El shock post Revolución

Edgar London

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La palabra “cambio” levanta en Cuba ―y fuera del archipiélago, también― polémicas que la mayoría de las veces se sostienen a partir de pasiones huracanadas y, en raras ocasiones, desde un análisis que se arriesgue más allá del profuso batir de las olas en la superficie, aunque (resulta forzoso advertirlo), cuando el segundo portento tiene lugar, estos análisis suelen derivarse desde un planteamiento político que no escapa de posturas ideológicas personales inclinadas a lacerar la objetividad de tales o mascuales argumentaciones.

Para muchos, tal cambio no pasa de ser una ilusión que se publicita desde las oficinas del Comité Central con el objetivo de aplacar los ánimos nacionales y contentar, sin querer queriendo, a la comunidad internacional. Se afirma, entonces, que las transformaciones no cuentan con un basamento que justifique tamaño júbilo. En otras palabras, representan apenas un intento burdo de maquillaje para ocultar el demacrado rostro de la república cuando el pueblo exige operaciones de excelsa magnitud.

Por otro lado, más positivo, más pragmático, acaso menos ideado, como esa pareja que invitamos a la cama a sabiendas de que no cumple todas nuestras expectativas, pero termina imponiéndose a la opción de una noche a solas, debemos aceptar que sí se han aplicado modificaciones en el engranaje social y político de la mayor de las Antillas. No pocos, detractores incluidos, se han servido de ellas para salir del país o echar a andar su propio negocio en la esquina del barrio.

Pudiera significar el sempiterno pelo del lobo, metáfora del logro estimulante para algunos; símbolo de nefasto conformismo para otros. Empero quisiera apuntar que, desde ese cabello irrisorio, adivinamos otros milagros del animal. La tonalidad del pelaje o su aroma, por ejemplo. Nos aproximamos, diría Wichy, a la forma de las cosas que vendrán.

Yerran quienes dan la espalda al movimiento real y palpable que impulsa a Cuba hacia derroteros inciertos. Puede que la meta sea difusa y controvertida, pero la traslación está ahí. No debiera preocuparnos hoy si nos movemos o no. La pregunta emergente ha de ser otra muy distinta. No… no es ¿hacia dónde vamos? La respuesta a esa interrogante solucionaría nuestros más íntimos conflictos y nos dejaría a la sombra de una política plana, noble, sincera. Es decir, todo aquello que refuta la condición de política dentro de cualquier gobierno.

La incertidumbre acecha desde otros ángulos. ¿Estamos preparados para nuestro destino?, cuestionaría; ¿realmente nos irá mejor allí? Hoy somos la larva que se regenera dentro de su crisálida y sueña con ser mariposa, con esos bellos colores que todos queremos lucir, no porque los hayamos portado alguna vez (acaso lo hicieron nuestros abuelos), sino porque los hemos visto en otros sistemas, en otras latitudes, bajo los dogmas de otras ideologías que ansiamos hacer nuestras igual que hace más de cincuenta años, terceros nos impusieron las suyas. Olvidamos que los otros nunca seremos nosotros mismos. Que nuestra naturaleza es diversa, así también nuestras necesidades e ímpetus. Que las alas de la mariposa se diluyen en los colores más hermosos, pero al mismo tiempo conforman la estructura más débil. Si Cuba equivoca el camino, no sólo perderá la libertad de matices con que ahora sueña. Además, verá desmoronarse sus alas y ya no habrá forma de echar a volar.

Quienes hoy piden revoluciones, se dejan arrastrar por la prisa que espanta al raciocinio e impone los ánimos de la violencia. Cualquier escisión implica un acto de desarraigo. No se trata, pues, de separar a los cubanos buenos de los cubanos malos, sino de integrarlos a todos en pos de una causa común. El bienestar siempre acapara deseos y hace converger las voluntades. Lo que falta, en consecuencia, no es la silueta del camino a seguir, Es la ausencia lastimosa de una guía la que termina por desequilibrar los propósitos de sus andantes.

Hoy, la oposición cubana no pasa de ser un aquelarre disperso sin poder de convocatoria ni líder preciso que inspire deseos de imitar. No han faltado gestos loables de lucha por parte de algún que otro individuo, pero esos buenos ejemplos aislados distan mucho de conformar un movimiento que logre establecer sus fueros en el ámbito político del archipiélago.

Dentro del territorio nacional no cuajan aún los grupos que alzan sus voces en contra del gobierno. Lo impiden intereses egoístas que logran sobreponerse a ese objetivo preciso que, en sus discursos, todos sostienen: instituir la verdadera democracia. Son como grumos que flotan sobre sus proclamadas intenciones y que ora se unen, ora rebotan, mientras mantienen listas en el bolsillo la censura oportuna de que son víctimas para justificar sus múltiples fiascos y desencuentros.

Eso, repito, en el territorio nacional. Más allá de sus fronteras cualquier gestión de los grupos de la oposición cae en saco roto. Para comenzar, ni siquiera son bien vistos por una sociedad recelosa de toda ayuda foránea que venga investida como gesto desinteresado. Personajes ataviados con joyas o de cuello y corbata que desde un micrófono exigen cambiar una realidad que conocen apenas por referencias subjetivas en los medios de comunicación, no podrán jamás imponerse en el corazón de los cubanos. A pesar de que no pocas organizaciones disidentes en el archipiélago buscan apoyo en sus homólogos con domicilio en Estados Unidos, España o hasta Checoslovaquia. Sin embargo, por el momento, las gestiones no han pasado del apretón de manos formal matizado por promesas que siguen añejándose en el limbo.

Sí, es tentadora (y hasta necesaria) acoger la metamorfosis que termina por dar paso a la mariposa. No obstante, bien sabe la oruga que durante el proceso no se debe violar ninguna etapa, so pena de perecer.

La confusión de los cubanos en torno a las transformaciones propuestas por sus dirigentes, la desarticulación de la oposición y sus rencillas internas, la ventaja que mantiene el gobierno gracias a este caos (en buena medida, inducido) que le permite mover sus piezas sin mayores presiones, la ausencia absoluta de una guía bien definida a la cual la sociedad pudiera aferrarse, son algunos de las más evidentes muestras de que Cuba no ha madurado lo suficiente como para exigir, primero, y acogerse, después, a una verdadera democracia, con sus innumerables virtudes y no menos cantidad de defectos. El problema es que tiene que hacerlo. Idéntico a la primeriza que se aterra porque llegó el momento de parir y aunque considera que no está preparada no tiene más remedio que abrir las piernas y empezar a pujar.

Pero hay algo que siempre debemos recordar. El camino a la democracia no debe ser cimentado por pasiones, sino por razones. Si hoy no somos capaces de preparamos a conciencia para el panorama que tarde o temprano ha de llegar (es axiomática la inserción de Cuba a los mecanismos ideológicos y políticos que mueven al mundo por mucho que se resista su cúpula de saurios), mañana no sabremos cómo aprovechar sus ventajas y terminaremos siendo pasto de monopolios, argucias neoliberales y afanes anexionistas, que son, en la actualidad, la nueva expresión de la dictadura totalitaria que ya harto conocemos. En pocas palabras, sólo trocaríamos el nombre de un hombre que nos oprime por el de una trasnacional o partido político que terminará haciendo lo mismo.

Aunque, no lo niego, incluso cambiar de dueño puede sonar esperanzador para quienes fuimos obligados a aceptar un matrimonio ideológico que, desde sus orígenes, hace cincuenta y cinco años, ya ameritaba el divorcio.

Del Autor

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Edgar London
(Cuba, 1975). Escritor. Ha recibido el Premio Internacional de Ensayo Agustín Espinoza, México, 2008; Premio Nacional de Cuento Criaturas de la noche, México, 2007; Premio Nacional Eliseo Diego en Narrativa, Cuba, 1998; Premio Nacional 13 de Marzo en Narrativa, Cuba, 1998 y el Premio Nacional Fronesis en Narrativa, Cuba, 1997. Actualmente es profesor en varias universidades de México y columnista del periódico “10 minutos”. Ha publicado los libros de cuentos: A escondidas de la memoria (2008), (Pen) últimas palabras (2002) y El nieto del lobo (2000).