Gestos principescos

Palabras in memoriam

Por Gina Picart Baluja

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-11Yo no conocí a Guillermo Vilar de la forma en que tanta gente le conoció. Solo lo vi una vez, durante un encuentro de escritores en Matanzas. La sede era el hotel Guanímar, pero mi recuerdo del Guille es solo del viaje de ida. Curiosamente, una vez en el hotel no tengo memoria de haber seguido viéndolo. Probablemente él no se hospedó allí con el resto de los invitados. O quizá sí…  El caso es que a mí me tocó uno de los primeros asientos, justo después del chofer, y sola. Detrás de mí venían una escritora entonces jovencita y dos escritores, los tres arracimados y divirtiéndose mucho. Me aburría y quise conversar con ellos; ya que los veía tan animados, pensé que no tendrían inconveniente en compartir su alegría con alguien más, pero me equivoqué. Poco después decidí cambiarme para uno de los asientos del fondo, delante de dos hombres negros. Solo recuerdo a uno de ellos, alto, de presencia imponente, que contemplaba con placidez el paisaje por el cristal de la vetanilla. Era Guillermo Vidal. Su compañero de asiento le hablaba sin cesar, de esa manera rimbombante y ególatra que es el estilo de tantos intelectuales, y Guille, de vez en cuando, le respondía con un monosílabo amable. Ensimismado y con una semisonrisa de bienestar vagando entre sus labios, era en sí mismo un centro que emanaba beatitud. De pronto sentí que algo en él no estaba bien. Fue la intuición de un instante y sin que nada, a primera vista, la justificara. Le pregunté si le ocurría algo y me respondió que era hipertenso y estaba tratando de relajarse. Vi que me observaba, y de repente me preguntó por qué yo estaba tan asustada. Me tuve que reír, y le confesé que, en efecto, estaba asustada porque debutaba con una hipertensión y no sabía qué hacer en medio de un viaje tan largo. Guillermo conversó conmigo un momento, no recuerdo exactamente los términos, pero me parece que fue sobre cómo mantener la calma ante lo que ya no podía ser evitado, para que no se volviera peor. Lo que se me quedó grabado fue su calma extraordinaria, su dignidad bondadosa, aquel magnífico gesto de ofrecer palabras de apoyo a otra persona en un  momento en que él mismo la estaba pasando  difícil. En los escasos eventos culturales en que he participado estoy consciente de haber sido, por mi mala salud, un suceso incordiante para muchos, una especie de pájaro aguafiestas, pero Guillermo no me hizo sentir así. Él fue, por breves minutos, la única persona que me brindó calor humano en lugar de hacerme sentir verguenza culpable. Tenía un alma noble. Jamás lo volví a ver. Luego supe de otros gestos suyos igual de principescos, y lamenté profundamente no haberlo conocido. Las circunstancias de su muerte me impresionaron mucho y me entristecieron por mucho tiempo.