Sentado sobre el último peldaño de la vida

Entrevista al escritor cubano Luis Pérez de Castro

Por Rafael Vilches Proenza

luis-perez-de-castro-otrolunes32(Cuba, 1966). Historiador, abogado, narrador y poeta. Ha publicado los libros de cuento: Nostalgia del cíclope, Editorial Libre Idea, México 2004; Mientras arde en silencio mi voz, Editorial Capiro 2006; Rapsodia del erudito, Editorial Capiro 2007 y Epístolas de un loco, Editorial Mecenas 2007. De poesía: Confesiones del Abad, Ediciones Matanzas 2005; Testimonio del Pagano, Ediciones Unicornio 2007; Ultimo e-mail inédito de Faulkner, Ediciones Matanzas 2008 y Como un manos animal, Editorial Capiro 2012. Entre sus premios se destacan. Mercedes Matamoros, 2003; Poesía de Amor Varadero 2004 y 2008; Batalla de mal Tiempo, 2004; Félix Pita Rodríguez, 2006; Farraluque, 2007; Primer accésit certamen de relato breve LGTBI Premios Lorca, España 2013.

 

Luis Pérez de Castro escritor ninguneado por sus colegas, y sus libros censurado por las editoriales en Cuba.

 

¿Dónde nació Pérez de Casto? ¿Qué recuerdos guardas de esa infancia que aún perdure en el hombre que eres?

Nací en la provincia de Pinar del Río, en un pequeño pueblo de campo llamado Barrigona, perteneciente al municipio de San Luis. Su constante olor a tabaco y sus gentes (pomo de aguardiente en los bolsillos, sin zapatos y ropa raída, como tirada sobre el cuerpo curtido por el sol) me acompañan de manera permanente por cada resquicio de la vida.

Después llegué, por esos azares incomprensibles a los que nos tenemos que enfrentar, siendo prácticamente un niño a Santa Clara, ciudad que me acogió y en la cual vivo y viviré hasta que lo dictamine Dios, y en la que como sentenció Kavafis, he puesto mis ojos y siempre regresaré.

Son estos pueblos y sus gentes lo que conforman mi literatura. Las arenas del camino que bordeaban mi casa de la infancia, el pantano de Benito y los niños sumergidos en él, los viejos madrugadores en el portal de la tienda llamada Del Pueblo –a los que un día nombré historiadores-, los tabacos de mi abuela Petrona en cada hendija de la pared y su carácter irascible, las groserías de mi madre en las madrugadas mientras intentaba encender el carbón y su inagotable espíritu de combate, la ciudad de Santa Clara con su parque Vidal habitado por el trinar de los pájaros y sus excrementos sobre cada banco, sus intrincadas calles empedradas o atiborradas de huecos y salideros de agua por doquier, y sus bulliciosos pregoneros, son los distintos escenarios que recreo o me invento. Son estos pueblos y sus gentes los que me hacen sentir más cerca del niño que un día fui y del hombre que soy. Son ellos los que me hacen ser cada día más humano, mejor padre, mejor amigo, y también, por qué no, los que me obligan a esforzarme para que cada vez que intente perpetuar mi alma sobre el papel en blanco esta sea más transparente.

 

¿Alguna vez imaginaste que ibas a ser escritor?

Apenas cursaba el cuarto grado y estando de visita en casa de uno de mis tíos vi un libro sobre su mesita de noche que me llamó poderosamente la atención por su colorido (amarillo y negro). Entonces lo tomé y fue así que descubrí a Nicolás Guillén, su poesía negra. Confieso que esa musicalidad y forma de decir, o de dormir al negrito, me embrujó, me empujó y de manera a seguir leyendo cuanto me encontraba o recogía por los caminos; porque lo recogía todo: periódicos, revistas, libros viejos, todo lo que contuviera letra impresa a pesar de las embestidas de mi madre, que cada día iban en aumento y se tornaban más violentas. Así llegué a muchos autores, patrios y foráneos, y así, sin darme cuenta, una noche estaba pegado a la mesa del comedor y bajo la luz de dos chismosas escribiendo un poema. Ese fue mi primer intento y por él que aún sigo perdurando, pero de manera más noble, más consecuente. El fanatismo de escribir poesía e inventarme historias fue en aumento y ya, estando en primer año de la universidad, me di cuenta que lo que quería era escribir, escribir y escribir. Y hasta ahora no he parado. Y creo que nunca podría parar, pues sería como detener o mutilar mi propia existencia, mi razón de ser.

 

¿Crees tener un sitio dentro de la larga lista de escritores dentro de la historia de la literatura cubana?

No olvidemos que la historia se forma por la interrelación entre los hombre y la escriben los propios hombres, por lo que esta estará siempre condicionada a factores internos y, en contados casos, externos. Por consiguiente, es difícil predecir el sitio que cada cual pueda ocupar o no dentro de ella, ya que hoy en día todo está supeditado a intereses que, en la mayoría de las ocasiones, responden a otros intereses extraliterarios, alejado de todo razonamiento que pueda entenderse con las letras o la benevolencia de la cultura en sentido más abarcador. Pero para estar a tono con la verdad, no me preocupo por lugares en la historia, sí por lugares en el corazón de los lectores, pues son ellos los que dirán la última palabra y para los cuales escribo. Son ellos, y nadie más, los que pasado el tiempo dictaminarán el lugar de cuanto escribo, pues mi único interés llegado el momento inevitable de la partida final, es que mis hijos y algunos amigos, esos que siempre están en la puerta cuando llamo, me recuerden con amor.

 

¿Cuáles son los temas que abordas? ¿Preferencias por un género en específico?

En la vida todo es un tema. La propia vida es un tema, escabroso, pero lo es. Por eso no escojo los temas, prefiero sean ellos los que me escojan a mí. Prefiero escribir sobre la cotidianidad, sobre las relaciones humanas, sobre todo lo que acontece en el hombre como ser. La dinámica que hoy nos impone la vida es violenta, cada vez más árida, cada vez más alejada de los verdaderos sentimientos que deben habitar (y una vez habitaron) al hombre. Por eso los temas del amor, la familia, la infancia, los valores humanos en toda su dimensión, sin fronteras y alejado de toda retórica discursiva que tanto dolor nos causa.

No tengo géneros favoritos, los prefiero todos. Me siento cómodo lo mismo en la poesía, que en la narrativa, que cuando escribo crítica literaria. Para mí todo es lo mismo: literatura, la que se reduce a desgarramiento espiritual, soledad, paz, satisfacción por ti, por los que te rodean y te leen, también por los que te rechazan.

 

¿Cuándo escribes piensas en los posibles lectores que tendrá tu obra?

Los escritores existen porque existen los lectores, se complementan uno con el otro. Nada más importante que un lector, cuando ellos adquieren uno de tus libros y le dicen al vecino o al amigo más cercano: No te lo dejes de leer. Por lo general siempre tienen la razón. Entonces ya no hacen falta críticos, especialistas, ni jueces para evaluarte y ubicar tu libro en el primero o en el último de los estantes de las librerías. Son ellos, los lectores, los verdaderos críticos, los verdaderos especialistas, los verdaderos historiadores, los que sin ningún tipo de condicionamientos juzgarán la calidad de lo que haces y te dan ese sitio por el que preguntas con anterioridad.

 

¿La crítica se ha interesado en tu labor literaria?

Crítica, palabra dura, llevada y traída por sombras largas, interminables, en ocasiones sin razones, la mayoría, con todas las razones del mundo. La crítica prácticamente en nuestro país no existe y la que existe es alabatoria, adulona o cuantos epítetos se le quiera incorporar. La falta de valor, de comprometimiento para no perder escaños, viajes al exterior o no exponer tu imagen con argumentos que puedan rozar o crear heridas y nos marquen, se ha institucionalizado tanto como la doble moral, se ha convertido en una máquina de terror. No existe una crítica objetiva, encaminada a la literatura que nos pueda salvar, ubicar en el justo lugar donde una vez estuvo, hace mucho años, las letras cubanas. La poca que existe, como ya dije, está parcializada… ¡¿Qué pena?!

Y si la que existe está parcializada con las figuras ya ¨establecidas¨ y con algunas que pugnan fuertemente entre ellas y se encuentran cercanas a la capital y a los grandes medios de difusión… ¿A qué se puede aspirar desde una pequeña ciudad de provincia? Por lo tanto prefiero seguir aquí, tranquilo, en este rincón de mi patria/isla/ciudad donde tan bien me siento y aun puedo escribir rodeado de mis hijos, de mis amigos, y alejado de todo olor maldiciente.

 

En Cuba es posible hablar de una promoción para las obras literarias y sus autores.

La promoción existe para la música, la plástica, el ballet, la política…Existe para todo, excepto para la literatura. Desde que te instalas frente al televisor o la radio solo se habla de lo antes mencionado y, para ser sincero, resúmenes de muy mal gusto y factura. No existe un espacio especializado y los pocos que hay, están copados con las llamadas figuras ¨establecidas¨ o amigos cercanos que comparten los mismos intereses, ya no importa si literarios o un poco más allá de la órbita terrenal. Esa es la realidad, áspera y despatriada de los verdaderos intereses que deben primar a favor de los autores que, a pesar de los pesares, han elevado su voz y esta sigue perdida en algún recoveco de nuestra isla y privada de expandir su eco, su verdad.

 

¿Crees que tu obra literaria ha sufrido algún tipo de censura? ¿Y cómo escritor?

Si describir la cotidianidad, los hechos e imágenes que nos han marcado durante el largo –o corto- recorrido por la vida, y las distintas situaciones y encrucijadas que nos ha impuesto esa misma vida, y junto a ella semidioses pertrechados por una despiadada égida como palabra, es tabú, entonces, todo cuanto escribo o creo, es y serán temas tabúes.

Yo me he visto obligado a experiencias límites, a tolerar falsos conceptos y diatribas casi imperdonables. He tenido que decir sí cuando he querido gritar no. He tenido que hacer cuando he querido permanecer inmóvil. He tenido que bajar la cabeza cuando, por orgullo propio, he sentido la necesidad de tenerla erguida. He tenido que ir contra mis propios códigos éticos por complacer órdenes de esos semidioses antes mencionados y que, al final del día, yo he muerto esas veinticuatro horas sin derecho a una resurrección justa, y ellos han seguido, sin un atisbo de vergüenza, sobre su edulcorado trono. Pero como hay tiempo para todo en la vida. Hay uno para amar, otro para odiar y otro hasta para morir, y como la crucifixión no está registrada sobre estas páginas donde, en ocasiones, intento tocar el cielo y perpetuarme como hombre, decidí, hace mucho tiempo, explotar esta cualidad de la que me ha dotado Dios: escribir.

Cuanto descifro sobre el papel es, no más, que esas experiencias por las que he pasado o he tenido la posibilidad de estar cerca de los hechos mientras están sucediendo. Esas son mis historias; historias de hombres y mujeres que viven y sufren en el decir, también en el silencio; historias fundamentadas, por lo general, en hechos y personas reales, de carne y hueso y carcomidos por una verdad que no encuentran, que cada vez les está más lejos, y con ellas la búsqueda de lo más auténtico que habita en el hombre: su humanidad, su belleza.

Si escribir sobre la temática de prisiones, las consecuencias desastrosas del divorcio, la homosexualidad, el absurdo cotidiano, oculto en el accionar diario y fiel reflejo de nuestras debilidades, en fin, sobre el hombre en toda su magnitud, es tabú, entonces, sin más rebuscamientos de palabras, soy y seguiré siendo un escritor tabú, y no me avergüenza que así sea.

Hoy no tengo nada de qué arrepentirme y mi mayor deuda, de existir, es con mis hijos, bendecidos entre esta gran multitud que somos todos, y que divagamos como extraviados entre los pliegues de una duda insostenible.

Teniendo en cuenta la definición, según el Diccionario Manual de la Lengua Española, del vocablo censura. F. 1/ Dignidad de censor. 2/ Juicio, dictamen. 3/ Reprobación; más ciertas actitudes de directivos y/o administrativos con respecto a mis libros aprobados en diferentes editoriales, digamos Capiro, Letras Cubanas, Abril, Sed de Belleza, Mecenas y Luminarias, los cuales me han sido devueltos después de superado con éxito el tortuoso y cada vez más áspero camino de los consejos evaluadores, considero que sí, que pertenezco a esa lista de escritores que, de manera intencionada o no, o más bien, para estar a tono con la definición de los vocablos, de manera solapada, he sido burdamente censurado. (Estoy en la lista negra).

Pero la vida, con sus barreras y muros, con sus noches y amaneceres, con las exasperaciones impuestas por el prójimo, siempre te enseña y te conduce por el camino más sabio, por ese camino donde, libre de todo posible rencor y remordimiento, encuentras no solo el éxito, también a amigos transparentes capaces de acunarte en los momentos difíciles. Por ese mismo camino fui creciendo como hombre, como el ser que sufre en lo más recóndito de su alma la oscuridad de los que lo rodean y, en nombre de preceptos arcaicos y poderes aparentemente vitalicios, te asignan un rincón oscuro de tu patria donde no solo rezar, también donde morir. Por ese camino conocí a Pablo y su verbo, más que encendido, admirable, y del que sin su consentimiento me apropié, cito: Esfuérzate por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción… Y con esta devoción respondí a la Editorial Capiro después de devolverme mi sexto y séptimo libros (dos novelas en el año 2013) aprobados y no incluidos, al igual que los anteriores, en el plan editorial; a la Editorial Letras Cubanas, donde permanecieron durante largos diez años tres de mis libros (poesía, cuento y novela) aprobados y donde, en el año 2012 su director/propietario, y no digo director/propietario peyorativamente, si no teniendo en cuenta sus propias palabras en la mesa redonda del día 18 de febrero del 2014, cito: Tengo un conocimiento sosegado de ¨Mi editorial¨, dejando bien claro que la misma había dejado de ser la editorial de todos los escritores cubanos, me confirmó la salida del poemario y, un día que no puedo precisar del mes de enero de 2014, me envió un frío e-mail comunicándome que mis libros nunca habían estado aprobados y… ¿!Tamaña verborrea administrativa pasado diez años!?; a la Casa Editora Abril, donde permaneció por cuatro años un poemario, el que a pesar de estar dedicado a la figura del Che Guevara, no tuvo más triste final que ser retirado; y por último, para terminar de ejemplificar hasta dónde puede llegar la censura, de manera intencionada o no, o más bien, de manera solapada, la Editorial Sed de Belleza, donde hacía dos años permanecía uno de mis libros (poesía) aprobado, me lo devolvieron alegando que ya yo era muy viejo para publicar por su sello editorial, pero un año después publican dos libros de dos llamadas ¨personalidades¨ nacidas veinte años antes que yo viera esta luminosa luz que nos guía. ¿Qué me informaron? Fue decisión del consejo editorial. Como puedes apreciar, teniendo en cuenta la editorial Mecenas (poesía) y Luminarias (cuento), me han privado de publicar catorce libros. ¿Dónde pernocta la fundamentación de tan reiterada negativa estando aprobados?

Y que podría decir del Departamento de Promoción Literaria perteneciente al Centro Provincial del Libro y la Literatura, los que cuando realizan recitales de poesía no se me invita porque, según sus dictaminadores, no soy poeta, y cuando se realizan encuentros entre narradores tampoco se me invita, pues no soy narrador. Y lo peor, que estos antagonismos cada vez más creciente respecto a lo que yo asumo como escritura (es como si mis libros hayan sido publicados por editoriales de algún planea distante de la tierra), no se dirimen, continuo a la espera de un ser piadoso, y sin tener en cuenta domine o no los intersticios bondadosos de la  literatura, pero que maneje con maestría los hilos de esta gran marioneta que somos todos.

Hoy, hasta tanto no sea modificado las distintas definiciones que recoge el Diccionario Manual de la Lengua Española, y el vocablo censura siga siendo dignidad de censor, juicio, dictamen y reprobación, y que no existe nada que se le asemeje más a dicha definición que todo lo antes expuesto, me considero un escritor censurado. Y para todo censurador, intencionado o no, solapado o no, o ejerciendo el favor que le concede el poder, transitorio o vitalicio, les trasmito otro pensamiento de Pablo, cito: Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes. Pero háganlo con gentileza y respeto.

¿Cómo enfocas desde tu óptica la realidad-ficción con el tema de la cárcel, su ambiente de presidio, la discriminación social y cultural en él?

Estudié historia y derecho, y un día, sin proponérmelo y sin tener noción alguna del sistema penitenciario, amanecí en la prisión de Guamajal Hombres, ubicada en la ciudad  de Santa Clara, provincia de Villa Clara, como jefe de destacamento. Los primeros días fueron los más difíciles, pasado estos me climaticé y confieso, con más glorias que penas, que fue mi mayor universidad, no solo por la sorpresa de haberme insertado con gran facilidad a ese mundo sórdido, lleno de lo inesperado, si no por todo lo que aprendí de los reclusos, de su forma de pensar y de asumir la vida. Esos diez años vividos en la prisión terminaron de formar mi personalidad y están presente en todo cuanto escribo, tanto en poesía como en narrativa, sus disímiles historias, su psicología, sus códigos de comunicación. En ocasiones he intentado desprenderme de ello, alejarme de ese pasado, pero no, permanece ahí, intacto, siempre presente en cada libro que asumo, en cada metáfora, en cada lugar donde llego y escucho una voz que me dice: ¿Cómo están las cosas mi padre? Y terminan ofreciéndome su cerveza, su mano amiga.

Entonces tomé una decisión sabia, dejar esas imágenes, esas vivencias y recuerdos guardados en mis archivos personales. ¿Por qué? Porque ya forman parte de mí, de mi familia, de esa cotidianidad que me arremete contra las paredes, y solo, las dejo que me rocen, que invadan mi privacidad, a la hora de asumir el proyecto de un nuevo libro.

Desde esa óptica, alejado de toda discriminación social y cultural, que reconozco por mis propias experiencias que existe y aún estamos lejos de erradicar, pero que para nada me interesa, asumo no solo la literatura, también la vida. A veces con un poco de realidad, otras con una gran dosis de ficción.

 

¿En estos momentos el escritor Ángel Santiesteban guarda prisión y los escritores cubanos han hecho un silencio cómplice, qué crees de este hecho, y qué opinión te merece la obra de este escritor, que ha ganado los premios literarios más importantes en Cuba y el año pasado se le otorgó el Premio Internacional de novela Franz Kafka?

Cuando miras hacia atrás, hacia ese pasado que siempre creemos lejos, distante, te das cuenta que no existe diferencia alguna entre los escritores que nos antecedieron y nosotros. Agustín Acosta, Emilio Ballagas, Severo Sarduy, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón  Baquero, Samuel Feijoo, Rafael Alcides, Delfín Prats, Guillermo Vidal, Amir Valle, Lina de Feria, Luis Felipe Rojas, Orlando Luis Pardo, tú mismo, por solo citar ejemplos cercanos a nuestra época, sufrieron del mismo silencio cómplice y torturador cuando necesitaron la voz y la mano amiga del resto de los escritores que, en las tertulias o en los pasillos de las editoriales, se decían ser amigos y llegado el momento se afiliaron con su actitud mezquina a los designios de los que ostentan el poder y a través de la mediocridad como escudo deciden a diestra y siniestra los destinos de la cultura, y con ello también el destino de los escritores que no comparten sus mismos intereses o criterios. Es triste y a la misma vez doloroso, pero la historia se repite, se recicla, y Ángel, con su verbo irreverente y el drama en ristre, no podía tener otro destino reservado en la historia de nuestra literatura actual, también plagada por burócratas, miserias condicionadas por principios altamente contaminados, corrupciones, grupos afiliados a intereses sexuales o políticos, pero que igualmente ostentan el poder y lo aplican sin escrúpulos, siempre bajo la fachada de personas de bien y en nombre de un pueblo que, como la antigua Grecia, ni reconocen. He ahí a lo que llamo desfachatez mundana, al no reconocimiento del prójimo, de sus valores, tanto humanos como intelectuales y, al final, cuando te das cuenta y miras hacia atrás, hacia ese pasado que siempre creemos lejos, distante, detrás solo encuentras las sombras de intereses que nada tienen que ver con la auténtica literatura, esa que nos eleva, nos ennoblece y nos salva. Y pienso, en mi opinión muy particular, que estas actitudes de guardar silencio cuando se debe gritar, de tenderse al piso cuando se debe saltar, de guardar la pluma cuando se debe empuñar y emborronar con su tinta cuantas cuartillas nos quieran imponer, seguirán prevaleciendo hasta tanto no se rompan las barreras oprimentes del miedo, ese miedo que han inoculado a lo largo de los años en las arterias del ciudadano cubano actual, del que no estamos muy lejos y tanto estupor causa.

No es para nada sorpresa que la obra de Ángel Santiesteban alcance los lauros más relevantes que pueda conceder la academia, pues su narrativa, junto a la de Guillermo Vidal, ya desaparecido, es el reflejo de una calidad escritural inalcanzable hasta el momento. Nadie como ellos han sido capaz de reflejar los intersticios de la sociedad cubana, su decadencia desde el seno familiar, su (in)moralidad y (do)ble rasero, sus preocupaciones por un futuro incierto y por el que pocos apuestan, y todo con un discurso más que incisivo, locuaz, cercano al paladar de todo lector, hasta del menos avezado. Esta es y será una literatura trascendente, que no reconocerá fronteras, ya que desde su cimiento trae consigo el sentir sosegado y plural de cuantos lo antecedieron y lo sucederán.

 

¿Cómo se ve a sí mismo el escritor Luis Perez de Castro?

Como uno más, otro de los tantos que cada día anda cabizbajo por las calles, con las manos en los bolsillos y sin nada, o muy poco, que ofertar. Otro de esos tantos hombres que no acaba de despertar ante tanto absurdo cotidiano y, en ocasiones, se siente morir, pero se levanta y sigue su camino, su destino frente a un papel en blanco y contando sus disimiles historias. Unas veces irreverente, otras tan dócil como sus poemas, como la imagen de sus hijos que siempre lo acompaña y por suerte, y gracias a Dios, nunca lo abandonan.

Así no más, sentado sobre el último peldaño de la vida, en espera que la actualidad, sin miramientos ni debilidades, cambie para bien de los hombres, los cubanos de hoy y de mañana.