"La última mujer en su vida… "

Dossier
Por Nora Amalia Vargas León

MVC-005FSolangel Uña fue la última mujer en la vida de Guillermo. Con su mano en la de ella, y en la paz que le daba su fe cristiana, esperó la muerte la noche del 15 de mayo de 2004, en el hospital general docente Doctor Ernesto Guevara de la Serna de Las Tunas.

Catorce años de vida en común ayudan hoy a Solangel a llenar cada espacio sin su presencia. Le queda el hijo, y todas las vivencias al lado de un hombre que sin proponérselo, en una casa sencilla, en un céntrico barrio de esta ciudad de Las Tunas, alcanzó trascendencia universal.

“Nunca pude explicarme su constancia y disciplina. Por voluntad propia ponía cada noche el reloj para las 4:00 de la madrugada, y tomaba rumbo a hacia la dirección de Cultura donde escribía”, me dice reclinada en un balance de su casa.

Logra sonreír cuando lo evoca. Sus ojos achinados se iluminan cuando las imágenes vienen a su mente.

“Yo era terrible con él, le decía, comienzas todas las novelas igual, y él me inquiría ¿de verdad?. O me imprecaba al final, ya no lees mis cosas.

“Escribir para él era una necesidad, si no lo hacía se sentía mal hasta físicamente, Cuando terminaba de hacerlo estaba en un estado de concentración tan alto, que era mejor no hablarle. Confesaba sentir un alivio grande cuando finalizaba.”

La antigua casona de Ramón Ortuño 188 guarda muchos recuerdos. Amontonados en la sala están los juguetes de Guillermito, su hijo más pequeño, en un cuarto su ordenador personal, el mismo en el cual concibió El amo de las Tumbas, La saga del perseguido, a saber tres novelas sin terminar, y otras cuatro terminadas, y casi una decena de cuentos.

Recordé la diferencia con años atrás, cuando manuscribía sus cosas, en el patio de esa misma casa, adonde solía escabullirse para huir del bullicio cotidiano y del calor.

Solangel me rescata desde las cosas íntimas de Guillermo.

“También vivimos en una cuartería, allí Vidal no se adaptó. En medio de ese mundo de gritos y de poca privacidad nació Matarile.

“No le gustaba mostrar lo que hacía mientras escribía. Solo al final le llevaba a Ramiro Duarte o Alberto Garrido la obra concluida y los escuchaba, pero era celoso con lo que quería decir. Con María Liliana Celorrio tuvo una experiencia muy linda. Comenzaron a escribir a dos manos Las hijas de Sade, sobre dos prostitutas que se cuentan sus historias a través de cartas, y yo vivía pendiente de las cartas de ella, pues eran muy divertidas. Esa novela está terminada e inédita.

“No era indiscreto, aun cuando muchos venían a consultarle sus cosas, él era muy cuidadoso, evitaba oír confesiones, pero tenía una sicología natural, él miraba a la persona sin importarle qué ropas vestía, solo miraba a sus ojos y descubría su personalidad.

“De ahí la riqueza de sus personajes. Ya han empezado a decir cosas que no son ciertas, que si investigaba mucho. Te puedo decir que lo hizo solo un par de veces, escribía de lo que veía en la gente, y aunque no le gustaba reconocerlo hay mucho de autobiográfico en sus libros.”

En los últimos meses creaba vertiginosamente, recuerda Solangel. Era increíble, a veces no terminaba las frases para escribir la que seguía e impedir que se le fueran las ideas, decía que una voz le dictaba y en verdad me sorprendía ver cómo apenas sus dedos se posaban sobre el teclado.

“Muchas veces le cuidaba el silencio, tan necesario para él a la hora de escribir, impedía por horas que personas lo interrumpieran. A veces me daba lo que escribía y escuchaba mis sugerencias, pero fue muy celoso con lo que lograba, nunca tuvo problemas con editores ni nada, porque sus relaciones siempre se basaron en el respeto. Pero defendía su literatura sobre todas las cosas.

“Tuvo un ídolo como escritor y fue José Soler Puig. En una ocasión en que el escritor santiaguero visitaba Las Tunas, Vidal le pidió que leyera unos cuentecitos que había escrito, y luego Soler le dijo: ‘cuentecitos, éstos son cuentazos’. A partir de ahí hubo una ayuda incondicional del autor de Bertillón 166. Le dio técnicas de narración. Para Guillermo fue un padre.

“Era muy amigo de sus amigos. Una vez Ramiro Duarte, (su gran amigo, escritor también) estuvo enfermo. Iba a verlo cada día, y en casa solo sabía decir y qué me hago yo si se muere Ramiro. Igual hacía con otros conocidos, iba al hospital a visitarlos. Era un hombre de palabra, los muchachos siempre andaban tras de él para que le revisará sus historias, y él los atendía puntual, pues si no lo hacía sufría mucho.”

Pausada, y ecuánime, nunca la he visto desfallecer. Solangel me va mostrando un Guillermo conocido, pero más cercano. Entro cuidadosa a un mundo íntimo, que ella guarda con celo.

“No fue hasta último año de mi carrera, que nos hicimos novios. Fue mi profesor durante todo ese tiempo. Me dio gusto leer en Bohemia un cuento de él; yo dije, este es mi profesor, no había surgido el romance. Me pareció magnífico, aunque a él no le gustaba.

“Igual pasó con su novela El quinto sol. La tenía engavetada, pues la hallaba mala. Le dije que la mandara a un concurso y resultó premio.

“Se burlaba de mi, en el mejor sentido de la palabra. Una vez que visitamos a mis padres, se fue al fondo del patio a escribir, yo le había prometido un desayuno, pero él sabía que llegaría tarde, pues conocía la calma que tengo para hacer las cosas, pero no protestaba, igual con las comidas, si no le gustaban, me lo decía tan normal, para que mejorara, eso era todo.

“Como esposo siempre fue muy cariñoso, delicado. Era un caso poco común, nunca gritaba, observaba una línea recta en todas las cosas, amaba a sus hijos, al nuestro lo dormía cada noche, por eso ahora es más difícil. Vivía pendiente de sus gustos. Una noche me dijo: ‘Solangel, cómo yo amo a este niño’.

“Con su hija América tenía una relación muy linda, le daba sus libros, intercambiaban, y con Aliar, siempre era el padre que aconsejaba. Tenía a la familia en un lugar muy alto, iba diariamente a ver a su madre”.

Afable, con el rostro luminoso, y risueño cuando le evoca, esta muchacha que un día fue su alumna en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey, parece no darse cuenta, que tras la ausencia de Vidal, como le nombra, ella será siempre una prolongación de la vida perdida.

Cuando me despedí, sentí un cariño especial por ella, sentí también menos tristeza ante el hecho cierto de la ausencia.