En el sueño, su esposa y su hijo pequeño estaban en un andén. Le decían adiós a un tren que partía hacia un ignoto destino. ¿Me iré a morir?, me dijo, después de contármelo. Tú nunca te vas a morir, le contesté.
Esta escena ocurrió hace un año, tal vez. Hoy, parece que los dos teníamos razón. La muerte física alcanzó su cuerpo, sus pulmones. La muerte eterna nunca podrá encontrarlo.
Guillermo Vidal era el novelista más prolífico residente en la Isla. También era el más premiado. Por la cantidad de llamadas a las que aún respondo, quizá el más querido. Premio Nacional de Novela Breve Hermanos Loynaz con El quinto sol (1995). Premio Internacional de Novela Casa de Teatro, con Las manzanas del paraíso (República Dominicana, 1998). Premio Alejo Carpentier de Novela con La saga del perseguido (2003). Sus libros de cuentos Los iniciados (Premio 13 de marzo, 1985), Se permuta esta casa (Premio David, 1986), Confabulación de la araña (Premio UNEAC, 1990) y Donde nadie nos vea (2000) nos hablan de un autor siempre experimental, de una fiesta de la palabra en ascenso, una estética hedónica, una visión ambigua, iconoclasta del mundo, una intertextualidad cómico–trágica.
Sobre Guillermo se tejieron, en vida, dos grandes leyendas que el tiempo hará dilatar. Él se reía de ellas secretamente, aunque las fomentaba en público: la del herético impenitente, y la del hacedor de textos marcadamente eróticos. Las dos, a mi entender, son falsas. A su herejía, que supone a un autor obsesionado en disentir de su país, opongo su deseo, a pesar de las ofertas fuera de Cuba, de permanecer en Las Tunas, su aldea querida, entre la gente que se burlaba de su figura quijotesca, se reía con sus chistes, o admiraba sus textos. Sí había una disensión eterna, y esa permanecerá en sus libros, y en nuestra memoria: una disensión contra las perversiones humanas, contra toda forma de injusticia, contra la escisión familiar y la intolerancia. Opongo también su fe sostenida, su costumbre de orar cada mañana antes de escribir la primera línea, de diezmar de cada premio como un niño agradecido, su testimonio de haber sido sanado de epilepsia.
La segunda leyenda, más que sus libros, la fomentan sus opiniones en conferencias y entrevistas, siempre provocadoras, escandalizantes, y su participación en alguna antología preparada por amigos sobre el tema. No niego que haya fragmentos eróticos en sus novelas o cuentos, pero éstos nunca construyen el espíritu ni siquiera de sus relatos, salvo en un cuento magistral: “Las polluelas”. En todos hay, eso sí, una burla, una mirada escrutadora sobre las vecindades del sexo y la muerte, una hipérbole carnavalesca mediante la oralidad y la memoria.
Guillermo y yo éramos dos polos opuestos, tal vez por eso fuimos tan buenos amigos. En un homenaje que nos hicieron juntos, alguien dijo que éramos la guerra y la paz. A él le preocupaba que yo escribiera poco, o que fuera a dejar de escribir. Me hablaba como un padre, lanzaba palabrotas, a ratos molesto, hasta que se convenció que yo era un caso perdido, una suerte de hijo pródigo de la literatura. A mí me inquietaba su obsesión por escribir: era un vicio, una manía, una bendita maldición. En una época, cuando no tenía ordenador, se levantaba a las tres de la mañana, atravesaba la ciudad en sombras, entraba a las oficinas de Cultura y escribía hasta las ocho de la mañana. Fueron muchas madrugadas, trabajando como un esclavo, como un pastor de palabras. De ese sacerdocio surgieron Salsa paradise (inédita), Obsceno laberinto (inédita), algo de La saga del perseguido, y una tos seca que apenas hace unos días dejó de sonar.
En sus primeros relatos, se nota la influencia de Reinaldo Arenas, Luis Britto García, y Manuel Puig. Creo que a los dos nos impactó, a mitad de los noventa, el “descubrimiento” de los textos de Juan Carlos Onetti. En los últimos tiempos, admiraba a Javier Marías. Usaba una palabra: la errabundia, para definir esas acotaciones, digresiones y reflexiones que matizan el corpus novelesco, y que permiten estructurar la novela como un gran pastiche, un collage que recrea la vida cubana, que la ridiculiza y glorifica.
Con sus primeros libros de cuentos se vislumbraba al impenitente experimentador narrativo. Con Matarile, novela de escandalosa resonancia a la que se le negó injustamente el Premio de la Crítica, asistíamos a la aparición de un gran novelista. Con La saga del perseguido, a la marcada madurez del Escritor con mayúsculas. Sus novelas breves El quinto sol (que su amada esposa Solángel salvó del fuego) y Los cuervos, han resistido el silencio de la crítica y permanecen como piezas sólidas, rotundas. Su mejor libro de cuentos, Donde nadie nos vea, se asoma a esos sitios donde todos quieren mirar, aunque el horror de la verdad imponga la aquiescencia de los críticos, el injusto olvido. Entre sus inéditos hay por lo menos cuatro novelas terminadas y un libro de cuentos.
Hasta los últimos días mantenía en su currículum de autor su condición de profesor adjunto de Literatura Hispanoamericana. Para mí no era un profesor (dejó en esa esfera tantos amigos como enemigos), sino un Maestro. Lo supe desde que lo conocí, cuando acababa de ganarse el premio David con Se permuta esta casa y no tenía barba y lo fuimos a ver a una habitación del hotel Imperial y comprendimos que era de los que nunca le vendería el alma al diablo. Mi personaje El Maestro, en La fe y los condenados, es una copia de Guillermo, una broma a Guillermo, un homenaje en vida. Cito cómo mis ojos lo fabularon, lo vieron:
“En ese instante, el Maestro salió de su cuartucho y le puso un candado a la puerta. Sus grandes aletas nasales, enmarcadas caricaturescamente por la nariz corva y los pómulos altos y salientes, absorbieron los diferentes hedores del pasillo: la humedad de las paredes roñosas, el vaho viejo de los cuartos, la peste a mierda del patio común de la cuartería. Antes no tenía dónde vivir. Se albergaba con su esposa en la Universidad. Comía la misma magra ración de los estudiantes. Fornicaban trabajosamente. Ganó un premio importante, lo sumó a sus ahorros y pudo comprar ese cuartucho. El Jurado había suscrito que el autor de aquel libro era una verdadera promesa de la joven narrativa latinoamericana. Pero no era precisamente joven, ni podía sentirse feliz. Vivía en una cuartería, un rincón de hacinamiento de varias familias con un baño común que se tupía y derramaba de heces cada cierto tiempo. Cuando se sentaba frente a la única ventana del cuartucho, veía a las ratas corretear por el patio y las cañerías. Veía cucarachas pardas que aleteaban como mariposas sobre los trastos apiñados. Ahora, en el pasillo, estuvo a punto de tropezar con dos muchachas de aspecto vulgar que le preguntaron por la esposa. Llega por la tarde, en el avión. Salió a la calle. Grandes pliegues surcaban su frente y morían en el entrecejo. No lograba encontrarle un final adecuado a su último libro. Lo irritaba su estupidez y sentía que había perdido el talento. Ninguno de los golpes que comenzaría a recibir en el futuro tuvo el peso de esta preocupación que lo fatalizaba.”
Una palabra usaré para definir su vida y su obra: la burla infinita. Escribía como hablaba. Al releer sus textos, puedo oír su voz, sus bromas, sus juegos de palabras. Solía usar los nombres reales de algunos conocidos de la infancia, de la gente de su barrio, de escritores amigos. Hoy, que lo lloramos, que lo recordamos caminar entre vidrios y espinas, no puedo dejar de pensar que esta, su muerte, es su última y magistral broma. Mientras la literatura lamenta la pérdida del mejor escritor de una generación de extraordinarios escritores, mientras sus amigos y hermanos lo lloramos, Guillermo ha entrado en el gozo de la Gloria. Allí ha sido quitado su dolor y fueron enjugadas sus lágrimas. Allí ha conocido que el ignoto destino del tren que su esposa y su niño veían partir, era el Cielo.
