La resistencia

Juan Carlos Chirinos

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El autoritarismo del Totalitario llega en silencio, modoso; antes de sentirse seguro allí donde quiere gobernar, su actitud es bondadosa, cándida: «no sé engañar», dice una y otra vez, sonriente, accesible, campechano, que siempre hace falta dar la impresión de que se viene de abajo. Cariñoso, sus ojos no paran de humedecerse ante la feroz presencia de la injusticia, su voz se alza, no iracunda, sino justiciera, a favor de la legalidad, de la Constitución, de los derechos fundamentales. Estas palabras, estas expresiones nunca se caerán de su boca. Democracia, esta palabra será repetida invariablemente hasta que forme parte de su diccionario personal. Pero cuando el Totalitario ya se sienta seguro en la silla que le da el poder, su rostro irá poco a poco transformándose. Las promesas hechas cuando era el novio favorito de repente se transforman: la realidad se ha impuesto y el Totalitario, con dolor, se ve obligado a tomar medidas que a nadie le gustan pero que él, que ya empieza a convertirse en un paterno protector, sabe que ha de aplicar porque es lo mejor para todos, aunque a todas luces sea evidente que ni él ni su entorno formarán parte de ese «todos» que debe sufrir las medidas saludables para el grupo. La luna de miel con el autoritarismo suele durar mucho tiempo, porque aquellos que han sido seducidos por el encanto inicial, quizá por soberbia, quizá por vergüenza, o por tozudez, se niegan a reconocer que la realidad del Totalitario no era como lo habían soñado.

El Totalitario, mientras tanto, sigue su proceso: engullir todo lo que toque.

Dos pasos en este camino son fundamentales y simultáneos: el alejamiento y el antagonista. Cuando, por las vicisitudes propias del día a día, empiece a hacerse evidente que todo ha sido un engaño, el Totalitario de inmediato desviará la atención hacia un elemento tan atractivo, que nadie lo pondrá en duda: el Enemigo, culpable de todos los fracasos, responsable de que el totalitario no entregue a sus incondicionales aquello que les había prometido y que él estará disfrutando desde el día en que se sentó en la silla. El Enemigo, el peligroso Enemigo tendrá ramificaciones por todos lados; mejor dicho, todo aquel que no se pliegue al pensamiento del Totalitario lo hará por una sola razón: es el Enemigo o, peor,  su cómplice, y así nace la figura del Traidor, ser mil veces más vil, y de mayor utilidad que el Enemigo: cuando un aliado se atreva a disentir, con convertirlo en colaboracionista, en Traidor a la causa será suficiente para que pierda toda credibilidad, y si encima el Totalitario se ha guardado la carta de la corrupción, mejor que mejor: corrompes a tus aliados para que cuando te traicionen puedas acusarlos de algo real.

El segundo paso, el alejamiento, es simultáneo, si no anterior: el Totalitario es la pieza más valiosa del sistema, así que debe cuidarse a sí mismo. Solo se mostrará cuando sea épico, cuando se necesite un tótem al cual adorar. E incluso en esas ocasiones, como toda reliquia, será desde lejos. La ventaja del Totalitario en el siglo xxi es que los medios de comunicación lo acercan a sus fieles sin necesidad siquiera de estar presente: la lección de Orwell ha sido muy bien aprendida, y nada como la ubicuidad para dejar de existir.

Las palabras del inicio, desde luego, seguirán siendo utilizadas: justicia, igualdad, democracia, estado de derecho. Cada vez más alto, pero cada vez más vacías, porque tendrán sentido si y sólo si son garantes de la idea que las ha contaminado: fidelidad a los planes del Totalitario. Todo aquel que pretenda democracia, justicia, igualdad y estado de derecho fuera de los planes del Totalitario no será más que un Facineroso, un Traidor de opacos intereses extranjeros. No hay nada más odioso que un apátrida.

Pero siempre sucede que la realidad es muy terca. Por más que el Totalitario diseñe infinidad de estrategias para ocultarla —desde la neo lengua hasta la simple y llana prohibición—, la realidad tiene la mala costumbre de hacerse presente. Y si los años en el poder del Totalitario han sido, como suele ocurrir, de incompetencia  y corrupción, el resultado no puede ser otro que el de escasez y crisis. Y ahí es cuando la gente empieza a despertar de la en muchas ocasiones larguísima luna de miel. Y ya confundidas las responsabilidades entre el Enemigo y el Traidor, la gente empieza a vislumbrar que quizá nunca haya magnicidio, que quizá no haya nunca invasión y que si no tiene con qué limpiarse la mierda del culo no es por un malévolo plan de la plutocracia sino porque sencillamente a nadie se le ha ocurrido encender el interruptor de la producción y, de hecho, solo lo han apagado. La gente empieza a darse cuenta de que, en el fondo, el malévolo plan estaba frente a sus narices todo el tiempo y ni siquiera era un plan malévolo, sino algo más simple: el Totalitario no era el Héroe. Era un malandro. Y los malandros sólo saben hacer una coa bien: aprovechar las oportunidades que se les presentan.

Y entonces, un día, nace un nuevo personaje, pequeño al principio, pero luminoso: un día sale el sol y, escondida entre sábanas de la resolución, mueve sus manitas la Resistencia. Y contra ella no hay Totalitario que pueda hacer nada. Sobre todo si viene cargada de razón.

Del Autor

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Juan Carlos Chirinos
(Valera, Venezuela, 1967) Estudió literatura en su país y en España, donde reside actualmente. Ha escrito novela, relatos, biografía y teatro. En Venezuela, sus cuentos han sido incluidos en las antologías Las voces secretas y La vasta brevedad, ambas publicadas por Alfaguara en Caracas, y 21 del XXI, editada en la misma ciudad por Ediciones B. Ha publicado las novelas El niño malo cuenta hasta cien y se retira (2004, 2010), Nochebosque (2011), y Gemelas (2013); los libros de relatos Leerse los gatos (1997), Homero haciendo zapping (2003) y Los sordos trilingües (2011), así como las biografías Alejandro Magno, el vivo anhelo de conocer (2004), Albert Einstein, cartas probables para Hann (2004), La reina de los cuatro nombres. Olimpia, madre de Alejandro Magno (2005) y Miranda, el nómada sentimental (2006). Actualmente reside en Madrid.