La obra literaria como sabiduría de la ambigüedad y de la incertidumbre…
…”mi poesía se inscribe dentro de la tradición
de la literatura moderna, que es una literatura
de exploración y de invención.”
Octavio Paz“Nunca más debe haber una sola voz o una
sola lectura. La imaginación es real y sus lenguajes múltiples.”
Carlos Fuentes“Las novelas son aparatos para hacer preguntas sofisticadas y
para tratar de adivinar lo que no entendemos”.
Juan Gabriel Vásquez“La sabiduría de la novela es la sabiduría de la incertidumbre (…)”
Milán Kundera
Toda obra literaria –novela, cuento, poema— de verdad válida, nos hace otros, de algún modo nos cambia, de ninguna manera nos deja indiferentes. Habla a nuestra sensibilidad y a nuestra inteligencia, o a ambas a la vez. Nos deslumbra.
Como escribiera el desaparecido escritor norteamericano David Foster Wallace, en una obra literaria “lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada.”
Así lo corrobora el escritor español Andrés Trapiello, cuando afirma: “Lo que se sabe sentir se sabe decir, y la literatura que no nos emociona, que no nos conmueve, ¿puede tener algún interés? Sólo lo que nos conmueve, nos hace mejores, de una u otra forma.”
Todavía con mayor radicalidad lo expresó Franz Kafka en una de sus numerosas cartas:
Si el libro que estamos leyendo no nos espabila de un mazazo en la cabeza, ¿para qué lo leemos? Necesitamos que los libros nos afecten igual que una catástrofe, que nos duelan en lo más hondo, como la muerte de alguien a quien queremos más que a nuestra propia vida, como ser desterrados a un bosque alejados de todos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar helado de nuestro interior.
La gran obra literaria nos enfrenta a grandes retos y desafíos, nos abre las puertas de la imaginación y de la fantasía, de los sueños y de la utopía, de la extrema posibilidad. “La literatura –reflexiona el filósofo español Emilio Lledó en “Necesidad de la literatura”– no es sólo principio y origen de libertad intelectual, sino que ella misma es un universo de idealidad libre, un territorio de la infinita posibilidad.”
Es así como las grandes obras literarias no sólo enriquecen nuestra experiencia vital sino que además expanden nuestra capacidad intelectiva y perceptiva y ahondan nuestro conocimiento del alma humana.
La obra literaria de verdadera valía se propone conocer la realidad, llegar al ser íntimo de las cosas. Más exacta y precisamente, investiga las posibilidades de la existencia humana. En El arte de la novela el escritor checo Milan Kundera define así acertadamente el género de la novela: “La gran forma de la prosa en la que el autor, mediante egos experimentales (personajes), examina hasta el límite algunos de los grandes temas de la existencia.”
Estos grandes temas encarnan en las acciones y en los personajes novelescos, pues en la literatura, a diferencia de la filosofía, la reflexión cobra cuerpo, se hace materia sensible. En ella se hace concreto y vívidamente perceptible lo genérico, lo abstracto: la soledad, el amor, el miedo, la desazón, la angustia, la indefensión, los juegos del azar, la incomunicación… Como expresa el escritor francés Marcel Schwob: “El arte se encuentra en el lado opuesto de las ideas generales, se limita a describir lo individual y a desear lo único. Nunca clasifica, sino que desclasifica.”
Pero no se limita la obra de creación de genio a repetir lo conocido, sino que, por el contario, a través de la imaginación creadora genera nuevo conocimiento. Revelación y descubrimiento, pues, no sólo confirmación y expresión de lo ya sabido, expresado y dicho. “Las novelas –cito nueva vez a Kundera en la obra referida–prolongan la conquista del ser, ponen al descubierto una nueva parcela de la existencia, no sólo confirman (o no se limitan a) confirmar lo que ya se ha dicho… “La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral. El conocimiento es la única moral de la novela.”1
En igual sentido se pronuncia Carlos Fuentes en su Geografía de la novela: “La libertad del arte consiste (…) en enseñarnos lo que no sabemos. El escritor y el artista no saben: imaginan. Su aventura consiste en decir lo que imaginan. La imaginación es el nombre del conocimiento en literatura y en arte”. Es así –añade Fuentes– como Cervantes y kafka nos mostraron la “realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo.” Y añade el prolífico escritor mexicano: “La literatura potencial y conflictiva de nuestro tiempo trata de darnos, pues, la parte no escrita o no leída del mundo”.
Este conocimiento que nos proporciona la literatura difiere de forma sustancial del que nos brinda la filosofía o la ciencia, y es además un saber radicalmente alejado del dogma político, social o religioso, radicalmente opuesto al discurso totalitario y único del poder, y asimismo al pedestre del hombre común, preñado de ideas preconcebidas, tópicos y lugares comunes. El conocimiento literario muestra, pues, una extrema especificidad que le es absolutamente consustancial.
El conocimiento de la obra literaria se afinca en la incertidumbre, el relativismo, la conjetura, instaura la ambigüedad y la polisemia, se abre a la polisemia y a la multisignificación, nos enfrenta a la inabarcable complejidad de la existencia. Sus armas son la ambigüedad, la mirada oblicua y la ironía, el juego y la hipótesis. La conjetura y la paradoja. “La literatura es –nos recuerda el filósofo Alain Finkielkraut– la gran guardiana de la pluralidad, deconstruye las simplificaciones de las ideologías.”
Se empeña ésta, diríamos que gozosamente, en problematizar y complejizar nuestra visión de la realidad. Con su rico, imaginativo, creativo discurso, rompe nuestros rígidos y fosilizados esquemas mentales, nos obliga a replantearnos las cosas tal como las hemos venido percibiendo y conceptualizando a lo largo del tiempo, nos saca de la molicie y del muelle acomodo al que nos hemos habituado indolentemente, subvierte lo sabido y aceptado de forma ciega e irracional, perezosamente, hace saltar por los aires los lugares comunes, los tópicos, las sobadas, manidas y manoseadas ideas preconcebidas y estereotipadas (“…escribo contra las ideas estereotipadas. Siempre se escribe contra las ideas estereotipadas”, concluye categórico el filósofo francés Gilles Deleuze) que hemos venido acumulando de manera insensible y sonambulesca a lo largo de años, lo premeditado y lo aceptado de antemano, los perniciosos y dañinos prejuicios. Nos remueve, en suma, la gran literatura el suelo bajo los pies.
Toda obra literaria de genio es por su sabia reflexión heterodoxa rabiosamente abierta a la ambigüedad y a la incertidumbre una “Balada imprecatoria contra los listos” y sus inamovibles certezas, tal como lo expresa el poeta y narrador colombiano Álvaro Mutis en un magnífico poema (cuyo título quedó consignado más arriba) del que no me resisto a transcribir aquí unos pocos versos:
Porque cruzan por la vida/ sin haber visto nada,/ sin dudas ni perplejidades. /Su misma certeza los aniquila.
La gran obra literaria siempre es –sobre todo— expresión del mundo propio del autor, expresión de una voz única e inconfundible. La gran obra literaria siempre es la expresión de una sensibilidad, una manera de ver, de mirar el mundo, de sentir el mundo y de decirlo y expresarlo de una particular manera, siempre única e inconfundible. Mientras más singular, poderosa y rica sea esa visión, más grande y mejor lograda será la obra.
Ante la gran obra de genio percibimos esa presencia portentosa de un mundo autónomo que se sustenta por y en sí mismo, que se nos impone y que genera sus propias leyes y sus propias claves interpretativas y críticas. Así la Divina Comedia de Dante, El Quijote de Cervantes, las obras dramáticas de Shakespeare, el Obsceno pájaro de la noche de José Dono, Pedro Páramo de Rulfo o Paradiso de José Lezama Lima.
El tránsito a través de las páginas de una obra literaria será pues una aventura única a través de un mundo único y siempre inexplorado y novedoso. La gran literatura no copia el mundo ni reproduce el mundo, añade una nueva realidad al mundo, sofisticada realidad artística completamente válida en sí misma, objeto autosuficiente añadido al mundo2, que lo reinterpreta, indaga y explora, que busca no juzgarlo ni condenarlo sino hacerlo entendible, inteligible, humanamente comprensible.3
Toda gran obra literaria es así, en suma, una aventura cognoscitiva de la existencia que nos llevará por geografías desconocidas del alma humana, experiencias vivenciales y estéticas que, al final del viaje, al final de la venturosa y excitante aventura, nos hará diferentes, nos hará otros, nos habrá cambiado. Como escribe el filósofo español Fernando Savater reseñando uno de las novelas recientes del escritor Javier Marías: “Cuando cerramos el libro, quedamos a la par desconcertados y convencidos, lo que yo llamaría el efecto Marías. De lo que no cabe duda es de que salimos sacudidos por una incursión a cuerpo limpio en un territorio irremediable que no admite visitas programadas… “
