Nunca es tarde si la poesía es buena

Sobre el poemario Yo he vivido en la tierra, de Juan Antonio Marín

Jaime Alejandre

Yo he vivido en la tierra
Juan Antonio Marín
Editorial Polibea

 

juan-antonio-marin-otrolunes32Nunca es tarde si la poesía es buena, reza seguramente el adagio de estos tiempos en los que uno a veces consigue un libro tres años más tarde de su publicación, como me ha sucedido a mí con este hímnico “Yo he vivido en la tierra” del poeta Juan Antonio Marín. Poemario en el que sólo ahora, tan tarde (por mi culpa por mi culpa por mi gran culpa), he podido al fin sumergirme gratamente acompañado por este terco empecinamiento invernal de la primavera de 2014.

Juan Antonio Marín nació en Madrid, en el 1968 y ha demostrado ser un poeta sólido y consistente pues, no en vano, ha publicado cinco libros de poesía: “El horizonte de la noche”, Premio Adonais 1992 (el único premio en España que aún, cuando falla, jamás yerra), Rialp 1993; “Como se nombra el agua”, Calima, 1998;  “El mundo convocado”, editorial Vitruvio, 2002; “Ciudad Iluminada”, Vitruvio, 2007; y este “Yo he vivido en la Tierra”, en la Colección Los Conjurados, (hoy transfigurada en “El Levitador” por eméticas vesanias de los derechos de propiedad de los nombres), en editorial Polibea, ese milagro justo y necesario, nuestro deber y salvación, que timonea el prodigio filológico y humano que es Juan José Martín Ramos, con la lujosa colaboración de Ángel Rodríguez Abad, Juan Ignacio Serra, Matilde Muñoz y, desde los Elíseos Campos, Ángel Luis Vigaray.

Este quinto libro de Juan Antonio Marín hace literal honor al taurino dicho de que no hay quinto malo, y se abre con un clarividente prólogo del escritor Antonio Lucas que ya apenas con su título desvela lo que el lector va a encontrar. Sobre todo fascinación. Pero también ese deje de desencanto sereno que transmiten los versos de este libro con la desnudez que anticipa la austera fotografía de la portada (también del autor de los poemas).

El libro en sí comienza resueltamente nerudiano confesándonos el autor que ha vivido en la tierra, “con orgullo, aunque sin galardones”. Poema puesto ahí, me temo que para desarmarnos, para hacer que el lector se confíe y entre sin machete entre sus páginas esperando una cosa de estas al uso de la poesía inane y débil que tanto abunda hoy. Pero inmediatamente recibimos el contundente espaldarazo de lo que en realidad nos aguarda: “un pedestal para los que han fracasado / eso es lo que me queda…”, “en las venas de todos los conformes y a llegar / al necio corazón de los felices…”. Pues eso, que si nos las prometíamos felices ya podemos recoger velas para que el huracán no nos desapareje de un solo golpe. Y otro, y otro golpe, y golpes sucesivos: como ese poema extraordinario que es  “A los que nos ha hecho daño la música…” ( ya tanto, cuánto dolor, en los propios costados de cada lector); “Yo estoy en este puerto, / en esta ciudad solo, y respiro en la noche / que ignoran los felices…”.

Aunque en la certera ceremonia del caos clarividente sigan colándose versos que descolocan al lector cuando está ya por fin más a la defensiva, versos que se alían con nuestras esperanzas en un desesperante ejercicio de aguardar y desfallecer que no es sino la imagen misma de la vida: “soy un hombre… / que sólo se equivoca porque juega, y prueba, / y no porque se prive de comparecer”; “… que de puro mortales somos invulnerables”. O esos “caballos mojados” de Juan Antonio Marín que son para mí exactamente la imagen de aquel Luis Rosales que vivió “con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño…”. Nada más frágil, más perecedero que una figura de cartón deshaciéndose imperceptible pero inevitablemente en la ubicua destructora humedad de un baño.

Y en seguida Juan Antonio Marín nos inocula un nuevo contrapunto con un “¿A quién le hizo más daño el nacimiento…”  desgarrador para quienes también apenas ya somos llamas pidiendo amor.

Y por supuesto ese poema integral que yo considero la piedra clave sobre la que se sustenta toda la arquitectura del poemario; me refiero a “Claro está que hay heridas pequeñas”. En él se comprende y se siente todo lo que el poeta ha querido compartir con nosotros, poema lustral tras el que todos los versos anteriores se crecen en sí mismos, aún más, y los posteriores se despliegan rotundamente con colores de emoción y significación como para ir “pisando conchas” con “la sabia fortaleza del que sólo es tenaz / cuando sabe que el tiempo es su herramienta…”, entregados ya a la languidez lunar y la gravedad terrena, cegados por una injusta luz que sin embargo “luego en la tarde es larga despedida…”, hasta que podamos “vivir porque no hay que elegir”…

En fin, magnífico libro en el que el lector se sentirá acogido en sus versos, hermanado incluso. Abofeteado también. Cosas de familia. Como cuando dice el poeta “solo arrastro mi sombra, y tan sólo mi sombra / confirma mi existencia…”. Este pobre escritor que soy y que aquí reseña al poeta Juan Antonio Marín confiesa hoy que desde hace años, en mis viajes (por ejemplo los dos últimos a Etiopía y al desierto de Wahiba en Omán), acostumbro a fotografiar mi propia sombra. Nunca me fotografío a mí mismo, pero sí tomo una imagen de mi espectro, porque sé que tampoco yo soy de esta tierra, aunque captando tenue y huidiza mi sombra en ella me hago la ilusión de que pueda estar aquí… con vosotros.

En definitiva, agradezcamos a Juan Antonio Marín que nos haya entregado tan perturbador libro con el que todos, como el autor podremos tal vez decir “intenté hacer las paces, / despedirme sin lucha y sin resentimiento…”. No otra sabiduría ya sobre esta tierra, tierra en la que el poeta Juan Antonio Marín nos demuestra que “ha vivido”.