Sentir la transparencia

Sobre el poemario Desnudar la mácula, de Pablo del Barco

Jorge de Arco

Desnudar la mácula
Pablo del Barco
Factoría del Barco, Sevilla, 2013

 

pablo-dal-barco-otrolunes32Anota el DRAE en su primera acepción de la palabra mácula: “Mancha de suciedad”; y en su segunda: “Cosa que deslustra y desdora”; y en su tercera: “Engaño, trampa”.

`Desnudar la mácula´, titula Pablo del Barco (Burgos, 1943) su último poemario. Y, sin duda, que su intención de desvestir todo aquello que empañe la mirada, todo aquello que desluzca lo armónico de la vida, queda claramente reflejado en el poema -de aromas juanramonianos- que sirve de coda al conjunto: “Desnudar la mácula,/ sentir la transparencia/ sin bajar los párpados/ para ser tan infinito/ como el mar,/ regresar a los ceros de la vida (…) ser/ como un ser sin mácula/ sin apellidos;/ al fin será/ ¡la transparencia, mi amor,/ la transparencia!”.

Doctor en Filología Hispánica, poeta, artista gráfico, durante muchos años profesor de Literatura Española en la Universidad de Sevilla, ensayista, asesor literario de varias editoriales, traductor de diversos autores portugueses  -Fernando Pessoa, Drummond de Andrade…-, ha realizado más de una treintena de exposiciones individuales de su obra visual y pictórica y posee en Sevilla la galería Factoría del Barco, concebida como un centro de producción artística donde hace sitio a la obra de jóvenes autores.

Datos, que conforman y confirman que Del Barco es un firme amante de las artes y las letras, y que su reciente poemario es un himno de extrema madurez, por el que asoman los colores, los horizontes, los perfiles…, de una vida intensa y solidaria, libre y hermana del sueño.

Son cuarenta y uno los poemas que integran el volumen, y tras de ellos, el lector descubrirá un itinerario de referentes comunes, cercanos, por el que el poeta burgalés deja su huella delicada y precisa: “Vivo en lo que escribo”, confiesa en uno de sus textos, y desde ese aserto, traza su personal y atractivo cántico. Con una actitud de reminiscencias  aristotélicas (cada ser es feliz realizando la actividad que le es propia y natural y la forma más perfecta para alcanzar tal dicha es la contemplación), Pablo del Barco abre las puertas del corazón y en su mirada se reflejan sombras y verdades, ayeres y melancolías, soledades y paraísos: “No debe el hombre arar la tierra,/ sólo tumbarse entre los surcos/ y navegar/ con el amor de los trigales”.

Fiel a su intención de preservar de forma límpida las fronteras que limitan con la esencia vital, el yo lírico se adentra también en los territorios del tiempo y de la inexorable fugacidad del ser. Y así, su verso, se orilla hasta una renovada ensoñación juvenil (“Tenemos quince años, amor,/ y toda la vida por delante/ aunque el calendario aceche/ y aburran los relojes/ con sus campanadas sin fin”), se extrema en su presente y su distancia (“estoy más allá del horizonte/ más allá de los sueños”) y se torna negación e inquietante incertidumbre (“el tiempo es un paréntesis/ con dosis de morfina,/ la mañana ya no existe,/ tal vez no existo yo,/ benditos y ajenos,/ los deseos”).

Cómplice de sus melodías, de su cromático destino, del laberinto que abrigan los viajes de su alma…, Pablo del Barco desnuda en este poemario, la materia y la forma que sostiene al hombre. Mas no lo hace desde una perspectiva desoladora, que ennegrezca el diario acontecer, sino desde el hechizo con el que quiere  iluminar su cotidianeidad: “Lo bello vivido está en la piel,/ exprímela y llegará el néctar/ que la vida te ofreció con su primera luz”.

En su afán por cartografiar la existencia, su discurso se torna revelador y sus versos, al cabo, reclaman el saberse dilatado eco de un mensaje latidor y llameante: “Celebremos el día/ pisando sobre adoquines/ los compases y los besos”.