Por una confabulación urgente:
Guillermo Vidal, la isla y las manzanas

Palabras in memoriam

Por Yam Montaña

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-18Antes de la caída del campo socialista en 1989 los artistas en Cuba vivían en una burbuja. Hasta esa fecha, la industria editorial funcionaba sin un mercado y sin importarle el coste material que pudiera representar ya que lo más importante era seguir con la alfabetización y una culturización acorde a los principios de la Revolución: “dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”. Esa frase de Fidel Castro en el discurso conocido como “Palabras a los intelectuales” definiría no sólo la política cultural del país, sino también su vida social y política hasta la fecha; pasando por diversas etapas de crisis y relajación, siempre ideologizadas, y de las que la mayoría de los intelectuales, incluso, los que más tarde se rebelaron o abandonaron la Isla, fueron cómplices. La euforia cultural intoxicó a todos y la creación de instituciones como el Instituto Cubano del Libro y el ICAIC nublaron la objetividad de los intelectuales que, parafraseando a Jesús Díaz, estaban invadidos por un fuerte sentimiento de plenitud y de exaltación.

La raquítica crítica literaria y artística, desarrolló un aparato conceptual que encajaba a la medida con el “realismo socialista” y las prioridades de una nación en ciernes, lo que facilitó una rápida estigmatización de autores como Lezama Lima, Severo Sarduy, Heberto Padilla, Reynaldo Arenas y el mismo Cabrera Infante, cuyos valores literarios, más que probados, fueron puestos en duda, soslayados y marcados, no sólo por los temas de los que escribían, sino también por su sus creencias religiosas y posturas críticas, en el peor de los casos, o falta de compromiso con la Revolución. Hay que señalar, que algunos de estos escritores recibieron premios de instituciones culturales de la Revolución y que gozaban del respeto de la mayoría de sus colegas, sin embargo la fiebre de ideologización y la creciente censura provocó un cisma que generó toda una corriente de pensamiento servil, muy dogmático, y unas endebles voces críticas que disentían a expensas del castigo.  Los que prefirieron el exilio, fuera por voluntad propia o por circunstancias excepcionales de la represión del sistema, no escaparon del desprecio “revolucionario” y el peso de la isla lastró, para la mayoría, su obra.

La confrontación de las fuerzas más radicales que quedaron en el país crearon una cárcel, un territorio abierto, pero opaco en la que los que no habían luchado en la gesta revolucionaria, ni combatido en Playa Girón, ni eran el modelo hetero del “hombre nuevo”, tuvieron que hacer una obra que se tambaleaba entre el blanco y el negro creando desde la contención unos matices precisos, perceptibles en el magma de la literatura escrita que los lectores disfrutan y que los estudiosos canibalizan. Esta literatura, sin guiños, ni coqueteos con el poder, hicieron del sexo, la marginalidad y la aspereza de la cotidianidad una herejía.

Guillermo Vidal Ortiz fue uno de estos autores, imprescindible para entender el devenir de la literatura Cubana y las relaciones invisibles del poder con el arte; fue de los primeros en comprender que su batalla se libraría en las arenas movedizas de la literatura y fue de los pocos, que dentro del sistema, se mantuvo en los márgenes, indomable, irreverente y cínico ante el monstruo monolítico del totalitarismo.

Escribir bajo la sombra de una “literatura revolucionaria”, depredados por el mito de una gesta heroica y la sombra hiperrealista del deificado Onelio Jorge Cardoso, hizo que escribir sin oportunismo en Cuba fuera más que un acto de fe en la vocación literaria, una total locura y, para colmo, si se hacía desde las entrañas del país fuera un  suicidio lento. Guillermo lo sabía. Podía escribir como hubiera querido porque no solo había leído mucha literatura y roto los dedos tecleando sin descanso, también había enseñado literatura y, mientras lo dejaron, lo trató de hacer a su manera. Fue de los que llevó todo al extremo y su persistencia, junto a la osadía y responsabilidad de muchos jurados, hicieron que su obra fuera publicada y se hiciera visible. Odiaba los premios, pero fue el único camino que encontró para ver su obra en blanco y negro. Si revisamos su bibliografía  la novela Matarile (1993) fue la única que se publicó, con el arranque del Período Especial, sin que mediara un premio y según rumores, tuvo la suerte de formar parte de la política de “apertura” del oficialismo cubano que comenzaba a moderar el lenguaje, permitía cierto ir y venir de exiliados, reconocía a regañadientes ciertos errores en las políticas culturales y prometía crear un nuevo espacio de libertades artísticas. Y me lo creo, porque en 1993 ocurrieron varias cosas significativas como la publicación urgente de textos inéditos de Lezama, el teatro inédito de Virgilio Piñera, un ensayo de Lydia Cabrera y el reconocimiento oficialista con un premio de Casa de las Américas al estudio de la española Begoña Huertas sobre la narrativa de los 80.

A esas alturas, ya Guillermo tenía tres libros de cuentos publicados y todavía seguía siendo el incómodo escritor de provincia que no se parecía a nadie, sin mucho reconocimiento, ni atención que los de la capital tenían; aún así provocaba la envidia, para los amigos sana y para los enemigos roñosa, por escribir como lo hacía. Unos lo acusaban de abusar de la oralidad, otros de su incapacidad para estructurar de alguna manera reconocible las historias, pero lo cierto era que estábamos ciegos y no veíamos la originalidad tratando de buscarlo a través de sus referencias confesas como Manuel Puig, Arturo Arias y Luis Britto García. Si leemos con atención descubrimos que resultaron ser falsas pistas porque realmente Guillermo no era un reflejo de sus lecturas, sino alguien con una voz propia que se distinguía de la uniformidad trazada por censuras metódicas de las instituciones y la lamentable autocensura de los escritores que fueron modelando una literatura complaciente que comenzó a ser irreverente y provocadora en la medida, y esto es paradójico, que la crisis del Período Especial se fue agudizando.

Ser finalista del Premio de la Crírica en 1993 subrayó su presencia y a pesar de las intentonas de comprometerlo con “guerritas” y “piñas”, de seducirlo con cargos y viajes, se quedó en las Tunas idolatrado por una tropa invisible de lectores que robaban sus libros de las bibliotecas y lo buscaban donde quiera que estuviera para hablar con él. Yo apenas era un intento de escritor que sabía más de él por los rumores que por sus libros y que lo admiraba por tanto desenfado y honestidad; en aquel momento creía que los novelistas se habían acabado con Alejo Carpentier, recelaba de todo lo que se parecía al realismo socialista, también de todo lo que apestaba a ese maquillaje cutre del realismo mágico y claro está de la sequedad de Hemingway. En ese año, en 1993, además de ser un petulante, era un hippie que había dejado los estudios y pasaba más tiempo borracho con mis amigos que escribiendo, aún así había ganado algunos premios y asistía al taller literario de la ciudad que funcionaba en la biblioteca. Allí, entre el olor de los libros y la atmósfera salobre del aire, el brío del follaje de los árboles del patio y el ruido de los coches (de caballos), conocí a Guillermo Vidal y aquel encuentro de unas horas afectaría mi vida para siempre.

El país era otro muy distinto al que conocíamos antes la caída del Muro de Berlín y la visita de Mijaíl Gorbachov en abril de 1989, lejos de tranquilizar disparó todas las alarmas. Mi padre, que en ese momento era un alto oficial del ejército fue movilizado apenas el dignatario ruso abandonó el país y algo comenzó a cocerse. Fidel Castro había sido irónico y se había tomado la libertad en un discurso de criticar el proceso de transformación de la entonces URSS; más tarde en 1991 cuando las tiendas quedaran vacías, el transporte paralizado y se anunciara el Período especial en tiempo de paz, que en honor a la verdad había empezado un año antes y corrió paralelo a las desintegración de la Unión Soviética, comenzábamos a atar cabos. A finales de diciembre de 1991 los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el acuerdo de la disolución del imperio comunista; terminaba la Guerra Fría, la geopolítica cambiaba y Cuba se quedaba en la más absoluta soledad. La industria editorial quedaría muy dañada y el desencanto, la deserción y la disidencia comenzaron a instalarse en los círculos de poder.

Yo no me había podido sustraer de escribir de prostitutas (jineteras), chulos, trapicheos de dólares (todavía estaba penalizada la moneda), la homosexualidad y la violencia callejera, pero Guillermo Vidal, consciente de los límites de su universo y obsesionado por la adolescencia, la locura, la pobreza y el paisaje marginal real, no se dejó tentar por esa nueva realidad, ni se apresuró a escribirla. Eso me daba vueltas en la cabeza y teniendo la mano que tenía, quería preguntarle por qué no se había lanzado al paisaje sórdido que habíamos comenzado a vivir. Había un paisaje inquietante y entre la alambrada de las instituciones y los hilos invisibles del poder, en el panorama cultural comenzaron a verse cosas distintas. El cuento de hadas de Senel Paz forzado por el premio Juan Rulfo (“El hombre, el lobo y el hombre nuevo”) parecía ser una bocanada ante los temas espinosos, ya estaba antes “Desnudo frente a la ventana” del novelista y dramaturgo Abilio Estévez y “Por qué llora Leslie Caron” de Roberto Urías, ambos aparecidos en 1990, pero también estaba en la obra de Guillermo.

Cuando llegó a la Biblioteca Municipal estábamos divididos, los más jóvenes peleándonos por decir los que nos daba la gana, quejándonos de casi nulas oportunidades editoriales y del “amiguismo”, y los veteranos poniendo en duda todo lo que decíamos, exaltando a Manuel Cofiño y a Onelio Jorge Cardoso. Quizás, en los único que todos los escritores de provincia estábamos de acuerdo era que las antologías, selecciones y críticas, para resaltar a la nueva horda de narradores, estaba concentrada en La habana y que allí, sólo allí, era donde se cocinaba todo, lo bueno y lo malo. Sin darnos cuenta, Guillermo, entró soltando la lengua y diciéndonos que estábamos todos equivocados, que perdíamos el tiempo, que lo que había que hacer era escribir, primero escribir y después buscar el hueco donde encajara nuestra obra. Pero los abrazos y apretones de mano cortaron el discurso a aquel flaco en sandalias y camiseta desteñida, más barbado que un “rebelde”. La escritora María Liliana Celorrio me lo presentó y mientras el apretón de manos se prolongaba me dijo que yo era un narrador en potencia, que había leído un poema mío y que Alberto Garrido (escritor y amigo también) le había hablado de otro flaco pelú muy joven que estaba escribiendo duro. No puede hacer otra cosa que sonrojarme y descubrir de lo pendiente que estaba de todo lo que literariamente ocurría a su alrededor. Y seguido preguntó si iba a leer algo y se volvió a hacia todos y, siendo él la estrella, invitó a que los presentes a que leyeran algo para que la reunión fuera algo más que una actividad cultural.

Aquel día en Puerto Padre, después de las lecturas, unos pocos nos quedamos. Se habló de mucho, pero lo que mejor recuerdo son las esenciales ideas que Guillermo compartió con nosotros. La primera fue sobre como la literatura estaba cubriendo las carencias, miopía y amnesia de la prensa oficialista; más tarde los periodistas y escritores Leonardo Padura y Luis Manuel García reflexionarían sobre esto mejor que los teóricos. No estaba seguro de si era bueno o malo y ponía el ejemplo de cómo “afuera” la literatura no tenía que cubrir la crónica roja, ni los sucesos políticos y si se sumergía en los bajos fondos no era para documentar, sino para contar sobre la condición humana. Lo segundo fue que más que preocuparse por publicar había que preocuparse por encontrar un estilo, un sello, una marca que te distinguiera y eso se hacía explorando, corriendo riesgos, pero sin abusar de la técnica, porque lo que importa son las buenas historias y cautivar al lector. Al final, no tuve que hacerle ninguna pregunta porque habían sobrado respuestas. Entre libros arrancó una amistad que creció en la fe en la escritura y la sinceridad a rajatablas como abono constante, amistad que se mantuvo, a pesar de la distancia, inquebrantable.

Cruzamos en un abrir y cerrar de ojos la crisis de los balseros, la despenalización del dólar, las modificaciones de la constitución, la creación del guetto turístico (a los cubanos no se les permitía entrar, ni alojarse en los hoteles destinados al turismo internacional hasta el 2008) y sobre todo, asistimos a la alienación de amigos y familiares, el éxodo de compañeros de letras, el deterioro de las instituciones culturales, resistiendo desde una provincia, aislados, segregados y a la deriva de ese empecinado autoexilio que sólo nos ofrecía una realidad alucinante de la cual escribir, no como terapia, sino como medio para tratar de comprender el absurdo cotidiano y desmontar el drama colectivo a través de esas pequeñas historias fáciles de soslayar cuando se es escritor y sobre todo ambicioso.

Durante los años 90 nos fuimos viendo por aquí y por allá, conociendo a otros escritores, haciendo amigos y enemigos, compartiendo lecturas en eventos dentro y fuera de la provincia, estrechando la amistad y cebando el fervor por la literatura. Recuerdo que uno de sus traumas era lograr hacerse un hueco fuera del país. Envió paquetes y paquetes de sus libros publicados a editoriales y a agentes literarios, pero el silencio y las negativas no lo amedrentaron, ni con las perspicaces sugerencias lo hicieron cambiar el rumbo de su estilo y temas.

Las visiones de la industria editorial extranjera estaban centradas en los exiliados famosos (Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante…) y en los repentinos “disidentes” que llamaban la atención (Jesús Díaz, Lisando Otero, Norberto Fuentes, Zoé Valdés…) con el desencanto y sus posiciones políticas; fuera de esto seguía un apetito “garciamarquiano” y un despertar inusual por lo marginal, lo sucio, la novela negra en la que gran parte de la literatura cubana, de espaldas a un verdadero mercado, no parecía encajar. Esto es de resistencia, de pelarse los huevos y romperse la espalda, decía Guillermo, así que mejor no ir a por lo que otros quieren, sino a por lo que crees que puedes hacer. Y entonces señalaba a Juan Carlos Onetti, José Donoso, y el difícil Denzil Romero, hacía acotaciones sobre los difíciles temas, la estilización de la prosa y de cómo habían estado a la sombra de los que reventaban el mercado. Pero no voy a dejar de insistir y tú siembra las nalgas y trabaja, decía. Sin embargo, nunca lo vi quejarse de este oficio ingrato, ni maldecir a nadie, y sí alegarse mucho por el más mínimo éxito de quienes lo rodeaban.

La última vez que lo vi fue en Camagüey en la presentación de La saga del perseguido (Premio de novela Alejo Carpertier 2003) y estaba contento de ver a tantos amigos y admiradores, feliz hablando de su nuevo y “escandaloso” proyecto sobre un loco que estaba planificando matar a Fidel Castro. Realmente dejaba a todos con la boca abierta y no sé si estaba jugando, si era una broma para anunciar algo nuevo y poderoso, o si simplemente estaba improvisando con la corrección y tino camagüeyanas. Pero seguía afable y cercano, sencillo y honesto como siempre había sido. Ahondar en el encuentro no tiene la más mínima importancia ya que dentro y fuera de la Isla sobran las anécdotas, las historias que rodean Guillermo de mito, pero de un mito que no sirve para politizar nada, por suerte, ni para abrir trincheras, ni utilizar su imagen de punta de lanza proselitista para aplacar ánimos disidentes y explosivos, al contrario, Guillermo es una referencia en el horizonte maldito de provincia que nos recuerda que lo único que salva a un escritor es la literatura y las ciegas fuerzas de resistir los vendavales y cantos de sirenas de la realidad, del día a día, la a veces miserable vida cotidiana.

Subrayar la disciplina espartana, las lecturas obligadas, el rigor de la corrección y la reescritura constante, no tiene sentido; alabar su obra, ponerlo en un pedestal y mitificarlo, no creo que le habría gustado; estudiar sus textos, divulgarlos en el mundo hispano y traducirlos a otras lenguas creo que sería lo que necesita el Guille (nunca me gustó llamarlo así) pero en mi corazón también habita el diminutivo. Porque, aunque muchos hablemos de Guillermo Vidal, por mucho que elogiemos su tinta y esa vida casi espartana y transparente, sigue siendo invisible y eso no es justo. Allí en la Isla están los herederos, más amigos y muchas instituciones que pueden hacer que esa obra intensa y única, incapaz de pasar desapercibida, tenga la relevancia que merece y el alcance internacional que no tuvo en vida. La muerte lo sorprendió en uno de los mejores momentos de su carrera, la muerte nos puede sorprender a todos  a mitad del camino, pero los que quedamos en pie podemos ayudar a que la obra de los amigos que nos abandonan pueda ser semejante a esas manzanas que encantan a todos en el Paraíso. Creo, sin temor a equivocarnos, que las manzanas de el Guille (los libros publicados y textos inéditos) tienen un árbol (los amigos) que está dispuesto a burlar a Dios a confabularse por una vez a pesar de las diferencias y las distancias por este amigo del alma.