Guillermo Vidal, por siempre vivo

Sobre su vida y su obra

Por Carlos Manuel Pérez Ávalos

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-6Me enteré por la radio. Carlos Tamayo, el presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en Las Tunas, convocaba a la membresía de la organización, familiares y amigos, a los funerales de Guillermo Vidal. La noticia me sobrecogió. Sabía que llevaba un tiempo padeciendo de una enfermedad respiratoria, pero jamás pensé en su muerte. Casi nunca creemos en el poder de la parca sobre gentes como él.

Lo primero que me vino a la mente fueron los tantos amigos comunes, con quienes de continuo intercambio sobre su persona y su obra: Rafael Vilches, el primero en dármelo a conocer; Delis Gamboa y Yunier Riquenes, seguidores de sus pasos; Michael Hernández y Martha María Montejo, admiradores. También recordé aquellos días de finales de 2001, en el II Encuentro de jóvenes narradores ¿Serán los últimos los primeros?, organizado por la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Granma, donde era la figura principal.

Esa fue la única vez que intercambié personalmente con Guillermo. En la base de campismo Los Cantiles, a unos 30 kilómetros de Bayamo, andaba entre escritores en ciernes que pretendían imitarle o, por lo menos, alcanzar su reconocimiento. Lejos de lo que cualquiera pudiera pensar, en ningún momento asumió pose de figura importante. Todos los presentes le hacíamos círculo, atentos a sus palabras, deseosos de guardar en la memoria hasta el último detalle de sus observaciones sobre la técnica literaria o las anécdotas que encontramos de una manera o de otra en sus novelas.

A la orilla del río, en medio de una lectura de cuentos, dijo que estaba escribiendo un nuevo libro, en el que retomaba el tema de la beca, recurrente en su narrativa. No he sabido precisar a cuál se refería; sin embargo, me atrevo asegurar que se trataba de Las manzanas del Paraíso, con la que obtuvo el Premio Casa Teatro, República Dominicana. Le pregunté por qué volvía una vez y otra a ese asunto. Su respuesta rondó acerca del impacto que ha causado en muchos cubanos la experiencia de los centros internos, donde la mayoría descubrimos un modo de vida diferente, quizá más rico y también más violento, que el del seno familiar.

Tampoco se me escapa del pensamiento la visita que hicimos al novelista jiguanicero Carlos Casasayas, uno de los que en sus inicios orientó a Vidal. Se abrazaron ambos escritores y espontáneamente desgranaron las historias de cuando Guillermo viajaba de Las Tunas a Jiguaní, con el solo propósito de que el autor de La casa de los anales le revisara algún texto.
Desde la salida de Matarile, a principios de los años ’90, todos los ojos de los lectores cubanos y de los extranjeros que siguen la literatura de la Isla, se posaron en este narrador. Fue un escándalo el libro donde aparecen adolescentes de carne y hueso, con todas las contradicciones y problemas que solemos tener en esa etapa de la vida. Eso, sublimado con una prosa ágil, envolvente, limpia, señaló la madurez de un escritor dispuesto a desterrar los fantasmas que marcaron su existencia y la de sus coetáneos.

Aunque ya de él se hablaba en los círculos intelectuales, fue a partir de entonces cuando saltó a la palestra pública. Resultó un salto espectacular, nunca más lo olvidamos. Sus publicaciones se convirtieron en pan caliente. Cada vez que nos reuníamos a hablar de literatura, tenía que aparecer él por alguna parte. Y no solo como autor, también como persona. De pocos individuos he escuchado el criterio unánime de aprecio y respeto, como en su caso.

Y no es por aquello de que todos los muertos son buenos. Antes de este pase a la eternidad, Guillermo ya lo era. Su aspecto con barba entrecana y larga, y moño en la nuca, jamás escondió la jovialidad de su rostro. Aun menos la palabra paciente, delicada y atinada, incapaz de herir a quien se le acercaba para someter a su criterio un cuento u otra pieza literaria. Por eso era amado por los escritores jóvenes, esos que buscan arrimarse a buen árbol. Por eso había (hay) que hablar de él con palabras positivas.

Como José Soler Puig, quien nunca quiso irse de su Santiago de Cuba, desde donde alcanzó nombre y prestigio; Vidal permaneció en Las Tunas, donde nació el 10 de febrero de 1952 y murió este 15 de mayo. Viajó una y otra vez, pero siempre retorno al terruño. El universo de sus novelas, es el tunero: la familia de pueblo, las comadres, las bibliotecarias, los niños y adolescentes, los dimes y diretes de barrio, las fiestas populares…

Con su deceso, somos muchos los apenados. La Literatura Cubana es la primera resentida. Hubiéramos preferido que permaneciera entre nosotros. Saberle en su ciudad, aplicado en sus historias dolorosamente reales, exquisitamente escritas, era de gran alivio. Constituía la certeza de que pronto volveríamos a enfrentarnos a algunos de sus ingenios. De todas maneras tengo la certeza de que en buen lugar está ahora. Y, sin dudas, continuará en la palestra pública: él es de los muertos que por siempre están vivos.