Recordar a Guillermo Vidal

Palabras in memoriam

Por Waldo González López

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-22Me resulta sumamente grato evocar/recordar, ‘con y sin nostalgia’ —parafraseando a Mario Benedetti— al entrañable colegamigo, excelente persona y ejemplar narrador cubano Guillermo Vidal Ortiz, fallecido con apenas 52 años, en Victoria  de Las Tunas, su ciudad natal, al norte oriental cubano, en otra de cuyas ciudades, Puerto Padre, yo nací.

Su honda y laureada obra (cuentos y novelas) no cambió su carácter pleno de bonhomía y sencillez, como tampoco su incambiable cordialidad con ninguna clase de vedetismo: tales virtudes fueron acaso sus mejores cartas de presentación entre sus más íntimos y, en general, entre todos los que leían sus páginas desnudas de artilugios y plenas de aciertos, a tal pnnto que enseguida querían conocerlo.

Hasta el último minuto, como él mismo afirmó, escribió “con las tripas jugándose el alma”, porque “si se es deshonesto como escritor uno está perdido o comienza a perderse”.

En torno a la honestidad, la censura y el vedetismo, confesó cuando en una entrevista publicada en la revista pinareña La Gaveta, de la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz, en septiembre del 2001:

Hace mucho tiempo me he dicho que soy un escritor y por lo tanto escribiré lo que se me antoje, y eso nadie puede  impedírmelo, quizás eso haga que mis libros se demoren o se censuren de muchas maneras, pero no voy a parar. He visto que cuando algunos se someten comienzan a perderse como escritores (…) La libertad del escritor está en las palabras, en sus convicciones acerca de algo, y si es de verdad un escritor, pondrá por encima de todo, o de casi todo, su trabajo. Por encima de mi trabajo de escritor sólo está mi amor por Dios, mi familia y un reducido grupo de amigos que sigue apoyándome en las malas, porque las buenas no han sido demasiadas, creo. Uno debe pagar su precio cuando se propugna una total libertad para el acto de escritura. Si se tiene miedo de lo que otros puedan pensar, mejor sería dedicarse a una profesión que no  tenga nada que ver con las palabras.

No pretendo hacer de vedette y en ningún caso me ha interesado el asunto, pues me sería más cómodo publicar sin ese rollo, pero he discutido el tema en todas partes: la molestia que siempre nos causa cualquier tipo de censura. Yo no soy un escritor controvertido. Mis libros tal vez lo sedan; es más, ojalá que lo sean. Yo soy simplemente alguien que escribe libros y que está preocupado porque le queden bien, si esto es posible, por hacer la gran novela y ojalá que lo logre. Por el momento sólo quiero ser uno más, que mis libros llamen la atención y no yo.

Como vemos en este breve, pero sincero autorretrato, así era, es y siempre será “El Guille”, tal le llamábamos sus más cercanos. Por la querencia que nos uniera desde décadas atrás, y gracias a fraternal solicitud del colegamigo Amir Valle, ofreceré una imagen muy próxima del Guillermo que conocí íntimamente a fines de los ’70.

Entonces comencé los eventuales viajes a mi provincia natal, como invitado a actividades, jornadas y eventos literarios, con los di inicio a mi etapa de “El Tunero Ausente” (pero presente), según el epíteto del investigador, ensayista y también gran amigo tunero Carlos Tamayo, quien de tal suerte recordaba mi temprana partida a la capital (donde viví desde 1964 hasta 2011, cuando vine a residir a Miami), lo que no impidió mi indetenible divulgación del quehacer del propio Guillermo, como el de otros colegas escritores de Las Tunas.

Su último y quizás más alto galardón lo merecería un año antes de su irreparable pérdida para las letras y la cultura cubanas: en el 2003, convocado por la Fundación homónima, el Instituto Cubano del Libro y la Editorial Letras Cubanas, alcanzó el Premio “Alejo Carpentier” por La saga del perseguido, dotado de cinco mil dólares.

En el acta, el jurado ─integrado por los igualmente narradores Miguel Mejides (y los ya fallecidos), Jorge Luis Hernández y Agustín de Rojas─ señalaría su “riqueza de la recreación literaria de la realidad, apoyada en el recurso de lo oral, en que lo individual deviene resonancia de nuestra historia; el texto ofrece  una perspectiva arraigada en las peripecias de los personajes en una pequeña ciudad, de manera que lo local deriva en un discurso de trascendencia universal”.

Desde sus libros iniciales, fue laureado. Primero sería el “13 de Marzo” (1985), de la Universidad de La Habana, por Los iniciados, al que le seguiría el “David” (1986), de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por Se permuta esta casa.

Los éxitos continuarían con varios Premios “Luis Felipe Rodríguez” (1990), también de la UNEAC, por Confabulación de la araña, el Internacional de Novela Casa del Teatro (1998, República Dominicana) por Las manzanas del paraíso y el “Dulce María Loynaz” (Pinar del Rio, Cuba, 2001), por Los cuervos.

Asimismo, publicó las novelas Matarile (1993, material de estudio en las Secundarias Básicas cubanas), Ella es tan sucia como sus ojos (2001) y El amo de las tumbas (España, 2002), así como los cuentos de Los enemigos (1994) y Donde nadie nos vea (1999).

 

Un narrador de fondo

Guillermo Vidal, El Guille, fue, es y siempre será, sin duda un narrador de fondo, parafraseando el célebre título del novelista inglés Alan Sillitoe: La soledad del corredor de fondo.

Siempre diseccionando las gentes, a su paso por las calles de su/nuestra provinciana ciudad, luego frente a su ordenador, urdiendo tramas inmemoriales, fabulando/recreando la difícil realidad de su entorno más cercano que le servía, a un tiempo, de simbolización de un mundo cada vez más agreste y complejo, que partiera del ejemplo tunero que, como ningún otro escritor de la ciudad y la provincia de origen, él simbolizara, tal otros grandes autores cubanos realizaran décadas atrás para mitificar espacios provincianos que universalizaron, como mitos y cánones.

Así, en 1944, primero que otros, lo haría el también poeta Félix Pita Rodríguez, con San Abul de Montecallado; luego el uruguayo Juan Carlos Onetti con su Santa María y, por fin, el Premio Nobel colombiano García Márquez con su Macondo.

 

“Soy un hombre que escribe”

Entrevistado para el diario Granma por el coterráneo Pastor Batista Valdés, a propósito de la Feria Internacional del Libro 2003 en su patria chica, “El Guille”, precisó:

La literatura debe hacer pensar, debe polemizar; una de las misiones más importantes es decirle al hombre cómo es. Eso no lo inventé yo, eso es literatura, y me satisface saber que después de leer uno de mis libros hay espacio para la polémica, para la contra-lección, en igual o en mayor medida que para el elogio, que también lo agradezco…

En torno a su definitiva estadía en su ciudad natal, también definiría:

Normalmente el escritor que vive en las capitales del mundo tiene acceso a muchas más cosas que quien escribe en provincia, y eso obliga a uno a trabajar más duro, en condiciones desventajosas; pero en mi caso he superado ese sentimiento de lejanía: simplemente soy un hombre que escribe novelas, no importa si me ponen en el Polo Norte, en Londres, París o Nueva York, pues desde aquí hago lo que haría en otro sitio y quizás hasta me queda mucho mejor, porque en Las Tunas me siento rodeado todo el tiempo de amigos, de familia, de personas que me ven y me tratan como a una persona y no sólo como escritor.

Ya antes, durante la Feria del Libro y a propósito de un concierto-homenaje ofrecido por los mejores artistas locales en el teatro Luanda, precisaba en certeras palabras (que tomé in situ):

Yo  no soy Tunas, yo soy uno en Las Tunas. No puedo creerme que soy la imagen de nada, que soy un perfil de nada. Soy el tipo que anda por la calle y me echan polvo los carros y les hago señas y no me paran. Yo voy al estadio de pelota y me encanta oír a un tipo al lado mío y  a veces yo también gritarle al ampaya. Ese es el tipo de persona que yo quiero ser y seguir siendo siempre…

Acerca de sus gustos musicales, confesó igualmente entonces:

Me gustan Los Beatles, qué grandes tipos eran, qué vida aquella, cuando los escuchábamos e imitábamos y queríamos ser como ellos, ahora que ya no quiero ser uno de ellos, los sigo admirando y me deleito escuchándolos […] También me gusta mucho Gardel, me gusta el tango porque me hace vivir momentos de mi infancia, de mi familia; en particular: mi padre cantaba tangos.

Al periodista Leonardo Mastrapa, confesó El Guille, el 28 de febrero del 2003, en torno a su última novela La saga del perseguido, confesó en el diario local 26:

He ido cambiando paulatinamente de registros, de tonos, ahora soy más reflexivo, cuidadoso, incluso desde el punto de vista de la lengua. Sí creo que hay algo que pueda impresionar al lector, es precisamente la saga del miedo que uno puede llevar dentro, porque es la historia de alguien que ha matado a un niño y se da a la fuga y cuida su vida miserable, que vale para él más que cualquier cosa. Esta novela puede ser considerada también como una metáfora del medio. Uno nunca escribe su mejor novela. Quizás ya lo hice y no lo sé, pero yo tengo esa esperanza; ahora mismo estoy rescribiendo una que espero sea excelente, pero… no se sabe lo que va a salir.

Cuando le pidió un retrato, tajante, definió:

Soy un hombre que escribe, que ama profundamente a su esposa, hijos y amigos, y que trata de mantener una vida pulcra, si es posible siendo él mismo muy sucio y turbio. Soy alguien que quiere escribir libros y que sabe hace muchos años quién es, pero se considera alguien común y trabajador como los demás.

La crítica se interesaría notablemente en su narrativa. No pocos de los más reconocidos críticos-narradores de su generación le dedicaron ensayos, artículos y notas. Entre ellos (también me incluyo con varios trabajos), está Francisco López Sacha, quien escribió que, en sus textos, “late una ansiedad vital que no puede expresarse más que en el desorden del idioma, en la ruptura continua y contrastante de los diálogos y las evocaciones”.

La UNEAC nacional, en coordinación con su filial tunera (presidida por Carlos Tamayo Rodríguez) creó, varios años atrás, en homenaje al muy destacado narrador en su ciudad natal, el Premio “Guillermo Vidal Ortiz”, que hasta el presente continúa dignificando su alto nombre de narrador de fondo.

Así lo constatan los libros laureados hasta el momento. Por sólo mencionar un ejemplo: el correspondiente al 2009, se le otorgaría a la destacada poeta y narradora holguinera Lourdes González por La sombra del paisaje.

 

Opinión de Manuel Gayol Mecías

Por su parte, el también colegamigo, narrador y poeta Manuel Gayol Mecías, en un trabajo crítico sobre la ya clásica novela Matarile, expresaba:

Por esos azares del destino; o más bien, por esos hilos plateados —claramente invisibles— que Dios va soñando, tengo ahora en mis manos una novela cubana de innumerables resonancias, tanto por su contenido como por su técnica, y más  que ambas cosas, por ese terrible talento que el sentido rilkeano le ha otorgado al ángel que debe ser Guillermo Vidal (1952-2004), un narrador de la isla que nació y murió en la ciudad de Las Tunas, al oriente de Cuba, y que desde allí escribió a todo riesgo.

La novela se llama Matarile (desconcertantemente publicada por la Editorial Letras Cubanas, de La Habana, en 1993), y es tan breve como su título, pero al mismo tiempo posee la consistencia de las grandes obras. De hecho, pienso que desde el punto de vista social y político, es una de las narraciones más audaces y literariamente bien escritas que se haya podido concebir y publicar en la Cuba de estos tiempos. Su tema mayor, o el aspecto que lo abarca todo en la novela, es el total desgarramiento existencial de un hombre que desde niño hasta su muerte sufre por el desequilibrio emocional que le han impuesto los prejuicios de una sociedad convulsa y la intolerancia de un proceso político que cada día se le ha venido haciendo más absurdo.

En efecto, en la voz de Toño —su protagonista poseído por el fulgor demoniaco de la irreverencia—, la vida aberrante de la Cuba de hoy se multiplica más allá del amargo sabor local que pueda tener esta historia. La voz de Toño es la de un muerto que, a través de la  memoria y la imaginación, la ironía dramática y la palabra cortante, reivindica su existencia pasada, otorgándole a su infancia en Las Tunas y a su adultez de becado en La Habana y, por último, a su trabajo de profesor, el sello universal de la mejor literatura. La voz de Toño es como el vuelo disperso y caótico de una bella mariposa que lleva sus alas marcadas por todos los signos gráficos que reafirman una identidad muy cubana.

Esta voz (que es el vuelo de la mariposa) se cruza constantemente como una perspectiva surtidora de personajes, sentimientos, asombros, miedos, irreverencias, agobios, enajenación e inhibiciones cotidianas. La palabra de este protagonista es el hilo conductor que va descubriendo un contexto escalofriante de insensatez e intolerancia que termina por llevarlo —dentro de la grotesca comicidad de la risa y la tragedia— a la locura de la impotencia, una especie de calvario y crucifixión. Pero Toño no es un psicópata, en el sentido clásico de esa palabra (como lo infiere la contracubierta del libro, como un recurso para hacerlo pasar inadvertido ante la censura del país comunista en que se publica esta novela), sino el ángel terrible de la irreverencia desatándose en la mágica palabra de un ser que —como sucede con los personajes de Juan Rulfo—, aún después de muerto, encuentra en la imaginación su manera de continuar entre los vivos para denunciar la oprobiosa existencia impuesta por las convenciones y consignas de una sociedad cerrada y lo absurdo de un proceso político lleno de convencionalismos. Estos son los misterios que acechan a Toño: el miedo, la coerción y la falsa moral.

Con un sabio manejo de la sugerencia —a manos de la acción indirecta—, el autor supo dejar que el protagonista se expresara por sí mismo, y puede decirse que en la voz de Toño (que es el protagonista y no el autor, por supuesto) se aborda el tema de la intolerancia política y social sin paños tibios. De aquí que uno de los aspectos principales que trata este pequeño gran libro (formato menor) es el de la impotencia por no haber podido vivir la existencia de un mundo más auténtico en su realidad. Entre tantas cosas, Toño no sólo padece su agonía de becario reprimido por una disciplina alienante, mezclada con falsas y tediosas argumentaciones políticas, sino que también padece las circunstancias de otros: familiares y conocidos que quieren abandonar el sistema político que los asedia (entiéndase: escapar de Cuba), para convertirse en emigrantes que buscan su libertad y mejor suerte de vida. Para ello, tienen que pasar durante años una plaga de penalidades, inhibiciones y represiones que la mayoría de los habitantes del mundo no totalitario ni siquiera imaginan.

Por su parte, el título juega con el tema del desgarramiento existencial en un sentido semiótico-intertextual. La gran mayoría de los cubanos conocen que la palabra “Matarile” proviene de una ronda infantil que todos, alguna vez,  hubimos de cantar. Pero ese canto aquí toma la dimensión de una ronda demencial, como si fuera una danza de la muerte: “matar-ile” (¿Matar a quién realmente? ¿Al protagonista, en un suicidio mediante la palabra? ¿O el título es también una forma lúdica de rebelarse ante el destino impuesto y la palabra es el recurso de la cuerda para encontrar la salida del laberinto donde Toño se encuentra perdido?).

 

Opinión de Luis Manuel Garcia Méndez

Otro colegamigo, también narrador de fondo y agudo periodista Luis Manuel García, publicó (en Cubaencuentro, Madrid, 19 de mayo, 2004), su valoración del escritor y su obra: “Guillermo Vidal: oro de ley”, donde escribiera:

Fue en febrero de 1982 cuando me presentaron, durante una lectura en la Sala de Cultura de Victoria de las Tunas, a un hombre extremadamente delgado, de tez aceitunada y curtida por los soles feroces de la Isla. Su rostro era afilado como una navaja, con ojos que hablaban antes que su dueño abriera la boca, y su sonrisa era capaz de desarmar las peores intenciones.

Antes y después de aquel día he conocido a personas que tras una apariencia de  ogros eran apenas ogros de caramelo, y a otros que despertaban una espontánea simpatía. Al cabo del tiempo uno descubría los devastadores efectos de una sonrisa-trampa, de un regalo envenenado. También he conocido a buenas personas que lo parecían, pero a ninguna como aquel hombre al que uno sabía incapaz de una mala obra desde la primera sonrisa.

Volví a encontrarlo al año siguiente, durante la premiación del Concurso “Cuentos de Amor”, que convocaba Las Tunas. Y desde entonces nos vimos ocasionalmente en distintos espacios y circunstancias, sin que jamás me abandonara aquella sensación primera. Y lo más importante: sin que jamás tuviera ni un solo motivo para que me abandonara.

Hoy me entero que aquel ingenioso hidalgo, el escritor Guillermo Vidal Ortiz, falleció en la noche del pasado sábado  15 de mayo, a los 52 años de edad, en Victoria de las Tunas, su ciudad natal. Según algunos medios, fue un tumor cerebral; según otros, problemas respiratorios que ya lo habían obligado a varias hospitalizaciones. En cualquier caso, es injusto, irreparable.

Lo miro en la foto: igual de flaco, pero con una barba patriarcal plagada de canas, una mirada tan vivaz y joven como recuerdo, y una sonrisa que no llega a aflorar y apenas se insinúa en una mínima contracción de los ojos.

En 1986, el mismo año en que Guillermo Vidal ganó el premio “David” con su libro Se permuta esta casa —ya antes había obtenido el premio “13 de Marzo” con Los iniciados—, apareció una especie de libro iniciático de una generación de narradores cubanos: la antología Hacer el amor. En la contraportada aparece la tropa de los autores incluidos posando para el daguerrotipo. Siempre he pensado que en esa foto hay dos ausentes: Abilio Estévez y Guillermo Vidal.

Contando a esos dos ausentes, me percato de que en aquella foto de familia sólo tres habíamos nacido en La Habana, sólo dos vivimos hoy fuera de la Isla, y sólo uno permaneció en la provincia del interior donde había nacido: Guillermo Vidal. Resistió el “llamado de La Habana” durante los 70 y los 80, y resistió “el llamado de ultramar” tras la crisis de los 90.

En una entrevista concedida (Literaturacubana.com, junio, 2003), respondía que se había quedado en Las Tunas “sólo por razones sentimentales. Tengo la mayor parte de mi familia aquí, pero también tengo una hija, un yerno y dos nietos en España, a mi madre de crianza en Estados Unidos y no he dicho en ninguna parte que estoy comprometido a quedarme. Me va bien porque vivir lejos del mundanal ruido, permite que no me jodan. (…) Los viajes me deprimen un poco, pero a veces asisto a ferias en otros países, no a tantas, y me siento como un bicho raro y apenas hablo con la gente y sueño con volver a casa para no estar en salones y protocolos que me apocan, que me hacen decirme qué hago aquí, por qué no me quedé en casita, sin tanto barullo. Es que soy muy tímido. Aun así, imparto conferencias y doy entrevistas y salgo por la tele y nadie se da cuenta de que me cuesta mucho trabajo. Prefiero las conversaciones privadas, la gente sencilla, y detesto las frivolidades que llegan a asquearme”. Una timidez, una ausencia de vedettismo que algunos fabricantes de aureolas, prestigios literarios y otros artículos de segunda mano, suelen confundir con un síntoma de obra menor, quizás porque les resulta inconcebible que, incluso entre los escritores, a veces, la modestia exista.

Su larga barba, su coleta, su perfil aguileño, su inteligencia y su proverbial bondad, eran ya parte inseparable del paisaje urbano de Victoria de las Tunas, la ciudad donde nació el 10 de febrero de 1952, y que se negó a abandonar aunque en los 80 fue expulsado de su cátedra en el Instituto Superior Pedagógico  por razones “ideológicas”, y aunque su nombre constaba en la lista de los intelectuales que los medios no debían entrevistar en directo, por miedo a que dijera alguna “inconveniencia”, a pesar de todo, como dijo Guillermo, “un hombre es capaz de sentirse libre en condiciones muy duras”. Y añadía: “Ni se imagina lo negras que me las he visto, he tenido que asistir a un juicio y luego me he tenido que ir como un apestado de mi trabajo como profesor universitario, he perdonado a esa gente, he vivido situaciones límites y he mantenido mi dignidad”.

Cuando ganó el premio “Alejo Carpentier”, los desconocidos lo felicitaban y hasta lo abrazaban por la calle. Posiblemente ese fuera su mejor premio. No la estatua que quizás le construyan mañana los mismos que lo expulsaron de su cátedra o los que lo inscribieron en la lista negra de los condenados al diferido. Y con más razón que las cadenas televisivas norteamericanas tras el affaire de Janet Jackson. Guillermo Vidal no habría mostrado, desde luego, una teta rellena de silicona; sino una verdad sin relleno, lo cual es siempre más peligroso.

Autor polémico e irreverente, más que un estilista fue un explorador minucioso de la condición humana en obras como Los cuervos, El amo de las tumbas, Confabulación de la araña, Las manzanas del paraíso, Ella es tan sucia como sus ojos, Matarile, posiblemente su más polémica novela, El quinto sol y La saga del perseguido (Premio “Alejo Carpentier”, 2003). Además de éste, obtuvo los premios “Luis Felipe Rodríguez” de la UNEAC (1990), “Hermanos Loynaz: (1996), “Casa de Teatro” (República Dominicana, 1998) y “Dulce María Loynaz” (2002).

No obstante, siguió buscando hasta el último día, buscando la novela ideal: “Una que el lector no pudiera dejar de principio a fin y que hablara de lo poco sabios que hemos sido hasta ahora, que la gente envejece y muere y seguimos casi como en la comunidad primitiva, si quitamos unos cuantos artefactos y comodidades (…) sigo esperando esa novela que me hará feliz y si esto ocurre es que me voy a morir”.

Hoy Guillermo Vidal ha muerto con la certeza de que su gran novela será la próxima, pero con la certeza también de que cada página memorable que nos dejó era una página de esa novela nonata. La literatura, Guillermo, es como ir a cumplirle a Santiago Apóstol: más vale el sudor del camino que tocar el santo. Sobre todo cuando hay tanto santo trucado, desechable.

Eludió el autobombo y el marketing, despreció la vida de salón y tertulia, no cultivó las amistades convenientes, le pisó los callos a personas poderosas con los pies sensibles y dedicó más tiempo a los buenos sustantivos que a las buenas influencias. En fin, no era “un hombre de éxito” ni “una gran figura de nuestras letras”.

Él mismo lo contaba:

“Me levanto a las cuatro de la madrugada y oro a Dios para que me permita escribir, leo algunos pasajes de la Biblia y luego releo fragmentos de novelas que elijo por temporadas y que acaricio con una envidia rosa, y cuando parezco un pitcher que ha calentado lo suficiente, me siento ante el ordenador y escribo con gran rapidez y siento que me dictan, siento el tono, veo lo que ocurre en la novela y me creo en esos momentos un escritor de gran calibre, trabajo hasta media mañana si puedo y salgo feliz si me ha ido bien y no reviso hasta después. Escribo todos los días excepto los domingos, tengo una disciplina del carajo, como de obrero ejemplar”.

Y uno se percata de que este hombre no estaba dotado para el glamour: era un escritor que dedicaba su tiempo a escribir.

Su prosa afilada y por momentos ácida suscitó con frecuencia la ira de los guardianes de la ideología, sin que por ello Guillermo Vidal, el hombre, quebrara su cordialidad y su sencillez. Se ocupó de los marginales, de los presos y los homosexuales condenados a exclusión social o condenados, a secas, de las familias en descomposición, de lo que se oculta bajo la cáscara de la realidad, y sobre todo del miedo que paraliza y corrompe.

Hasta el último minuto, como él mismo afirmó, escribió “con las tripas”, jugándose el alma, porque “si se es deshonesto como escritor uno está perdido o comienza a perderse”.

El escritor Guillermo Vidal nunca perteneció a nadie. Me temo que su cadáver ya pertenece al gobierno. Cuando se pudran en el olvido sus zonas incómodas, lo exhumarán corregido y revisado, a engrosar el panteón donde mantienen disecados a Lezama y a Virgilio. Claro que el gordo y el flaco deben estarse riendo como locos de sus momias. Guillermo apenas echará una sonrisa socarrona cuando lo encaramen al podio de las glorias patrias.

Por suerte hay cadáveres rebencúos, escritores inmunes a la taxidermia. Después que los forenses de la cultura certifican la hora de compilar sus obras completas, muerden.

Guillermo era un católico1 ferviente. Quizás Dios lo necesitara con urgencia a su lado. Yo me confieso ateo y su muerte corrobora mi incredulidad: ningún Dios tan omnisciente como un narrador clásico del siglo xix nos arrebataría con veinte años de antelación a un escritor de ley, sabiendo lo que cuesta restañar la cicatriz que nos deja en el planeta la ausencia de un hombre bueno.

 

Un retrato colectivo de “El Guille”

Sí, tal fue el quise ofrecer en esta suerte de resumen de criterios, puntos de vista y opiniones sobre nuestro querido colegamigo, quien ahora seguramente estaría urdiendo otra trama inmemorial sobre su ciudad, Las Tunas, donde, si bien al inicio de su exitosa narrativa no recibió el apoyo oficial (sino al contrario: sufrió el rechazo de la jerarquía), luego si sería admitido y reconocido, elogiado y venerado como lo que siempre fue, es y será: el mayor narrador de su patria chica y uno de los mejores de Cuba.

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Notas del artículo

  1. Guillermo no era católico. Aunque compartía la fe en Jesucristo, pertenecía a la iglesia protestante "Caminos de Dios", de Las Tunas, dirigida por el pastor Mario Jorge Travieso.