Primera parte
Si T.S. Eliot dijo que «Abril es el mes más cruel: hace brotar / lilas en la tierra muerta, mezcla / memoria y deseo, remueve / lentas raíces con lluvia primaveral», para los centroamericanos febrero es el mes más febril, acaso el más delirante, y no por menos, el de la poesía más cruel, al final, recuerden amigos, que Centroamérica no existe.
En el mes de febrero visité lo que, a riesgo de sonar dantesco, nombré «el triángulo del infierno», a las tres ciudades más violentas del mundo: Tegucigolpe (Honduras), Sansívar (El Salvador) y Guatemuerte (Guatemala). Ésta es una bitácora crítica de aquel mes que pasé entre poetas, entre Yuscarán y Quetzaltecas (aguardientes), entre fronteras dispares, entre barrios donde retumbaron los balazos al unísono de los fuegos artificiales; un mes en el que habité la poesía desde Centroamérica, desde sus poetas, desde sus lugares de encuentro, desde sus obsesiones y sus dolores.
Llegué por el siete de febrero a la ciudad de Tegucigalpa alrededor de las nueve de la noche, luego de un viaje lleno de coincidencias casi cósmicas; llegué a una ciudad que se comía a la oscuridad, a una ciudad que se miraba desolada a esas horas de la noche, en la terminal esperaban los poetas: Mayra Oyuela y Martín Cálix.
Tegucigalpa, Tegucigolpe, Tegucimuerte, Tegucinada, es una ciudad herida, o una herida en Centroamérica, es la ciudad más voluptuosa en que he estado, llena de cerros, de subidas y de bajadas, no sabés cuándo el camino viene o cuándo el camino va, lo que sin duda hace más voluptuosa la ciudad es su violencia, esa violencia que se respira por todas sus calles y avenidas, por sus rincones más ocultos, esa violencia que nos pertenece a todos. Podría decir tanto sobre la ciudad, sin embargo eso es tema por sí solo de una reflexión aparte. En este texto quiero dar cuenta de sus habitantes más extraños, de sus artistas más comprometidos, de esos ecos que vagan solitarios en las calles oscuras de una ciudad en ruinas: los poetas.
La poesía de Tegucigalpa no es ajena a su ciudad, una poesía herrumbrada, corrosiva, caustica, nostálgica, crítica, generosa, deslumbrante, combativa y, sobre todo, comprometida. Entender el contexto en el que se está escribiendo hoy día en Honduras requiere volver la cara a la historia, como siempre, pero en este caso a una historia demasiado reciente, a una herida tan fresca que aún brota pus de su infección; hablo del Golpe de Estado del 28 de junio de 2009 que depuso al expresidente Manuel Zelaya, este hecho que causó una indignación más pirotécnica que fáctica entre la izquierda latinoamericana, derivó en una cohesión entre los artistas hondureños de la resistencia, en su momento. Es sin duda, una coyuntura para la poesía hondureña, hay un antes del Golpe y un después del Golpe; los poetas no encuentran otra forma de decir las cosas más que en sus versos, están sitiados en un país que ya no les pertenece más, no tienen forma de expresarse, no hay derechos de nada, y hasta hoy día, año en que cerraron su Secretaría de Cultura, fueron totalmente arrinconados, intimidados, desahuciados, vejados; es ésta quizá, la verdadera posguerrilla de los hondureños. Después del Golpe de Estado nada volverá a ser igual, y la poesía sigue siendo su mejor barricada de defensa.
Llegar a la casa de un poeta es, invariablemente, llegar a alguno de los corazones neurálgicos de toda ciudad, las casas de los poetas son antros de mala muerte donde se reúnen artistas de todo tipo, las casas de los poetas son vicisitudes de algún círculo del infierno donde todos danzan con súcubos mientras beben mezcal, la casa de los poetas son efímeros cometas que destellan luz entre las nemorosas ciudades. La casa del poeta Martín Cálix no tenía por qué ser diferente, ahora a la distancia no dejo de imaginarla como la casa de Usher, no dejo de pensar en el desmoronamiento de la casa como metáfora del desmoronamiento de Tegucigalpa, de Honduras, de Centroamérica. Así recuerdo los Shultz.
Ahora bien, si es cierto que los poetas son la antena de la sociedad (Pound dixit), por fuerza necesitan un lugar para anclar esa antena, los «espacios», sí, los espacios poéticos de las ciudades son casi tan importantes como los poetas mismos, en ellos se desenvuelve la vida literaria y cultural de una ciudad, sin ellos los poetas jamás tendrían contacto con las personas, aquellas que eventualmente se convertirán en sus lectores. El lugar por excelencia para las lecturas en Tegucigalpa es el «Café-Bar Paradiso», quizá el único lugar que se mantiene para leer poesía en toda la ciudad, al menos es el espacio donde más se refugian los poetas, donde siempre serán bienvenidos y hallarán ahí su mejor trinchera para encender sus versos; el dueño es el poeta Rigoberto Paredes, un tipo muy agradable, que a primera vista parece el abuelo de todos los poetas en Honduras, de la generación de Roberto Sosa, Alexis Ramírez, etc., Rigoberto no se corresponde con su edad, es tan jovial en su trato como en su poesía, es un poeta atemporal.
Podríamos decir que los padres de la poesía moderna de Honduras son, junto a Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, Alexis Ramírez y Clementina Suárez, herederos de un Juan Ramón Molina y un Froilán Turcios, poetas modernistas estos últimos. A Roberto Sosa lo conocí en el 2006 en la Ciudad de México, un tipo amable y generoso, que siempre dio toda su poesía a borbotones, sin duda el poeta de Honduras del siglo veinte, y uno de los mayores referentes de la poesía centroamericana, a mí parecer junto con Roque Dalton y Otto René Castillo, configuran la triada de mejores y más comprometidos poetas de la región, claro en su debido contexto y con sus debidas dimensiones.
Pero hablando de poesía hondureña actual, de sus jóvenes y sus no tan jóvenes, he de decir que las precarias condiciones en que se encuentra el arte en el país, genera grandes condiciones creacionistas, no es sino a partir del holocausto y el abandono que el artista puede crear obras contundentes, singulares y de ruptura. El primer poeta hondureño joven que conocí en persona fue Magdiel Midence (de nuevo en la Ciudad de México) luego de conversar un rato con él, me di cuenta que no era un tipo cuerdo, que estaba lejos de estar en sus cabales, pero que respetaba tanto la poesía como cualquier otro poeta; Magdiel es un poeta lúcido en sus poemas, es traductor del francés y ha leído a los simbolistas, parnasianos y demás poetas malditos franceses en su lengua: de Villón a Baudelaire, de Mallarmé a Lautréamont, de Verlaine a Valery, etc., toda esa influencia maldita se ve reflejada en sus cuatro libros de poesía: Retrato de un payaso adolescente, Duermevela backstage, Enjambre en mi cabeza y Como Caín (inédito); sin duda podría decir que Magdiel es el poeta maldito hondureño, quizá se convertirá en el poeta maldito centroamericano. Su poesía de ruptura vino a revolucionar la forma cómo se había escrito en Honduras hasta entonces: performista, actor, lector, orador, pastor del infierno, demonio entre los demonios, espíritu chocarrero, vive la poesía como si fuera el último día de su vida, lee poesía con la pasión de los parias del mundo, de los exiliados del paraíso, de los barqueros del Aqueronte. Hace algunos años nadie entendía sus versos, nadie apostaba por su poesía, nadie sabía por qué un loco se había escapado del manicomio, ahora ha instaurado un estilo, una forma por más de uno repetida e imitada y, como los buenos locos, abrió los caminos que los sabios más tarde recorrerán. Este camino pedregoso que el poeta escogió, lo llevó a crear su propio sello editorial junto a la poeta Nincy Perdomo, el cual ha rendido varios frutos, donde publica sus poemarios y el de otros poetas de factura similar. Sin duda Maladive es una de las editoriales independientes más importantes en Honduras hoy día.
Hay otra razón por la que fui a Tegucigalpa: la editorial independiente subVersiva, que cualquier elogio que haga será, sin duda, mal visto, ya que he sido editado por ella, así que me remitiré a decir que el valor de constituir una editorial independiente en un país como Honduras, es inimaginable, así como lo es el gran esfuerzo que ello representa. La editorial está a cargo de los escritores Martín Cálix y Miguel Acosta, el primero poeta y el segundo narrador. Hablar de la poesía de Martín con objetividad es un trabajo doble, primero porque es mi editor y segundo porque es mi amigo, seré breve; Martín llegó hace poco menos de dos años a Tegucigalpa, es de Yoro al igual que Roberto Sosa; es un continuador de la tradición poética en Honduras, si Sosa le dejó la batuta en mano a Fabricio Estrada, éste, sutilmente le ha ido acercando la tradición a Martín; ha publicado los libros 45° y Partiendo a la locura, tiene al menos tres libros más inéditos, en ellos está la poesía más contundente del poeta: Pájaros de postguerra y El año del armadillo son dos libros que serán un referente para la poesía hondureña de esta década, de eso no me cabe la menor duda.
