Morir en combate aunque no te lo permitan

Palabras in memoriam

Por Frank Castell

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-9Escribir sobre Guillermo Vidal conlleva a adentrarme en el año 1996. Recuerdo que mi amigo Osmany Oduardo me dijo que alguien le habló sobre un hombre medio loco que escribía cosas raras. Por ese entonces nosotros estudiábamos en el Instituto Superior Pedagógico Pepito Tey, de Las Tunas, y queríamos ser escritores. De modo que fuimos hasta su casa de Ramón Ortuño 190 y tocamos a su puerta. Su esposa Sol, una mujer extraordinaria que supo padecer las tristezas del Guille hasta sus últimos momentos, nos recibió y nos dijo que Guillermo estaba en Holguín presentando su libro de cuentos Confabulación de la araña. “Vuelvan el jueves a la misma hora”. Y volvimos. Y la puerta se abrió y para sorpresa nuestra nos recibía un hombre de cabellos largos, sin camisa y una voz agradable: “Ah, son ustedes. Pasen.” Pasamos con el temor de sentirnos observados por el autor de Matarile, la novela que llevamos para que nos la autografiara. Pero Guille casi nos detiene con su habitual sonrisa: “Ah, no me jodan”. Tres horas después, luego de llevarle la contraria sobre nuestras intenciones de asumir el riesgo de la literatura, por fin desitió, no sin antes advertirnos: “Ustedes quieren ser escritores. Ustedes no imaginan lo duro que es eso. Miren donde vivo. Miren mi ropa. Ser escritor es buscarse problemas solo por decir lo que otros no se atreven”. Pero mi amigo y yo, mal vistos en la universidad, no teníamos qué perder, así que resistimos los argumentos aquella tarde y comenzamos a visitar al viejo casi todos los días. A partir de ese instante nos convertimos en sus hijos y la vida cultural de la ciudad se abrió para nosotros. Osmany escribía cuentos y yo encontraba más libertad en la poesía. “Tu aliento es de novelista. No lo olvides”, me decía.

Las Tunas era una plaza indiscutible y sus eventos de narrativa convocaban a las figuras que marcaban el ritmo en la Cuba de entonces. Recuerdo que en 1997 se realizó un encuentro de narradores en el municipio Manatí y ese fue el debut de los “hijos de Guillermo”. Francisco López Sacha, Eduardo Heras León, Amir Valle, Raúl Aguiar, Sergio Cevedo, las jóvenes Anna Lidia Vega Serova, Karla Suárez y Adriana Zamora compartieron durante tres días desde las más variadas tendencias del cuento y la novela. Nunca se me olvida la presentación en la Casa del Joven Creador: “Mira, Amir, estos son los efebos que me sueno”.

 

Guillermo tenía un sentido del humor que hacía de él un hombre simpático. Gracias a eso se sobreponía a las adversidades y las tantas humillaciones que tuvo que soportar. A tal extremo que se enfrentó a un juicio absurdo cuando trabajaba como profesor del Pedagógico. Pero ganó y luego pidió la baja porque su ética le impedía continuar en un sitio de tanto hermetismo. Fueron años duros para él. Años en los que padeció la pobreza y la más estricta vigilancia de censores y falsos amigos. Porque ahora muchos dicen ser sus amigos. Pero cuando él recorría las calles de Las Tunas pocas manos le ayudaban a sostener su corazón inmenso. Haber crecido bajo la protección de él me permitió conocer mejor la esencia de sus historias, las interioridades de personajes de carne y hueso, las mortificaciones y perdones, los tantos perdones. “La gente se horroriza por las cosas que escribo y no saben que es la realidad. Párate en la esquina y escucha. Yo lo hago a diario. Pero molesta. Claro, tiene que molestar.”

Una tarde nos contó de un hecho que le dejó atónito: un hombre fue hasta la puerta de su casa y le pidió entrar para contarle algo que le oprimía un mundo. El señor le dijo: “Yo soy el que tiene que matarte si algo sucede aquí. Por eso vengo a pedirte perdón”. Guillermo lo abrazó y guardó ese secreto. Aunque comprendió la gravedad del asunto, continuó siendo el mismo hombre de fe y amor.

Lo más interesante de ser un autor polémico era que los lectores se robaban sus libros de las bibliotecas porque él sabía captar la esencia de la realidad a través de un discurso nada complaciente y con un elemento que jamás lo abandonó: la verosimilitud. Sus cuentos son joyas que perduran y, sin temor al absoluto, le conceden un lugar en la narrativa cubana de todos los tiempos. Porque la historia decanta y solo quedan los autores auténticos, los que le imprimen sangre, sudor y lágrimas a la obra.

Sin embargo Guillermo prefirió en sus últimos años la novela. Decía que era un género de madurez, que era un saco donde cabía todo. Tal vez pocos sepan que su novela Los cuervos fue escrita en diez días. Una mañana nos encontramos en el patio de la Dirección Provincial de Cultura, donde confluíamos para conversar, y me mostró la convocatoria de un concurso. “Mira, este es el premio que me voy  ganar para tener mi computadora”. Cuando vi las bases apenas le quedaban doce días para cerrar la admisión de obras. “No me digas que vas a escribir la novela”, le dije. “Pues sí. Comienzo por la madrugada a escribir la novela y ya verás”. Recuerdo que la directora de cultura le autorizó a escribir en una computadora de cuatro a siete y treinta de la mañana. El guardia se reía porque solo un loco se enfrentaba a semejante reto. Y escribió la novela y ganó.

Yo trabajaba en el Centro Provincial del Libro cuando terminó la novela La saga del perseguido y fue a imprimirla casi contra reloj para el premio Alejo Carpentier. En una mañana completó el proceso y me la entregó para hacerla llegar a La Habana pues mi esposa de entonces tenía una reunión de trabajo en la capital y la entregaría a Osmany, que residía allí desde el 2001, el paquete donde se apostaba todo para tener por fin una casa. Y volvió a ganar y la casa nunca apareció. En nuestras pláticas nos decía a mí y a Osmany que el sueño de él era una casa con jardín y un perro. Pero Guillermo era una piedra en el zapato de alguien y tal sueño se desvaneció.

Parecía que la suerte le sonreía al publicar Las manzanas del Paraíso por la editorial Plaza Mayor. Estaba contento. Me habló muy bien de su directora Patria Gutiérrez por la forma con que lo trató. Asistió a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no invitado por el Instituto Cubano del Libro. No. Plaza Mayor asumía los gastos. Eso me lo contó a su regreso. Él no cabía en el grupo. Él no saldría en ninguno de los reportes de prensa llegados Cuba por más que seguí en la televisión las jornadas de Feria, dedicada a Cuba. La prensa extranjera le preguntó si él era de izquierda o derecha. Su respuesta fue magistral: “Ni de izquierda, ni de derecha. Soy un hombre de Dios”. Fin de todo.

Su muerte me sorprendió. Nunca imaginé que estuviera tan enfermo. Una vez me habló de un viaje a La Habana. Pero no le di importancia. Un hombre de tanta fe, de tanta luz no merecía morir con tantos proyectos en mente. Quería escribir una novela sobre los sucesos de Barbados. Pero desde otra óptica porque un narrador tiene que explorar y convencer. Cuando me dijeron que había muerto, pensé que era una broma. “Guillermo se murió”, me dijo Alberto Méndez aquella tarde de mayo de 2004 mientras caminaba por las calles de Puerto Padre. El viaje a Las Tunas me pareció infinito. Me bajé del camión y fui directo a la Funeraria y al ver a cientos de personas fuera supe que la pesadilla era real. El maestro nos dejaba solos e indefensos. Tarde dura. Tarde imposible de olvidar. Llorábamos todos mientras Radio Victoria trasmitía el funeral y el pueblo comenzaba a crecer y se paralizaba el tráfico. Osmany se le acercó a un poeta que aún trabajaba como agente de la seguridad del estado y le dijo: “Dile a tus amigos que se pueden ir. Ya el viejo se murió. Ya no ofrece ningún peligro”. El hombre se molestó por las palabras de mi amigo y se lo comentó a Carlos Téllez, poeta y amigo en las buenas y en las malas de la vida. Cuando el cortejo fúnebre salió comenzaron a ocurrir una cadena de hechos que bien pudieron haber sido escritos por Vidal. La Banda de Conciertos tocó la  Marcha del 26 de julio y las gentes quedaron paralizadas. Sabían que el autor de libros como Se permuta esta casa, Las manzanas del paraíso, El quinto Sol,  no soportaba los formalismos, ni las ceremonias. Pero de todas formas aquello continuó in crescendo. Quiso la casualidad que esa tarde en la ciudad se celebrara “El son más largo del mundo”, como parte del Festival CubaDisco. Una orquesta de cuyo nombre no quiero acordarme interpretaba su música y al pasar nosotros por una calle cercana la música siguió y la gente continuó tragando el dolor y la impotencia. Ya en el cementerio no aparecía la llave de entrada para abrir un candado. Se buscó una alternativa. Pero se cometió el penúltimo desliz de la jornada: un locutor pronunció unas palabras lapidarias: “Invitamos a que pasen a darle el último adiós a familiares, dirigentes y escritores venidos de otras provincias”. La música de fondo sentenciaba el absurdo. En las afueras del Cementerio Vicente García, el pueblo era obligado a ver desde lejos el adiós al hombre que dijo una vez: “Si nos dividen, nos joden”. Lloramos mientras Edel Morales despedía el duelo. Para cerrar con broche de oro tuvo que comenzar tres veces la lectura porque el audio era un desastre.

El 10 de febrero de 2005, día de su cumpleaños, durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, en el sitio donde se sentaba a conversar con los amigos, nos encontramos, por iniciativa de Amir Valle, quienes lo amamos para recordarlo. Freddy Laffita cantó un tema que al Guille le gustaba mucho. Yo leí un poema. Pero lo más llamativo de aquello fue que, a la hora de comenzar el homenaje, por una bocina ubicada cerca de La Comandancia, dio inicio un pitido que solo acabó al final del encuentro. Estábamos molestos. Parecía que una mano oculta estaba detrás del sabotaje. Pero Heras León me calmó al decir que no había que molestarse porque era evidente de que el Guille se reía de nosotros desde el cielo.

Me duele mucho recordar. Me duele ver el olvido.  Me duele que no haya un libro sobre él. Me duele que ahora todos digan que fueron amigos de Guillermo. Él que amaba a Las Tunas, aunque el sentimiento no era recíproco. Él, que cuando viajaba sentía inmensos deseos de volver a su aldea. Él, que perdonó a los que nunca perdonaron su compromiso con la verdad. Él, con sandalias y con unos cojones del tamaño de su obra. Por eso recuerdo las palabras de Ramiro Duarte, enfatizadas por Carlos Téllez hace unos días en Las Tunas, en presencia de Sol, su ángel, su amor: “Guillermo Vidal Ortiz fue un escritor que murió en combate”.

 Puerto Padre, 23 de marzo de 2014