Yo vivía en Las Tunas y quería ser escritor. Y no tenía nada, salvo el ego de un universitario que creía tener al mundo atrapado por los cuernos. Quería ser escritor, así que un día, acompañado de Frank Castell, otro jovenzuelo con ínfulas de bardo y tan pretencioso como yo, toqué a la puerta de Guillermo Vidal, a quien había visto deambulando por las calles tuneras medio despeinado y ojeroso. Ahí comenzó mi amistad con uno de los escritores más prolíficos de la literatura cubana contemporánea. Pero no por esa razón decido hacerle esta entrevista, sino porque el año pasado obtuvo el Premio Dulce María Loynaz con su novela corta Los cuervos, y ya tengo en mis manos el libro, publicado por la editorial Letras Cubanas en coedición con la pinareña Hermanos Loynaz y ahora recién acaba de alzarse con el Premio Alejo Carpentier con la novela La saga del perseguido.
Hace algunos años te fue concedido el Premio Hermanos Loynaz con El quinto sol. ¿Estás obsesionado con los premios de Pinar del Río?
No, pero se me dan bien, supongo que sea el terror de mis colegas de allá.
Aunque no lo quieras reconocer, tu nombre ocupa un lugar importante en la narrativa cubana actual. Se te invita a eventos literarios, a impartir conferencias, a ferias nacionales e internacionales. Con todo eso, ¿te sientes un escritor “de provincia”?
Nunca me he sentido así, soy un escritor a secas, lo otro es asunto del que se lo crea; aunque me encanta vivir acá, a pesar de todo.
Tienes muchísimos lectores en todo el país, ¿a qué le atribuyes esto? ¿Se lo debes acaso a ese lenguaje coloquial atropellado y a tus historias que tienen que ver con las personas más simples y vulgares y pervertidas?
No les veo la cara, salvo en las presentaciones, y tengo la impresión de que eso es mentira y paso muchísimos apuros porque hasta se me olvida quién soy. Creo que mucha gente necesita la extraña verdad de las ficciones, verse tal y como es o habría querido ser, o simplemente se descubre; o quizás a alguien le parece bien un tipo de lenguaje que he empleado. ¡Vaya uno a saber qué lo acerca o lo aleja de un lector!
Tú tienes que ver mucho con Luis Brito García, el autor de libros como Rajatabla y Abrapalabra. De hecho, estas fueron dos de las lecturas que me recomendaste para “desautomatizar el lenguaje”. Además de la influencia de Luis Britto, a quien conociste en México, ¿cuáles otras reconoces?
Es un grandísimo honor ser amigo de Luis Britto, quien seguramente me ha influido en una etapa de mi trabajo; reconozco que soy deudor de muchísima gente: de Soler Puig, de Faulkner, de los textos bíblicos que leo a diario, de Proust, ojalá se sintieran esas influencias…
Sin embargo, y muy a pesar de la influencia de Luis Britto y los otros, tienes un estilo propio. Quien se lee un cuento o un fragmento narrativo reconoce al instante que se trata de ti, que eres tú el que está riéndose detrás de ese texto. ¿No temes que algunas de tus “mañas” se repitan en posteriores novelas?
Proust siempre lo hizo, y también Faulkner, y nadie pudo con ellos, ni tampoco con Conan Doyle; no obstante, me gustaría no repetirme en exceso, aunque hay quien dice que uno se pasa la vida escribiendo un solo libro.
Una vez me hablaste de que tenías en proyecto escribir una novela “seria”, ¿es que acaso las otras no lo son? Una novela más reflexiva y más serena. Creo que se va logrando con los años; ya comienzan a salir, pero ahora quieren ponerme las peras a cuarto, aunque no es asunto que me inquiete.
Las Tunas es el escenario de todas tus novelas. Escuché a un amigo decir que, por eso, tus novelas eran muy provincianas; pero a nadie se le ocurre decir lo mismo de los cuentos de Rulfo. No obstante, al leer Los cuervos, descubrí que cambió el escenario, ¿por qué?
¡Si será un hijo de la grandísima ese tal por cual! Es una manera de eliminar y estoy seguro de que lo dice por estupidez o por molestia. Ya me ha ocurrido que hablen de ese modo para denigrar: Rulfo era un grande, yo no, eso les da un margen para murmurar en vez de dedicarse a escribir bien, que buena falta nos hace. No había notado demasiado el cambio de escenarios, supongo que lo estaba necesitando. Me gustaría ver la cara de esos lectores cuando se encuentren con la historia terrible de esa familia que está en Los cuervos. Ya me preguntaron si todo eso me pasó; pues no, nada que ver con la vida de esos personajes, los borrachos en mi familia nunca fueron violentos.
Recién acabas de llegar de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde se presentaron dos de tus novelas. Una: Los cuervos; la otra: Las manzanas del Paraíso, premiada en el Casa de Teatro de República Dominicana y publicada en ese país. ¿Cómo te fue por allá?
Muy bien. No son muchas las ocasiones en que logro presentar dos de mis libros. Volví a encontrarme con colegas y amigos de otros sitios, y asistí a todo ese rollo chismosón que son los cócteles -de los que me fui cuantas veces pude-, a cenas y a presentaciones de libros. Me alcanzó fenomenalmente el tiempo y estuve en una mesa redonda muy chispeante. Estoy muy agradecido a Plaza Mayor y a Letras Cubanas y la Fundación Hermanos Loynaz, por las ediciones de estos libros.
Las manzanas del Paraíso es la historia de una pasión gay, ¿crees que esa sea la razón por la que no se haya publicado aún en Cuba?
Nadie respondió a esas preguntas y, al final, la novela se presentará en la Feria de La Habana y quizás en otras provincias, ahora con más lectores detrás, con más enjundia y comentarios, así que, a la larga, me han hecho un gran favor los perros que ladraron. Las manzanas… entra ahora con el incentivo de lo oculto, y no creo que sea por la pasión gay -bien descarnadita, por cierto- o el asunto de la cárcel, sino porque así es alguna gente que intenta parar las novelas, y son tan torpes que se convierten en mis mejores promotores.
En un artículo publicado en CubaLiteraria, Alberto Garrandés establece un paralelo entre Las manzanas… y Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. ¿Te parece válida tal comparación?
Garrandés es un hombre muy sabio y estoy seguro de que llevará razón. Conocía muy bien la novela, pero también llevo mucho tiempo hablando con personas que han estado en la cárcel, durante unos años el Cao verdadero que no es gay, ni indio, sino negro, me dio mucha información de sus años en presidio, y por algún tiempo conviví con gente de prisión. No tuve que vivir lo que pasa en esa novela, pero investigué a fondo y, hasta ahora, no conozco de cárceles blandas, así que me tiré a fondo. El bueno es Montenegro, pero sí hay su relación.
La novela vista a través de la mirada de un adolescente es muy común en la narrativa. Recuerdo El guardián en el trigal, de Salinger, y Un rey en el jardín, de Senel. El Toño, de Matarile, es un dolescente antológico, y ahora nos traes a Willy, en Los cuervos…
Willy es William, William es Guillermo -como sabes-, y quise jugar con mi nombre para los cazadores de asuntos biográficos. Creo que se me dan bien esos personajes, al menos me suelo sentir cómodo con ellos; pero en este caso, para la historia que me traía entre manos, era imprescindible que esto sucediera. He leído con particular admiración a los autores que mencionas, pero me gustaría subrayar que todos los escritores le deben a los demás, que las influencias son de muchísima gente. Puedo citar decenas de personajes con similares rasgos, en tanto humanos… Las novelas se hacen de palabras, vivimos debiéndonos los unos a los otros. Cuando alguien se desmarca es un grande, alguien con estilo, nada fácil.
Recientemente leí en La Gaceta de Cuba un artículo de Jorge Fornet titulado “La narrativa cubana entre la utopía y el desencanto”. En él se mencionan novelas como Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes; El polvo y el oro, de Julio Travieso y Tuyo es el reino, de Abilio Estévez; sin embargo, no se menciona a Matarile, un texto que resume la nostalgia y la podredumbre de una de las peores etapas de nuestro país. ¿Crees que Matarile sea una novela sin suerte?
Mis relaciones con Jorgito Fornet son excelentes, así que supongo que la ausencia se deba a sus conceptos de la novela -que puedo no compartir-; creo que en ocasiones se omite sin mala fe. Me parece que Matarile es una de las novelas del más raigal desencanto, pero eso se lo dejo a los demás, a los que ejercen la crítica. Durante algún tiempo hubo miedo a opinar sobre Matarile; casi diera risa si no me causara tantos disgustos. Muchos de los que debieron opinar no lo hicieron más que en privado porque la novela era casi una explosión en una cloaca. Lo más triste es que nadie parece interesado en reeditar, en eso no me ha ido bien; no logro ver demasiado a mis libros en los estantes y a veces me parece que ya estarán al reeditar y nunca lo hacen, pero no voy a estar detrás de los editores para eso.
Creo que alguna vez te conté esta historia: En un banco del parque Vicente García, de Las Tunas, alguien se nos acercó (éramos Frank y yo) y nos ofreció diez dólares por Matarile. No lo vendimos. Después lo prestamos y nunca nos lo devolvieron. Muchas personas de todo el país se me han acercado a preguntarme si en Las Tunas se puede conseguir Matarile. ¿Cómo te sientes al saber que tus libros se venden muchísimo, que casi se agotan en las presentaciones?
Yo le habría dado mi manuscrito a ese pobre tipo. Una vez, en la terminal de trenes de La Habana, alguien me dijo que su mejor amigo estaba a punto de morir y tenía Matarile como libro de cabecera. Le dije -porque ya no era posible visitarlo- que, por favor, leyera La Biblia. Me sentí muy extraño, y me sucede cada vez que me dicen que mis libros se venden muy bien. Yo mismo vi una enorme cantidad de Ella es tan sucia como sus ojos que, a poquito, ya se había agotado; me parecía como si alguien de muy buen juicio los hubiera ido desapareciendo… En cambio, cuando mis libros no están o no soy mencionado en tal sitio donde me parece que debí estar, entonces me siento como un fantasma.
Acabas de alcanzar el Premio Alejo Carpentier de novela con la obra La saga del perseguido, este premio, me consta, es uno de los más codiciados de este país.
Uno envía a concursos a sabiendas de que son una extraña lotería, si ganas te pones muy contento como es mi caso, pero si no me hubiera ocurrido no ha pasado nada. Es muy extraña la sensación de haber ganado un premio que tiene un nombre muy prestigioso y además los ganadores anteriores son autores a quienes admiro y quiero. Pero la gente me abraza y me felicita por todas partes y eso es muy hermoso, la alegría de los otros me contagia.
¿Persistes en tu empeño de quedarte en Las Tunas para siempre?
Yo no sé quién me puso aquí, ni quién me sacará si al fin lo hace, pero me encontré aquí y ya no me hago esa pregunta. No hay compromiso con nadie para quedarme o irme. A lo mejor, un día de estos, tengo una gran casa, con jardín y un perro; entonces quizás me sienta un tipo importante, un escritor de los que salen mucho por la tele, pero quizás ya no tenga sentido preguntarme por qué el mundo es así, por qué a pesar de todo estamos tan jodidos.
