Caótico y deslavazado

Sobre la novela Informe del interior, de Paul Auster

José Luis Muñoz

Informe del interior
Paul Auster
Anagrama, 2013

 

paul-auster-otrolunes32Están llevando Paul Auster y J.M. Coetzee, al unísono, una especie de vidas paralelas literarias con sus escritos. Estos dos grandes maestros de la literatura contemporánea, que han coincidido en un libro de cartas cruzadas entre uno y otro, Aquí y ahora, convierten, a su manera, su vida, experiencias y recuerdos en material literario haciendo del memorialismo un género mayor. En realidad todo escritor, a lo largo de su bibliografía literaria, no hace otra cosa que escribir sobre sí mismo a costa de personajes interpuestos que tienen mucho de sus características, es inevitable y algo buscado. Auster y Coetzee, quizá porque ambos estén en una edad, los sesenta, que así lo aconseja, llevan años literaturalizando sus vidas.

Informe del interior sucede al extraordinario libro precedente Diario de invierno. Si en aquel Auster reflexionaba sobre su presente marcado por una edad ya prominente, y extendía una pasarela nostálgica a su pasado—la relación de las casas en donde vivió, por ejemplo—en este Informe del interior, más caótico y deslavazado, dividido en cuatro partes más independientes en las que utiliza distintas texturas narrativas—en Informe del interior, la primera parte, experimenta con el uso eficaz de la segunda persona  en una especie de diálogo continuado consigo mismo—, su mirada se detiene en su infancia, sus primeras lecturas de Stevenson y Poe—El súbito silencio que te rodeaba mientras permanecías sentado en tu pupitre, el clic del minutero en el viejo reloj mecánico con números romanos mientras leías a Poe, Stevenson y Conan Doyle, un marginado por decisión propia—, la marca que dejaron en él dos películas notables, El increíble hombre menguante de Jack Arnold, y Soy un fugitivo de Mervyn Le Roy; la adolescencia; su asunción de judío, a pesar de que su familia era laica y nunca practicó esa religión; la repulsa que le causaba ese Dios iracundo del Antiguo Testamento; su horror al III Reich; el deseo que sintió de participar en la Guerra de los Seis días de Israel; la guerra de Corea; el estallido de Vietnam y las dudas sobre huir a Canadá o entrar en la cárcel ante su negativa a participar en esa guerra tan brutal como impopular—La gran perversidad de la Guerra estaba escrita en letra pequeña en el suplicio con que hora tras hora consideraban la lastimosa lista de sus opciones: Vietnam o Canadá…, ¡o la cárcel! —; un guion de cine que coescribió con una amiga para una película en la que iba a intervenir Dalí y que finalmente no fue; su miedo constante a la muerte—Con frecuencia tengo la sensación de que voy a morirme. Anoche escuché la Tercera Sinfonía de Beethoven por primera vez en casi dos años. Se me estremecía el cuerpo, temblaba y…lloré. No lo entendía. Como si hubiera caído al vacío—; su estancia en París; las algaradas estudiantiles que conmocionaron medio mundo, etc.

Informe del interior no es ni mucho menos un libro perfecto, entre otras cosas porque los análisis cinematográficos de esas dos películas, que Auster narra casi fotograma a fotograma, se me antojan excesivos y forzados, dignos de figurar, quizá, en otro volumen y no en éste. Acaba el lector el libro decepcionado porque va de más, esa primera parte espléndida, a menos, y uno desearía una mayor profundización en esas dos primeras etapas del escritor, que nos hablara, sobre todo, del surgimiento del Auster narrador y sus circunstancias, algo que el autor de Nueva Jersey se deja en el tintero.