobres infelices no dejaron rastro/ de haber vivido aquí alguna vez”. Y sin embargo un rastro de vida se mantiene, aunque sea para recordarnos una ausencia. La intuición anuncia una presencia, un deseo: “la joven acurrucada en su cama,/ desnuda y temblando de frío/ vistiendo aún el velo que llevó en la iglesia”. El interlocutor avanza por el poema en silencio, y lo hace con prisa, a la carrera, convencido de que todo (o casi todo) puede y debe ser expresado: “Las noticias del mundo llegan/ más rápido, pero aún nos dejan confundidos”.

“De lo que no se puede hablar, se debe callar.” Los poemas de Simic parecen seguir al pie de la letra el adagio de Wittgenstein. El dibujo de portada de Víctor Ramírez (en la imagen) expresa como ninguno lo que dice (y no dice) el autor norteamericano. Logra dar vida a lo que hay dentro del libro, lo que queda fuera de éste y nos inquieta. Lo mismo sucede con la traducción de Antonio Albors. Su español potencia al máximo la tensión a la que apuntan los versos en inglés. Un idioma extranjero es un límite y Albors sabe cuándo sobrepasarlo. Sabe llevar estos poemas de vuelta al silencio.