Si le cobraran un peso, un único y miserable peso cubano, a todos los que han venido hasta el edificio para tirar esas fotos que hoy le dan la vuelta al mundo, ya hubieran reparado todo y, está segura, sobraría dinero.
— Pero entonces no sería La Maravilla, boba – le dice, intentando ser jocoso, su marido, convencido de que lo que llama la atención de los turistas y hasta de fotógrafos cubanos que pasan por allí, es el fastidioso contraste en que ellos viven cada día –. El edificio es un desastre, nosotros vivimos en medio del desastre, pero al mismo tiempo, irónicamente, vivimos en un edificio que se llama La Maravilla. Aunque nos cueste reconocerlo, dudo que en toda Cuba haya un lugar tan jodidamente original como este.
Ella preferiría repararlo. Vive ahí desde antes de la Revolución, cuando sus padres, siendo ella una niña, alquilaron en aquel edificio, atraídos por la vida comercial del barrio: abría el balcón en la segunda planta y podía ver la concurrida Iglesia del Cristo y la todavía más concurrida Plaza del Cristo, antesala del Capitolio que se levantaba, orgulloso, tres cuadras más adelante.
En los bajos había una bodega llamada La Maravilla, y fue de ese modo, como el cartel quedó allí, a pesar del paso de los años, que el edificio empezó a ser famoso, pues, curiosamente, mientras más se degradaba la fachada, mientras más argamaza perdían las paredes, mientras más se agrietaban los balcones, mientras más oxido corroía los balaustres y mientras más se podrían y desprendían las maderas de las ventanas, más fuerza cobraba el cartel, como si algo mágico lo hiciera más visible, incluso desde lejos.
— Al final, sí, es una maravilla – le dijo a su marido cierta vez.
Porque había ido a la Iglesia del Cristo, ahí, a sólo unos pasos al otro lado de la calle, y desde allá había contemplado el edificio donde había transcurrido casi toda su vida, y se dijo que, pese a su estado, pese a que ese árbol que había crecido precisamente en su balcón y cuyas raíces levantaban desde hacía mucho tiempo las baldosas del piso del balcón y los mosaicos del piso allá adentro, en la sala de su casa, lo verdaderamente maravilloso era que estuviera aún en pie, pues bien sus ojos habían visto a otros edificios de La Habana Vieja y Centro Habana, venirse abajo formando montañas de escombros, y hasta arrastrando algunos muertos, con menos daños que los que tiene La Maravilla.
— Consuélate, mujer – le ha dicho varias veces su marido, con esa jocosidad con la que siempre enfrentaba aquel tema –. ¿No nos han dicho que hay miles de fotos de este edificio regadas por todo el mundo? ¿Y no dices tú que en este edificio has dejado tu vida? Entonces, eres famosa. ¿Cuántos cubanos crees que pueden decir lo mismo?