Tú eres el color de mi sangre

Sobre la novela La pasión, de Jeanette Winterson

Ainize Salaberri

La pasión
Jeanette Winterson
Lumen, 2007

 

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*«You are still the colour of my blood.»
Written on the body, de Jeanette Winterson

 

 

«Entre la congelación y el deshilo, entre el amor y la desesperanza, entre el miedo y el sexo, está la pasión.»

Jeanette Winterson se preguntaba en su novela Escrito en el cuerpo cómo podíamos jugar a un juego en el que las reglas cambiaban continuamente. Y decía que quizás debería irse a Wonderland, el país de las maravillas, a jugar con los flamencos; porque en Wonderland todo el mundo engaña y porque Wonderland es amor. En el amor, como en la pasión, como en la tentación, somos como esa pequeña Alice que descubre un mundo nuevo; un mundo que, en realidad, está lleno de trampas, en el que las reglas cambian y en el que malgastamos el tiempo mintiéndonos con frases hechas, con proverbios absurdos. En su novela La pasión Jeanette decía: «Se juega, se gana, se juega, se pierde. Se juega». Porque, en realidad, nos da lo mismo que las reglas cambien, que nos mientan, que nos engañen. Nos gusta jugar, nos gusta ese momento de éxtasis en el que sabemos que hemos ganado la partida, y también nos gusta cómo la venganza, la revancha, se nos disemina por dentro cuando perdemos. Nos gusta esa sensación de poder y, sobre todo, esa sensación, ilusa y estúpida, en la que creemos que podemos alterar nuestro destino. Esa sensación de superioridad en un territorio en el que nunca, nadie, ni tan siquiera Alice, ha ganado. Pero jugamos porque resultar ganadores justifica, en parte, nuestra presencia en el mundo y porque resultar perdedores justifica que nos sentemos ante un folio en blanco, o un ordenador, y escribamos. Porque la tristeza de la derrota justifica la literatura. Porque tras la derrota, tras el cambio de reglas, tras la nueva baraja, se abre siempre otro mundo, y todo vuelve a empezar. Y pese a que sabemos cómo terminaremos, destrozados y tirados en el suelo, sólo ese proceso, ese volver a empezar, ese volver a esperar, ese volver a querer, da sentido a lo que hacemos, a lo que sentimos. Porque sentimos y, algunos, como Jeanette Winterson, sentimos demasiado. Para esos casos extremos, en los que un abismo no significa un salto sino un modo de vida, Jeanette Winterson nos cuenta historias que nos apaciguan. La pasión es una de ellas.

«Yo no sabía lo que es el odio que sigue al amor. Es inmenso y desesperado, y arde en deseos de comprobar que se equivoca. Y cada día que comprueba que tiene fundamento se vuelve un poco más monstruoso. Si el amor era apasionado, el odio será obsesivo. Una necesidad de ver débil a la persona que se amaba, de verla incluso indigna de piedad. Es un odio que está cerca de la repugnancia y lejos de la dignidad. Y no sólo se odia a la persona que un día fue amada, sino a uno a mismo por haber sido capaz de amarla alguna vez.»

«Todo juego encierra el riesgo de un comodín». Y el comodín, como el juego, nunca es el mismo. A veces, el comodín es un nombre. Otras, un recuerdo. Quizás sea la memoria, quizás incluso el juego en sí. El comodín del juego es el juego. Cómo se lidia con eso. «Todo juego encierra el riesgo de un comodín», es decir, que podemos ser salvados. El juego es astuto, frío y calculador, y el comodín es el sentimiento, cálido y nervioso, que aguarda, que cuenta en silencio, que observa, y que acaba por saltarte a la yugular para cerrar la herida, para coser la hemorragia. Pero a veces esa hemorragia se extiende en el interior, a donde el comodín no puede llegar. Es entonces cuando el comodín es una prisión. Cuando el hilo amarra la herida a la tierra, a la seguridad del suelo, el comodín se convierte en Venecia. Y Venecia es Wonderland. Así es La pasión: una Venecia en la que sobrevuelan miles de hilos, de miles de tonalidades de rojo, que es la sangre, que es la tentación, que es la lucha, los dientes caídos.  Y los hilos, precisamente, no hablan de estrategias; son hilos porque el corazón ha derrotado a la cabeza. Y en esos casos, siempre, siempre, se pierde. De ahí los hilos. De ahí la sangre. De ahí ese atardecer ardiendo a cualquier hora del día. Y de ahí la alerta, el peligro. «Se juega, se gana, se juega, se pierde. Se juega».

«Cuando me tocaba, yo sabía que era amada con una pasión que nunca había experimentado. Ni en otros ni en mí misma.»

La pasión es la pasión hecha libro, hecha historia, hecha literatura. Una novela que te corta la respiración. Jeanette Winterson ha escrito un milagro. La pasión es una historia tan vívida, tan real, y a la par tan mágica, tan imposible de creer, que cuando ves que esos dos ríos se unen, sabes que no hay forma de escapar a su encanto, a su hechizo. La pasión es hechizante porque revive partes de nuestro cuerpo que ni tan siquiera sabíamos que estaban muertas, o perdidas, o conteniendo la respiración. Jeanette ha escrito una novela que palpita, que respira, que bebe de nuestros sentimientos, de los que se alimenta, y que mastica sensaciones tan reales que, si teníamos heridas las cierra, y si estábamos sanos nos advierte: la enfermedad del amor, ese juego macabro que es como la ruleta rusa, siempre está acechando. Bajar la guardia es perder.

Jeanette Winterson entiende el poder de las palabras. Sabe cómo escribir para que cada frase sea como el último aliento de un muerto, un último intento de vivir. En su literatura hay agonía, hay dolor, hay arañazos y heridas abiertas; apenas hay esperanza; hay desgarro, hay una desnaturalización de la tierra, y hay fronteras, muchas. En La pasión la frontera es el desamor, la desesperanza. La literatura de la Winterson es poesía, es como una composición de Ludovico Einaudi: minimalista, suave, como un río que fluye, donde parece que nada ocurre. Pero el juego está allí: la guerra interior y la exterior, y la batalla, enorme y cadavérica, de saberte enamorado. Es decir, perdido. Y vas preparando el hilo, por si el comodín quiere seguir contemplando lo grotesco.

La pasión revela y desengrana ese momento en el que caemos en la trampa, ese momento en el que empezamos a sentir un mapa sin dirección ni caminos en nuestro interior, ese momento en el que sentimos cómo nos fragmentamos porque un nombre, unos ojos, sus labios, su piel, empiezan a cavar nuestras entrañas, haciéndose un hueco, convirtiéndonos en pasto del amor, de la pasión, de la dulzura. Convirtiéndonos en un después que nunca llegaremos a entender porque sus reglas cambian constantemente. La pasión es un círculo, un círculo perfecto, en el que una vez que entras no vuelves a salir. Verás la luz, sentirás el calor, siempre habrá algo que brille, bien sea el reflejo del sol en las aguas de Venecia, bien sea un recuerdo impredecible en un escenario fugaz, pero nunca más encontrarás tus huellas en el mapa. Nunca más la cartilla de nacimiento. Nunca más nada más que no sea un juego. Y la emoción, siempre, adherida a nuestra piel. Jeanette Winterson ha escrito un milagro, ha hecho un truco de magia y creemos que nos vende el misterio; en realidad, nos vende la magia en sí, las emociones de esas primeras veces que nunca son las primeras veces de nada pero que se sienten así, como si el mundo se nos revelase. Y nos hace sentir especiales. Jeanette nos recuerda que somos únicos. Jeanette nos sacude, nos estremece.

Qué historia, esta de la pasión.

«Yo siempre tendría miedo de su cuerpo por el poder que tiene. (…) Mi pasión tiene explicación. Pero una cosa es cierta: ella revela todo cuanto toca.»