El son más inoportuno del mundo

Palabras in memoriam

Por Juan Isidro Siam

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-13Desde hace un tiempo hemos girado 180 grados y si antes todo lo que oliera a comercial o consumo era radicalmente rechazado, ahora le estamos tomando el gusto y de qué manera. Últimamente es considerado no solo lícito, sino muy importante poseer un Record Guinness. Hay records y records. En la televisión se presenta como algo genial al hombre que en Cuba tiene más aretes en el rostro, quien alerta que aún puede seguir colocándose otros y ser el número uno del mundo. Mientras, Douglas y Erick, los hermanos Hernández, implantan record tras record de toques a un balón de fútbol.

Ahora estamos dedicados a alcanzarlos en la música. Alguien dio la orden y en las capitales de las catorce provincias las orquestas se aprestaron a tocar ininterrumpidamente durante veinticuatro horas. De 12 pm a 12 pm lo hicieron como una sola. Justamente, como una sola. Les invito a discernir cuándo termina una canción y se inicia la próxima. Y al terminar en una provincia, ¡zas!, continuaba en la siguiente. Si pudiéramos movernos por algún plano del tiempo a velocidad tal que, escuchando el último minuto en una provincia pudiéramos llegar justo para el primero en la otra, no notaríamos la diferencia.

La diferencia, sin embargo, estaba en una provincia cercana. Por las calles de la ciudad de Las Tunas avanzaba el sepelio de Guillermo Vidal Ortiz. La banda de música marcaba el momento luctuoso que vivían familiares y amigos. Conocer a Guillermo y considerarlo amigo eran casi sinónimos. Como no había poses en él y como, quizás para vencer la timidez, bromeaba constantemente, uno se sentía cómodo desde el principio con el autor de Matarile. El último día de un encuentro de escritores en Bayamo en el año 2002, a la hora de hacernos una foto, le pedimos se sentara en el medio y segundos antes de que obturaran la cámara dijo riendo:

-Pie de foto dentro de varios años: Foto del escritor Guillermo Vidal y un grupo de desconocidos.

Será el recuerdo de ese humor el que me ayudará durante la jornada.

Michael Hernández y yo llegamos cuando el sepelio ya se ha iniciado. Corremos unos metros y nos incorporamos a las personas que llenan casi dos cuadras. Yo llevo en las manos la corona de flores que envían desde Holguín. Comenzamos a distinguir amigos entre la multitud y a escuchar un lejano y reiterativo sonido que se mezcla a la gravedad de la banda en el mismo instante en que, sonriente,  una señora atraviesa la calle y al subir a la acera le grita a una conocida:

-¡Eloísa, el tuyo también va a ser así!

Comienzo a pensar que todo lo que Villena dijo acerca de los velorios en Cuba se queda pequeño, pero estoy lejos de la realidad.

Continuamos. Nos saluda Carlos Esquivel y habla de los últimos momentos de Guillermo. De Guillermo fiel a la literatura aún el día antes. Hablando de literatura el día antes. Pensando en literatura el día antes. Soñando quizás en literatura. Mientras, el otro sonido comienza a triunfar sobre la gravedad con que la banda marca el paso del cortejo.

Llegamos a las puertas del cementerio. La banda cesa de tocar y entonces podemos escuchar nítidamente, como si estuviera a escasa distancia, el estribillo de turno, de la orquesta de turno, que en la provincia de turno, (desdichadamente, en este caso, Las Tunas) alarga el son buscando el Record Guinness.

…el que solo la hace
solo la gasta…

Y nos miramos. Y todos pensamos lo mismo. Y todos estamos tan impotentes. Las Tunas está a punto de dar sepultura a un hombre. En toda la extensión de la palabra, a un hombre. Y es imposible detener a una orquesta que traquetea sus instrumentos, minuto a minuto, de seguro, casi sin público y con el único objetivo de figurar en un, hasta hace poco tiempo, controvertido libro de records.

…el que solo la hace
solo la gasta…

Frente al micrófono, el Vicepresidente del Instituto Cubano del Libro comienza a leer unas palabras tratando de vencer el laterío sonero:

-Bueno, muy bueno…

En ese instante, el audio cesa y la voz del hombre es inaudible. La voz del hombre, no la del sonero:

…el que solo la hace
solo la gasta…
¡Arriba, todo el mundo!

Logran arreglar el audio y Edel Morales comienza desde el principio:

-Bueno, muy bueno..

Esta vez avanza algo más, pero el audio vuelve a dañarse.

…el que solo la hace
solo la gasta…

Y una tercera vez:

-Bueno, muy bueno… – y se daña el audio otra vez, con el añadido de que ahora, en una casa cercana están sacrificando un cerdo, o haciendo algo con lo que el animal no está de acuerdo. Esta vez, Morales sigue aún sin audio y aunque al principio no se escucha nada, poco a poco nos adaptamos y podemos seguir su homenaje por sobre  los chillidos del animal y del sonero y a mediado de sus palabras el audio es devuelto y finalmente logra terminar de decir verdades sobre Guillermo, que es lo único que puede decirse de este hombre.

Mas, de improviso alguien se acerca al micrófono y se escucha algo sorprendente:

-Se pide a los presentes, que sólo entren al cementerio los familiares, dirigentes e intelectuales llegados de toda la isla.

A mi lado, una joven con un girasol en la mano me dice:

-¿Usted podría colocarle esta flor?, porque yo no soy ni familiar, ni dirigente, ni intelectual.

Está llorando.

-Usted entra conmigo. Póngase a mi lado.

Y entramos, como la mayoría de los presentes, porque cómo puede definirse quién se encuentra en  alguna de las categorías anteriores.

Caminamos por las calles interiores del cementerio y ella me agradece antes de separarnos. Comienzan a colocar las coronas sobre la losa cuando detrás de mí escucho un diálogo entre dos mujeres y un hombre:

-Felicítala

-¿Por qué?

-Porque ya es militante

-¡Pero si yo te propuse!

-Ahora, cuando termine aquí, voy para la asamblea de balance y no sé cuando termine…

Y no sé cuando terminará el son que ahora, para variar, ha logrado otro estribillo:

…abierto, cerrao
adentro, afuera

Las flores ya cubren completamente la losa. Las Tunas perdía a su hijo más ilustre mientras alargaba el son más largo del mundo.

Lentamente salimos del cementerio y mientras saludamos a algunos familiares y amigos en los que el dolor es evidente, veo a la joven que no podía entrar. Al menos ya no tiene el girasol en sus manos.

Holguín, Cuba, mayo del 2004