Las huellas del perro o las flechas del otro Guillermo

Palabras in memoriam

Por Laura Ruiz

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-14Este mismo fin de semana que pasó, precisamente el sábado en la mañana, una voz comenzó a gritar mi nombre en la ventana de casa, con mucha insistencia. Yo pensé que se trataría de algún amigo y de sólo pensarlo me sentí feliz. Hace meses que no recibo visitas y aunque me encanta la tranquilidad de mi pequeño templo de la Calzada de Tirry, (porque yo también vivo en Tirry…) ya estaba necesitando alguna visita grata. Si me llamaban con esos gritos, tendría que ser un amigo. Pero no… Era el cartero, que a fuerza de entregarme alguna que otra correspondencia, sobre todo la que viene en sobres raros y tiene que ver con la literatura, ya ha empezado a formar parte de mi intimidad. Más aún si se tiene en cuenta que el domingo en que celebramos el día de las madres, yo le organicé correctamente todas (sí todas…) las postales que tenían la dirección de mi barrio. Las separé por calles para que a él le fuera más fácil. Así es que… algo cercano nos une. Y eso le da energías, deseos y derecho a gritarme con todas sus fuerzas.

Esta vez lo que traía era un número de la Revista Umbral donde aparece un texto mío. Con las manos mojadas (favor de no olvidar que era sábado y de lavar la ropa el fin de semana no se salva nadie) hojeé la revista. No releí mi artículo, casi nunca lo hago porque me da pavor. Pero en cambio fui directamente a unos textos que aparecen allí bajo el título: No hay que llorar. Se trata, como seguramente todos conocen, de un libro de testimonios que organiza el poeta Arístides Vega sobre el llamado Período Especial en Cuba. La revista muestra como adelanto de lo que el libro será unos textos de varios importantes intelectuales cubanos, entre ellos GUILLERMO VIDAL.

El texto de Vidal se titula “Perros de la guerra” y es absolutamente desgarrador. Hay un fragmento que me rompió algo dentro cuando lo leí:

Si estás enfermo, hambriento, acosado, entonces vales menos que un perro. Fui un perro…

En el texto en cuestión, Vidal, contaba cruda y directamente algunos de los dolores y algunas de las miserias sufridas por él en medio de ese período que hemos catalogado con total eufemismo como especial. Yo sentí ante sus palabras un dolor atroz, como si yo misma no hubiera vivido esos años duros. O como si ahora, pasado el tiempo, es que realmente pudiera darme cuenta de la verdadera magnitud de aquello. Después del dolor tuve la misma reacción que hubiera tenido mi abuela en una situación semejante: me alegré infinitamente de todos los premios que Guillermo ha ganado desde entonces, de todos los libros que publicó, de la salida de su novela Las manzanas del paraíso dentro de la Colección Cultura Cubana, de Plaza Mayor que de acuerdo a las palabras de su editora: es una de las obras más vendidas de la colección… ya se está agotando, ha tenido grandísima aceptación, incluso en España. Gracias a Dios, dije, como hubiera dicho mi abuela. Menos mal, agregué y así mil frases más por el estilo, como la dulce Cuca, ya lo dije…

Unas horas después me entero que Guillermo, el perro Guillermo ha muerto. Justamente ahí es que empezaron sus flechas a hacer mella en mí. La primera sagita se clavó cuando recordé que yo también escribí algo para el libro de testimonios que prepara Arístides. Qué soso, poéticamente trasnochado e inútil me pareció mi texto después de haber leído el de Guillermo. Esa fue la primera de las lecciones que arrojó sobre mí la muerte del perro. Y es que, claro, su fino olfato le permitió escribir excelentes textos y aprender a diferenciar y buscar las mejores trufas… Su grueso pelaje lo hizo fuerte y resistente. Pensé entonces que Vidal quizás fuera un Labrador retriever, perro especialista en encontrar y recoger aves caídas, sobre todo en el agua o cerca de ella.

La segunda de las lecciones fue recordar que una vez leí en una entrevista hecha a Guillermo que alguien de esta ciudad desde la que escribo no se había portado bien con él. Recordaba que durante una visita suya a Matanzas, durante un encuentro de narradores y habiendo llegado muy temprano, hambriento y sucio del tren, tuvo que esperar un largo rato antes de sentirse en igualdad de condiciones con otros recién llegados de la capital que arribaron unas cuantas horas después. Guillermo confesaba en la entrevista que no pudo olvidarse de esas horas de perro que me hicieron pasar gentes que también viven en provincia. Vergüenza ajena, me enseñó mi abuela que se llamaba eso. Ahora Guillermo no está. No es posible invitarle nuevamente a la ciudad de los puentes y tratarle como Dios manda (para seguir usando las frases de mi antecesora). Habrá que aprender de la vergüenza.

En esa misma entrevista y hablando de las pérdidas, Guillermo dijo: A uno se le muere la gente y eso va dejando un vacío. Ya no tenemos un Soler Puig al que le roncaban los cojones… Esa fue otra flecha que se me clavó en el costado. Coño, ya nos vamos a morir, pensé. Así no lo hubiera dicho mi abuela, a ella no le gustaban las malas palabras. Constatar así, de cerca, que ya podemos morirnos me asustó. Me aterré ante pensamientos que no podía controlar y que comenzaban rondando la muerte de tal o más cual escritor querido por mí entrañablemente y que terminaba pensando y casi articulando la mía.

Ya sabemos de los grandes ciclos. Así sucedió que volví a sentirme estúpida al recordar que Ediciones Vigía, segura del talento de Guillermo, siempre pensó en publicar algún texto suyo y que –también siempre- lo fue dejando para después. Qué clase de comemierdas, hubiera dicho el propio Guillermo con su humildad, gracia e ingenio habituales.

Tal vez no fue Guillermo un Labrador retriever sino un Collie barbudo, raza de perro de trabajo que, según he leído, se adapta mejor a la vida en el campo que a la de la ciudad. Lo digo porque en aquella entrevista de la que hablo, el perro dijo que: No hay que lamentarse demasiado por ser de provincias si a uno también le roncan… Y no voy a terminar la frase porque a él le quedaba bien pero a mí, sé que no. A Guillermo sí le quedaba bien toda esa espontaneidad y frescura cortante, como bien le quedaba ese contraste tan raro entre el color de su piel y sus ojos, y que al decir de mucha gente, cuando lo veían por vez primera, le hacia parecer: un tipo rarísimo. Y ya son pocos los raros, los verdaderamente raros en nuestros días. Sobre todo cuando raro quiere decir solamente bueno. Y ahí me quedo porque acaso, como diría mi abuela, ¿hace falta algo más?