Murió Panero

José Pazó

Leopoldo María Panero (Madrid, 16 de junio de 1948 - Las Palmas de Gran Canaria, 5 de marzo de 2014)

Leopoldo María Panero (Madrid, 16 de junio de 1948 – Las Palmas de Gran Canaria, 5 de marzo de 2014)

Lo conocí en la Universidad Autónoma, cuando yo era un estudiante que escribía sonetos satíricos y él un poeta maldito, egregio (para los que vivíamos en la sombra), siempre vestido de negro, que había salido hacía poco en el Desencanto y en una antología de la revista Poesía, la revista más bonita jamás publicada en España.

En la revista, yo había visto su foto, vestido como un estudiante de lo sesenta, un aire vago a lo Benet del “nunca llegarás a nada”, y en una pose ligeramente desequilibrada, como alguien que está a punto de decir algo importante, o huir en retirada. En el Desencanto, lo había visto en blanco y negro, ya más escorado hacia el negro que hacia el blanco, oblicuo en sus palabras y en su mirada, y definitivamente ejemplar.

En aquellos días, las bibliotecas de las casas que me eran familiares mezclaban el Kama Sutra con los ejemplarios de vidas santas, el Trópico de Cáncer con Marcelino pan y vino en versión Austral. Esa mezcla la adivinaba yo, o la imaginaba, en la trastienda cerebral de Leopoldo, hombre maldito por parte de madre y a la vez ejemplar por la misma parte. Ejemplar, porque era hijo de una madre que había amado al poeta inamable, a Luis Cernuda, y maldito, porque ese amor lo llevaba como amante de su madre y sus amores a un amor imposible por un poeta andaluz escorado hacia las carreteras solitarias de Nevada, y a la existencia ideal de un exilio teñido por la luz dorada de la nostalgia.

Panero vino a la universidad a hablarnos de poesía, y vino totalmente vestido de negro, del mismo negro que yo usaba en tinteros para escribir con plumilla sonetos satíricos. Nos habló de todo menos de poesía, aparentemente. Nos habló de los muertos, de la mierda y de la locura. Estaba muy enfadado porque en la universidad se había prohibido hacía poco fumar en las aulas, y dijo que prefería hablar en un pasillo entonces. Pero solo fue un amago. Se quedó en el aula, con el mono de la nicotina, hablando de la locura. La voz le salía por los lados de la boca, distorsionada, como si nunca separara del todo los labios en el frente. Hablaba como resoplan los dragones chinos: con dos estufidos sulfurosos, uno hacia la derecha y otro a la izquierda, pero nunca dirigidos hacia el que tenía delante. Los dragones chinos son representaciones de los hombres iluminados, y aquella era la forma de hablar de alguien que, sin saberlo y antes de remontar el vuelo, era ya un dragón iluminado que pasea sus negras escamas por el cielo.

Tras la charla, me acerqué a él, y se mostró extrañamente cordial. Me cogió del brazo y me sacó enseguida al pasillo. Se encendió un cigarrillo, que empalmó con otro. El humo le salía por el lateral, y se dirigía a mí pronunciando algunas palabras que yo no llegaba a distinguir,  que eran sobre todo ruidos. No entendí nada de lo que me dijo. Hablaba con voz entrecortada, con clicks y sonidos guturales, como hablaban algunas tribus africanas ya extintas, pero a mí me daba igual. Me daba exactamente igual que hablara de algo que yo no creía que fuera poesía, que no le entendiera nada, que sus palabras fueran como balsas de la medusa en aquel torrente dragonil y gris. Yo estaba con Leopoldo Panero, y aquello significaba algo, en aquella enigmática para mí, entonces y ahora, composición del mundo. Estaba con Panero, con el auténtico Panero.

En aquel pasillo soleado, de vez en cuando, Leopoldo María me miraba con unos ojos escorados, que habían huido ya a algún lugar del País Vasco, y luego me decía algo, pero yo seguía sin entender nada, a pesar de que poco a poco fui entendiendo todo. Ni siquiera sé decir qué entendía, pero lo entendía. Lo entendí. Entendí que dos poetas saltaran de un lado a otro de su alma, que seres sin cabeza cantaran una canción incomprensible sobre su tumba, que no buscara tu sexo, sino ensuciar tu alma, que solo la nieva supiera la grandeza del lobo y de Satán, que Blancanieves se despidiera de los siete enanitos, que fumara mucho, demasiado, y que tuviera la boca llena de sangre, que hubiera vivido dos años en el Pueblo de las Moscas, que pensara que de niño lo habían secuestrado para una alucinante batalla y que sus padres lo sedujeran para ejecutar un sacrilegio entre ancianos y muertos, que la cucaracha que recorría el jardín húmedo circulara por entre las botellas vacías, y él le mirara a los ojos, azules madre mía, y que cantara por las noches parecida a la locura, y que esperara todos los días a que viniera el cierzo, o el ciervo, o que proyectara un beso matándote cuando la luna saliera, y que el primer somormujo le dijera su palabra.

Le faltaban ya algunos dientes. Fumó en aquel pasillo cuatro o cinco cigarrillos. Nunca más lo volví a ver en persona. Luego leí que fue perdiendo los otros dientes y sé que con ellos trazó un camino que pasó por Mondragón y acabó en Las Palmas, donde había nacido. Es un camino como el de Le Petit Poucet, un hilo como el de Ariadna, el rastro de un dragón que mezcló humo y palabras y paseó sus escamas negras por el firmamento de la poesía. Un generoso rastro para que otros no se pierdan. Para seguirlo, hay que mirar al suelo, con mirada oblicua. Hay que estar en continuo desequilibrio entre decir algo importante o salir corriendo. Hay que caminar un camino que los carteles señalan como “locura”, pero que algunos, alentados por Erasmo de Rotterdam y jaleados en semitono por Cervantes, reconocemos como el camino de la poesía.

Del Autor

José Pazó
Es profesor asociado a tiempo parcial de la U. Autónoma de Madrid (área de Lengua Española). También es profesor de la New York University en Madrid y de la Fundación Ortega y Gasset. Su primera área de especialización es la morfología, aunque su interés general cubre también el español como segunda lengua y la adquisición de la morfología y el léxico.

En la UAM enseña cursos de lengua (Lengua I, Lengua II y Lengua IV (morfología y sintaxis), tanto a estudiantes de Filología Española como de Traducción e Interpretación u otras filologías. En la Universidad de Nueva York en Madrid enseña cursos de léxico y morfología a estudiantes de posgrado norteamericanos, a los que dirige tesis en dichos campos.