Desde que existen el arte y la literatura existen la mala leche, el celo profesional, la envidia, la ponzoña, la zancadilla entre unos y otros creadores. No sé si esto es inherente al ser humano. O sí…, parece inherente al ser humano. O no…, creo que solo es inherente a ciertos seres humanos. Diríamos que a los más flojos de alma. Aun cuando, quienes están dañados por estos “atributos”, resulten creadores de suma trascendencia
Bueno… Pero si pensamos un poco más detenidamente nos daremos cuenta de que lo anterior no es distintivo solamente de artistas, escritores, científicos y otras personas que de algún modo trascienden públicamente. Veamos que en cualquier estamento, profesión, disciplina, oficio pueden florecer las “virtudes” antes dichas. Lo mismo entre mecánicos automotor, técnicos en prótesis dentales, empleadas domésticas, taxistas, albañiles o taxidermistas. Únicamente se trata de que haya buena tierra para que la envidia, el celo profesional, la mala leche en fin, como decíamos, se plante y prospere. Desentrañar el porqué de la existencia de esta desgracia en no poco seres humanos se lo dejamos a psicólogos, sociólogos, filósofos y otros expertos que deberían saberlo… Aunque vaya… todo se enreda cuando constatamos que también, una porción de estos últimos, clasifican dentro de ese piquete que aplica una paráfrasis al mandamiento bíblico: “Odia al prójimo en la misma medida en que te ames a ti mismo”. Es decir…, el tema es complicado.
En el caso de los escritores no es raro hallarse, por ejemplo, que si solo dos de ellos viven en Xochimilco o Cacocún, comience la riña a ver quién es el mejor escritor mexicano residente en Xochimilco o el mejor cubano que habita en Cacocún… las autocomparaciones… Así de tonta es la cosa. Será difícil que estos dos seres tengan la ocurrencia de compararse, si es que quieren compararse con alguien, con quien crean ellos que sea el mejor poeta, novelista, cuentista, ensayista de México, Cuba o Reino Unido. Es decir, resulta una especie de “lucha territorial” propia más bien de los perros y otros animales que así actúan por genética, por naturaleza. Más claro: estos intelectuales, en lugar de confrontarse con ellos mismos, en tratar de vencerse a sí mismos, como debe ser, se envenenan con el pugilato estéril. Por lo general, los creadores de este tipo se la pasan además dictaminando quién o quiénes a su juicio son los mejores poetas, novelistas, cuentistas de Australia, Canadá, Costa Rica o Minnesota. Algo imposible, ya lo sabemos: en este giro, como en el arte todo, los habrá igual de excelentes, pero distintos, no comparables.
Los miasmas que he citado en las líneas anteriores tienen como propósito dar pie para afirmar que yo conocí, fui amigo de un escritor excelente y un hombre noble, sencillo, con pleno desconocimiento de la soberbia, de quien por tanto jamás escuché una palabra de mala fe para un colega. Guillermo Vidal Ortiz, el Guille.
Quizás hayan pasado ya unos 30 años desde que una noche lluviosa allá, en Las Tunas, Cuba, tuvimos una larga conversación en su casa, entre ropas recientemente lavadas colgadas del techo de la sala. Una conversación hermosa, sobre todo para mí que, al salir, a medianoche, para el hotel donde me hospedaba, iba como quien siente que ha recibido un baño de paz, de comprensión humana diríamos.
Más tarde, en 1993, luego de vernos y conversar a veces mucho y a veces menos en uno y otro sitio de Cuba (por correo postal nos manteníamos casi “al día”, lo cual incluía el envío recíproco de nuestra creaciones), nos encontramos en el Congreso de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Como entonces ya había sido decretado lo que Fidel Castro —con esa crueldad que ha solido destinar para el pueblo de Cuba en más de medio siglo— había denominado el “Período Especial”, la racha de inopia más terrible que ha padecido la Isla y que dura hasta hoy, pues… los que asistimos a aquel Congreso estábamos, como se dice, “mal comidos”. De modo que allí nos dieron comida propia de seres humanos… y en masa nos fuimos en diarreas… “El estómago se asustó”, como dicen en Cuba… Esto no es bonito, pero es la verdad y de tema tan triste, absurdo, ridículo, conversamos el Guille y yo entonces, y de un futuro que no parecía nada esperanzador. Y de literatura, claro, y de Las Tunas y Santa Clara y de las letanías que exponían aquellos oradores en los salones de reunión. Un detalle inolvidable: unos meses atrás la Bestia de Birán había despenalizado la tenencia y uso del dólar. Y allí, en el Palacio de las Convenciones, oh, gloria, se podía comprar con esta moneda. Y había, oh, gloria, chíclets imperialistas. Un antojo del Guille, me dijo, desde hacía tiempo. Así que sacó un dolarito, medio esmirriado por cierto, de un bolsillo de su pantalón y compró una cajita de dos piezas. Tomó una pastilla para sí y me alcanzó la otra. Mientras le decía que no me gustaba el chíclet se me aguaron los ojos.
Me fui de Cuba para México en 1995 y no vi más a Guillermo Vidal Ortiz hasta finales de 2002, en la Feria del Libro de Guadalajara. Allí, después de tanto tiempo, conversamos mucho. Los mismos temas que nos preocupaban o nos agobiaban. Él tenía la coleta que acostumbraba llevar ya muy larga, y el cabello y la barba muy crecidos. “Parece un sabio”, le dijo con ternura una muchacha con la cual conversábamos una tarde. Una de aquellas noches en Guadalajara tuvo para mí un gesto de suma solidaridad que por pudor me callo.
Poco después, en marzo de 2003, nos encontramos de nuevo, esta vez en la Feria Internacional del Libro de La Habana, adonde yo había ido desde México, convencido por una promesa que finalmente no se cumplió. Entonces, aparte de los temas de siempre, nos fuimos por el camino de analizar nuestras más recientes novelas. Reí mucho cuando el Guille, con tono de absoluta seriedad, reflexión, me dijera que había llegado a la conclusión de que el último capítulo de la mía debía leerse al revés; es decir, desde el final al principio. Luego él me explicaría con buenos argumentos, muy personales, por qué. Hoy, aún conservo el ejemplar de la suya que él me dedicara con la generosidad y modestia que, como dije antes, lo caracterizaran. En alguna de nuestras conversaciones durante aquella jornada, nos explayamos suficientemente en exponernos lo diferente que eran nuestros estilos. Yo debí de irme de aquella Feria antes de que concluyera. Ya no nos vimos más.
Hace diez años, aquí en México, mirando entretenidamente la pantalla de mi computadora, reaccioné cuando en esta se desplegaba una información que daba fe de la muerte a destiempo de Guillermo Vidal Ortiz, el Guille.
Bueno… Este asunto de que las personas muertas están muertas es muy relativo. O sea…, la herencia de los buenos muertos nos hace ver que, en realidad, esos muertos aún no están muertos. Eso es.