“Aquí estoy en este cuarto haciéndome que duermo
delante del muchacho que alguna vez escribirá este cuento.”
Guillermo Vidal. (Confabulación de la araña)
Llegamos de Manatí con hambre y sueño y sin transporte ni hembra para la madrugada. Pero duermes en casa y mañana te vas me dijo Guille, y le seguí a su covacha al final de aquel pueblo lleno de Iglesias clandestinas, calles de tierra y perros sin dueño que ladran toda la noche. Pude descansar un poco a pesar de los gemidos al otro lado de la cortina de nylon, rezos y gemidos, luego sombras que volvían a rezar mientras amanecía y llegaba el gallo con el sol a través de alguna hendija en las paredes de madera. Luego la mujer muy delgada con la taza de infusión, que sin café ya esto no es Cuba como dice Guillermo que dijo que lo esperes, que no te fueras tan temprano. Pero me fui. Del pueblo, la ciudad, la isla. De donde no se quiso ir aquel judío bueno. Me fui de donde lo sembraron pocos años después. Me están jodiendo la vida sin misericordia, había dicho. Hacen miserable la existencia. Con sus huesos al aire y su asma patriótica. Con su atuendo de monje displicente. Lo mató el hambre desolada y oscura. Lo mató la desesperanza, el himno y la mierda de palomas. Lo mató el aire y un mísero agujero donde defecar. No volví a abrazarlo, ni a escuchar su voz noble y pausada. No lo vi escribir su mejor y última palabra. Da igual. Los buenos siempre se van sin escribirla.