No puedo recordar por qué me interesó el teatro cuando era niño. No recuerdo si alguien me llevó a alguna obra infantil, aunque lo dudo. En aquellas épocas el espectáculo en vivo por excelencia era el circo. Los que llegaban a Cartago, mi ciudad natal, pocas veces desfilaban por las calles con sus animales, sus acróbatas y sus payasos. Esas imágenes pertenecen más a la mitología fundada por el cine que a mi experiencia personal. Uno sabía del circo por los afiches pegados en los postes, en las vitrinas de las tiendas y en los muros del mercado central. Algunos usaban señores en carros—usualmente destartalados—que anunciaban los espectáculos con altavoces. No recuerdo compañías locales de teatro, ni siquiera de aficionados, sino hasta mi adolescencia. Entonces, ¿cómo fue que empecé a ir al teatro? Tendría unos diez años y me había ido de noche a la escuela donde mi hermana estudiaba. Aunque en Cartago había tres locales que se conocían como teatros, en realidad eran cines, y cuando uno iba a ver una película decía, “voy al teatro”, y todos entendían. Pues bien, el auditorio de la Escuela Ascensión Esquivel era el lugar donde se presentaba la Compañía Nacional de Teatro en sus giras por las provincias. Ahí vi “El enfermo imaginario”, de Moliere, “La colina”, de Daniel Gallegos y “Puerto Limón”, de Joaquín Gutiérrez.
Poco más tarde, en diciembre de 1975 si mal no me acuerdo, fui por primera vez a una sala independiente: el Teatro del Ángel, que estaba presentando un café-concert titulado “Corronguísimo”. A partir de ese momento pude vivir gran parte de lo que fue la época de oro del teatro costarricense. Había muchas salas abiertas toda la semana, obras que pasaban de las 500 funciones y una temporada de verano en los jardines del Museo Nacional donde se podían ver magníficas puestas en escena. Ese movimiento fue perdiendo fuerza en los ochenta y hoy en día, si uno mira la cartelera teatral costarricense, la oferta es fundamentalmente comercial y gira alrededor de un humor un tanto fácil, o más bien chabacano, algo así como si las sexy-comedias italianas de bajo presupuesto de las década del setenta se hubieran trasladado a las tablas.
Desde entonces, ando buscando obras de teatro que me conmuevan y me diviertan y se queden conmigo luego de que la magia ha acabado y debemos irnos a casa. Busco no por nostalgia sino porque sigo creyendo en el poder del teatro, en su capacidad de hacernos partícipes de una historia o de una experiencia que ocurre ahí mismo, en carne y hueso, donde nos hemos congregado los espectadores.
Hace poco tuve uno de esos hallazgos. Me tocó la suerte de visitar Lima por primera vez, y en mi deambular por Miraflores llegué a un centro comercial frente al mar y de ahí a un teatro donde presentaban “Incendios”, del dramaturgo libanés Wajdi Mouawad. Yo no sabía nada de la obra ni de su autor, pero lo que me llamó la atención fue la belleza de la fotografía del afiche: una mujer de mirada intensa, con la cara cubierta por un rebozo. Sin otra motivación que la curiosidad, entré. Había mucha gente, y las paredes de la recepción estaban cubiertas de información sobre la trágica historia del Líbano, en particular las muchas invasiones que había sufrido el país por parte de sus vecinos. Luego leí un poco sobre Mouawad, sus orígenes, la condición de emigrante que lo llevó a él y a su familia primero a Francia y más tarde a Canadá, donde ha escrito sus piezas en francés. Finalmente llegó el momento de vivir la experiencia de ver “Incendios”.
La obra está construida sobre la base de un thriller, lo cual en sí no es novedoso. El misterio, si se quiere, es muy sencillo: Nawal Marwan, madre de Jeanne y Simon, ha muerto, y les ha dejado a sus hijos gemelos una tarea a cumplir: Jeanne debe entregar una carta al padre de ambos—en ese momento se enteran de que el padre está vivo, no muerto como creyeron siempre—y Simon debe entregarle una a un hermano de cuya existencia no sabían. Con la ayuda de Jean Lebel, notario y amigo de Nawal, Jeanne y Simon emprenden un viaje hacia el Líbano donde nació su madre, y en ese proceso van a descubrir sus propios orígenes y las razones que llevaron a su madre a no hablar por años.
Lo primero que me impresionó de la obra es la manera en que el público se convierte también en un personaje. Al inicio, Lebel trata de convencer a unos indecisos Jeanne y Simon a entrar a su oficina para leer el testamento de su madre. En esa escena de apertura, los asistentes no vemos a los mellizos porque nosotros somos ellos. Lebel se dirige al público y su invitación a entrar sin miedo al descubrimiento de un pasado incómodo nos incluye. Como los mellizos, nosotros no contestamos, pero al entrar con ellos a la oficina de Lebel simbólicamente empezamos a formar parte del proceso de búsqueda y hallazgo. Nos convertimos en la resistencia violenta que pone Simon, en el silencio reflexivo de Jeanne; es decir, nos preparamos a sumergirnos en los sucesos desde el punto de vista de esos jóvenes que no saben nada de sus padres. Hay otro momento en que los espectadores somos directamente interpelados. Nawal se enfrenta en un juicio a su torturador, y nosotros asumimos ese papel. Ella cuestiona nuestras certezas morales, nuestra responsabilidad en los hechos violentos. Nos pone frente a una víctima, somos el acusado.
La historia va avanzando en al menos dos niveles. Como en casi todo thriller, hay una investigación a partir de pistas que los mellizos obtienen de Lebel y de otros personajes. Esas pistas permiten armar el rompecabezas de la historia, son la evidencia del paso de Nawal por distintas experiencias y también la memoria que llega hasta la generación de Simon y Jeanne. A su vez, conectan pasado y presente, donde el público ve lo que los dos jóvenes no pueden: la historia desde la perspectiva de la madre. Así nos identificamos con ella, gracias a ese conocimiento casi íntimo de sus vivencias, de sus sufrimientos y de los grandes secretos que se ve obligada a guardar.
Lo que finalmente rompen todos los personajes principales es un código de silencio impuesto por las condiciones políticas y sus distintas formas de violencia. Como muchas revelaciones que nos ocurren en la vida, las de “Incendios” son dolorosas pero a la vez transformativas. Esa misma sensación de descubrimiento y cambio se transmite a los espectadores, para quienes los sucesos de Oriente Medio toman un rostro humano: hay personas que han sufrido lo indecible y cuyas historias no pueden quedar en sumidas en el silencio.
Luego de ver “Incendios” salí a las calles ya un poco desiertas de Miraflores. Me sentía lleno de vida, agradecido. No hay nada mejor en la vida que las gratas sorpresas. Y no hay nada mejor que experimentarlas en la acogedora intimidad de un teatro.
