Ahora que los cielos se han abierto

Despedida de duelo

Por Alberto Edel Morales

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-7En el mejor sentido de la palabra, bueno.

Muy bueno, tipo que ora y trabaja y coge al lenguaje por el mismísimo cuello y lo tira contra el papel en blanco, contra la pantalla del ordenador, contra la cabrona vida, y lo exprime y lo pone caliente y lo desautomatiza para que diga cosas y las diga duras y le llegue al Lector. Muy bueno, si, Guillermo Vidal, el escritor, cuyo cuerpo despedimos hoy, ahora que lo llora Las Tunas y Cuba se duele, desde todas partes, por esta pérdida irreparable para la literatura, para los amigos, para la familia Vidal Ortiz.

Pero aún con esa calidad (re)conocida, ese estilo particular, esa fuerza narrativa que hicieron de Guillermo una especie de mito de la vida literaria, del cuento y, particularmente, de la novela cubana en los últimos años, el Autor Guillermo Vidal nunca pudo alcanzar la excepcional grandeza del ser humano que lo impulsaba y al que solíamos llamar, sencillamente, el Guille.

Acaso le faltó tiempo. Acaso los lectores, que siempre asediaron sus libros, y los críticos, que muchas veces resultan lentos para juzgar, lo eleven más y más, en la misma medida en que el tiempo pase inexorable y su obra se asiente en la historia. No merece menos. Pero ahora, aquí, podemos decir sin falta que Guillermo Vidal Ortiz fue, es, será siempre, un escritor muy bueno y un ser humano excepcional.

Todos los que conocimos y quisimos al Guille (y no había forma humana de conocerlo sin quererlo) lo recordaremos humilde, discutidor, amable, apasionado, jodedor, sabio. Amigo de sus amigos, en las buenas y en las malas, tuvo también la suficiente bondad para no agredir o desear el mal a quienes no pudieron, no quisieron o no supieron quererlo. En la ruta de la gran estirpe martiana, que es decir en el mejor estilo cubano, Guillermo Vidal era un cultivador de rosas blancas.

Fue maestro y enseñó Español y Literatura en secundarias, preuniversitarios y en la universidad. Fue hasta el día de su muerte, el 15 de mayo, un profesional de la cultura que se desempeñó en varias instituciones y funciones. Fue un escritor y asumió con máximo rigor el oficio, atrayendo hacia sí toda la libertad que la escritura exige, toda la responsabilidad que su ejercicio requiere, toda la miseria y el dolor de la carne y el espíritu para lanzarlos hacia el arte de contar historias.
Nos deja libros necesarios. Quiero recordar algunos de esos títulos, los que más he disfrutado y en los que más he aprendido: Los iniciados, Se permuta esta casa, Confabulación de la araña,

Matarile, Ella es tan sucia como sus ojos y, en particular, La saga del perseguido, que le valió el Premio Alejo Carpentier, el más reconocido y promovido de una trayectoria de premios importantes.

Entre los libros que no he leído, Guille no me perdonaría olvidar Las manzanas del paraíso. Hay en esos tomos obra suficiente para que volvamos sobre sus aportes, sobre ese estilo suyo tan particular e inconfundible. Escribía mucho, de manera que es probable nos haya dejado textos inéditos que amplíen su diapasón de sorpresas literarias.

Nos deja también la experiencia de su vida, un modo de ser y de hacer presidido por el amor, una idea de la unidad en la diferencia expresada a su modo: “Si nos dividen, nos joden”. Desde esa altura adonde su alma se ha elevado, nos los recuerda otra vez aquí, ahora, nos lo recordará siempre.

Inconsolable es la pérdida para los más cercanos: la familia a la que él tanto quiso y a la que tanto entregó. A ellos pertenece este minuto, ahora que los cielos se han abierto y ya Guillermo Vidal descansa, en la paz de Dios.

Las Tunas, mayo de 2004.