Prefiero recordar a Guillermo Vidal desde la perspectiva de un magisterio –esa palabra tan en desuso hoy–, un magisterio literario que se ejerce sin que medien consejos ni compañías prolongadas. En realidad conocí al Guille ya bastante tarde y coincidimos relativamente poco, sobre todo nos veíamos en sitios y eventos como las Ferias del Libro de La Habana y alguna que otra actividad literaria en mi antigua ciudad, Holguín, o en la suya, Las Tunas.
Mientras yo estudiaba en la Universidad de Oriente había leído apenas un cuento suyo, “Se permuta esta casa”, y su novela Matarile, que llamó mucho la atención del lector de apenas 20 años que yo era. Pero ya desde entonces se me reveló lo que luego confirmaría con cada nuevo libro suyo: Guillermo hizo todo lo que pudo por quitar corsés a la narrativa cubana y también por insuflarle otra vida a la narrativa no urbana, concretamente no habanera.
En uno de los últimos suyos que leí, “Las polluelas”, volvían a aparecer sus marcas de autor, el ensamblaje de sus rasgos tan particulares: el despertar erótico de los personajes en el in between de niñez/adolescencia y en un ambiente de campo o cuando más pueblerino, la sonoridad peculiar de ese entorno de lo ficcional situado en un no lugar, pero también su atrevimiento con lenguaje y sintaxis, que es en un final lo que bien bebió del modo de hablar de algunas zonas del oriente de Cuba y también de sus maestros en el oficio.
Sus libros no rebosan arabescos lingüísticos ni pretendieron aplastar nunca ni por barroquismos ni por revisitaciones intelectualoides. Su literatura no nace de hipótesis. Nunca le interesó el álgebra de un Piglia. Vidal fue un lector adelantado, hoy lo sabemos, de un tipo de narrador más próximo a Bolaño que a Borges, más de Cabrera Infante o Aira que de Balza. Sus libros han quedado –y sospecho que quedarán– como un capítulo de gran frescura dentro de la narrativa cubana, ese cuerpo tan partido en dos, tan a merced de censuras y políticas de Estado, monstruo impune que en menos de cuatro décadas ha apaleado y encarcelado a dos de sus principales voces: Reinaldo Arenas y Angel Santiesteban, y sigue enviando al exilio a muchos otros.
Dolió su muerte tan temprana. Lo quise por cómo era, por cómo fue siempre. En otro sitio conté que la última vez que coincidimos en La Habana en una Feria del Libro, me lo encontré atravesando las plazas y callejuelas de La Cabaña para asistir a una lectura de jóvenes poetas de su provincia. En ese hecho estaba contenido su manera de actuar, afable, sin dobleces, téngase en cuenta la distancia generacional que lo separaba de aquellos poetas y que no es ese precisamente un gesto común que enaltezca a los escritores de cierta edad.
Estoy seguro que todavía queda mucho por decir de Guillermo Vidal y de sus libros. Para ello, quizás lo primero será extender ambos, autor y obra, más allá del cerrado círculo de sus amistades, amplificarlos, llevarlos fuera de toda frontera, incluso las geográficas –o sobre todo estas últimas–; que leerlos y promoverlos no sea cosa de quienes le conocimos y quisimos, sino del ámbito global de ese idioma que supo moldear con tan singular tenacidad.
