Necesidad de migrar al frío

Sobre el poemario Ártico, de Juan de Dios García

Alberto Chessa

Ártico
Juan de Dios García
Germania, 2014

 

juan-de-dios-garcia-otrolunes32Allá por 1920, en Las dos tormentas (Way Down East), David Wark Griffith retrataba un espeluznante deshielo polar como metáfora de la hendidura y el desgarro de la pareja protagonista (vale la pena recordar la secuencia clave, a la que se puede acceder desde este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=WE7Nuz69ku8). Como si de una refutación en frío del film de Griffith se tratara, Juan de Dios García (Cartagena, 1975), en su último libro, viaja hasta el Ártico para encontrar abrigo, un aparentemente paradójico refugio contra la vida que quema y la muerte que arde: «Nuestro corazón ártico volvió / a latir con el fuego de su muerte». La desgracia, el dolor, el duelo han delimitado el paso de ecuador en la vida y la obra del poeta, obligado, por tanto, a construirse un hogar con forma de iceberg. Sin embargo, y como nos advierte la cita inicial de Victor Hugo, se ha dejado también García educar por el infortunio, y eso ha hecho que, por fortuna, el helor no lo enmudezca, bien al contrario: a resguardo del fuego es como la voz mejor se templa, sin estridencias ni aspavientos, recogida en lo esencial.

Hay, en efecto, una labor transparente de depuración en estos versos, una poda de hojarasca que permite que el motivo de cada poema (valga el coloquialismo) salte a la vista, no haya necesidad de tener que rebuscarlo entre el ramaje; algo que asimismo caracteriza la propia expresión, esa engañosa falta de estilo (en alguna ocasión, el autor se ha referido a esta cuestión en términos de «simplicidad híper-trabajada»), que da de sí la palabra precisa, amasada con talento, oficio y no poco esfuerzo. No es extraño, entonces, que abunde en Ártico el tono sentencioso, casi aforístico, con sacudidas tales como «El eco del silencio es el silencio», o ese dístico («I’ll be your mirror») al que parece asomarse la obviedad constatada por Borges (y las obviedades, por cierto, más cuando son perturbadoras, también hay que desenmascararlas), según la cual «Realmente, es terrible que haya espejos». Juan de Dios dialoga aquí con quien, sin lugar a dudas, anda tutelando no pocos de sus versos, y espeta: «El hombre que se mira demasiado / en el espejo está buscando muertos».

Todo poema -lo sabemos- es, en el fondo, la crónica de un viaje. García, que tituló inequívocamente su anterior libro Nómada, llega al verso como el aplicado entomólogo que va registrando con minuciosidad los hallazgos en su cuaderno. Lo mismo que de Maistre, viaja a través de su cuarto y, desde ahí, visita todos los lugares, conversa con sus gentes, investiga, aprende, ve. Su poesía es como una destilación de todos los mapamundis y todas las bibliotecas y enciclopedias que hormiguean en los puestos de un rastro callejero (y, cómo no, en los del ilimitado rastro de la Red). El poeta rebusca, olisquea, aboceta lo que sale a su encuentro y, acto seguido, asume como una misión dar noticia de ello, cantarlo y contarlo a los demás, en una operación que, en ocasiones, no teme el prosaísmo si le sirve (si lo necesita; es el caso de, por ejemplo, «Laboratorio y ferrocarril») para referir una historia esencialmente lírica por disparatada. Otras veces, su rastreo en el mercadillo se topa con lo inencontrable, y así contrasta que «Los sueños no aparecen en los mapas». Y en el verso que clausura el volumen, como si el poeta tomase conciencia de pronto de su razón de ser (razón de leer), tras enumerar unos cuantos compañeros de viaje, confiesa sin rubor: «Toda esta biblioteca ha de morir conmigo».

¿De pronto? No, no. A modo de arco, ese último poema («Linaje») se incardina con el umbral del libro, en concreto con «Infinitivo», una composición que pone de manifiesto, desde su mismo título, una insobornable hoja de ruta. Leemos allí: «Seguir leyendo, seguir viviendo». Y, un poco más arriba, se nos ha amenazado con lo siguiente: «existir no es vivir». ¿Por qué? ¿Tal vez porque la vida es algo más que la latencia, y más para un poeta en continua construcción, que no deja de nacer («Me he cortado los pies y la memoria», declara en otro lugar), que sigue «viviendo» en tanto que sigue «leyendo»? En la misma estrofa comparece también este verso: «escalar y ponerse a la altura de un niño». ¿Un simple juego de contrarios? ¿Un imposible plausible, como cuando, páginas después, descubre que «Las jaulas viven dentro de los pájaros»? No, claro que no. Se trata, es evidente, de un proyecto vital, un mandato infinito, infinitivo. Juan de Dios gusta de formular sus cuitas en esta forma que la gramática llama “no personal”, un apelativo que, en el caso del poeta, se antoja del todo impertinente. El poema se construye, así, a base de tentativas de definición, ensayos del qué. Se entiende, entonces, que en esa batida emerjan como jalones los inventarios, las enumeraciones con aspecto caótico (por seguir la denominación de Spitzer), que, en realidad, no son más que una retardación del verdadero motivo que anima el poema y que sólo adviene al final. Paradigma de esto último es «Football is over», una de las piezas más turbadoras del conjunto, en la que, tras ofrecer un repaso por los hitos del deporte rey desde «El secuestro de Quini por la tele» hasta la inefable (aunque justa) «cabeza de cerdo a los pies de Figo», el poeta enseña sus cartas y, otra vez como emisario del Ártico, nos congela la sonrisa sin más conmiseración: «papá llorando porque baja el Cádiz / en la sala de espera para quimio».

Quedaba antes mencionado el viaje como sustancia o cifra de cualquier poema, lo que incluye el más engañosamente sedentario. Ocurre aquí, en Ártico, que el espacio se ha convertido en tiempo y, por eso, la mirada hacia fuera del poeta sólo puede traducirse en una asunción, serena, de la mortalidad. «Escalar y ponerse a la altura de un niño» también tiene su reverso, incluso fatal, como nos revela «Inmersión», el relato de unos pilotos de vuelo que, en el ejercicio de unas prácticas que deturpan en acrobacias, pierden el norte y acaban confundiendo el azul del cielo con el del mar, lo que provoca un desenlace previsible. Juan de Dios no juzga, y menos aún condena, la frivolidad o la insensatez de los pilotos; sencillamente, en el paisaje resultante, reconoce un «cementerio marino», porque también la muerte imita al arte. Además, ¿cómo censurar tal muestra de arrojo, por imprudente o atronada que sea, si es exactamente el impulso natural de quien quiere hacer de su vida un peregrinaje? «Junto al peligro crece lo que salva», nos susurraba Hölderlin, a quien parece darle la razón nuestro poeta cuando, más adelante, y apuntalado en la celebérrima séptima Tesis de filosofía de la historia (recordemos una vez más lo que allí zanjaba Benjamin: «Jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie»), concluye en idéntico tono proverbial: «Si no amáramos, nunca destruiríamos».

Diluir el espacio en tiempo conduce inexorablemente a la disolución del lugar en, como reza el título de otra composición, «No lugar». Conviene, por tanto, repasar ese concepto acuñado (en el ya lejano 1992) por Marc Augé y que, en breve, alude a esos parajes fruto de la «sobremodernidad» («surmodernité»), una entidad que, con respecto a la posmodernidad, es definida por el pensador francés como «el positivo de un negativo». «Los no lugares -escribe Augé- son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta». De esta descripción lo que más nos interesa a nosotros (y a Juan de Dios García) es lo que se alude al final, esa tierra de nadie, esos lugares de paso o salas de espera (a veces kilométricos), donde cada vez más personas se hacinan tras perder el rastro de sus huellas y acentuarse el lindero de la siguiente posta. Son los que, con un lirismo gastado pero eficaz, llamamos extranjeros de sí mismos.

En el «[Homenaje a Theo Angelopoulos]» (en realidad, a su película más difundida por estos lares, La mirada de Ulises) que incluye el poeta entre las 34 composiciones del libro, aparece, a modo de estribillo serial, la reflexión siguiente: «Era extranjero». Una vez más, lo que interesa a García de la odisea del viajero en cuestión es lo que comporta de alteridad, de otredad; la quiebra de un asidero identitario, que sólo se resuelve de manera vicaria en lo falaz, en la aceptación de las apariencias, aquí ilustradas mediante la alocución del personaje que encarna en la película Erland Josephson y que el autor escoge para rematar el poema: «la guerra está tan cerca que parece estar lejos». No será, ni mucho menos, la única vez que se confronten en Ártico la realidad con su simulacro, la terrible cotidianidad con la ensoñación liberadora y también peligrosa. El que fue alma máter de Sex Pistols (que por dos veces aparecen convocados en el libro), el malogrado Sid Vicious, contrapone a la sordidez de la adicción y la autodestrucción («Sobre el televisor / papel plata, cucharas calcinadas / y comida podrida») el deseo de fuga a un lugar legendario y, por tanto, inexistente, fruto de su elucubración: «Pero Sid solamente imaginaba / animales de fábula, / palmeras rojas, plátanos azules». Y ello a pesar de que uno de los gritos del punk sea esa desolada asunción de que «ya no hay dónde huir». ¿A pesar? Más bien: precisamente.

«Seguir leyendo, seguir viviendo», nos invitaba a conjugar en infinitivo Juan de Dios en los primeros compases de este libro. En una casi despedida, el poeta nos brinda un «Autorretrato», en donde, a la luz de aquel verso, no nos sorprende que se interrogue de esta guisa: «¿Soy real o estoy escrito? / A veces, caminando por la acera / de cualquier ciudad, paro e imagino / convertirme en poema entre la multitud». En esta respuesta que se ensaya a sí mismo late la confesión que Gil de Biedma (uno de los reconocidos expresamente entre su «Linaje») argüía como eximente de su irritante esterilidad con los versos: el autor de Las personas del verbo -recordemos- «creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema». Algo que, dicho sea de paso, no hacía más que reproducir la conocida apostasía irónica de Ovidio cuando, con un perfecto hexámetro, «parce mihi, nunquam versificabo, pater!», le juraba a su progenitor no volver a escribir poesía («¡Perdóname, padre! Nunca más haré versos»)… A Ovidio, por cierto, también le abre Juan de Dios García las páginas de su Ártico y lo llama ni más ni menos que «el mejor romano».