El salto al vacío de la inspiración

Arturo González Dorado

arturo-gonzalez-dorado-columna-otrolunes32

La palabra poética brota tras eras de sequía, afirma Octavio Paz en El Arco y la lira. El momento en que surge, el momento de la inspiración, esa inefable realidad que todo creador ha sentido alguna vez, es epifanía, y tiene también de absoluto misterio.

La soledad del creador no es nunca más completa que en esos momentos previos, cuando a menudo tras horas días, de silencio, y desesperación, surge la palabra poética, no importa si es un poema o es prosa lo que se escribe, si la prosa lleva el ritmo en sí, el halito de la poesía está en ella.

Es sin dudas un salto al vacío. Enfrentarse al silencio, y cayendo en él, sentir su voz.

Pero lo que surge no es exactamente la voz del creador, siendo su otredad, es como algo externo e interno a la vez. Es un destello, un roce de armonía, cuando de nuevo el sentido del mudo parece integrarse, o revelarse.

Lo que afirma es la revelación de nuestra propia condición. Es decir, ese estar ahí, el dasein de Heidegger, frente al cual aparece la otredad del mundo, y de uno mismo.

Lo que surge no es exacta representación de la experiencia, no es sólo el amor, o la tristeza, o el contar una historia, sino su imagen, y en la imagen la revelación de la unicidad, y a la vez, la integración de esta historia o emoción en el orden del ser.

Ciertamente es un salto al vacío, como el de los místicos, es preciso que se derrumbe todo para que surja la visión. La opacidad del mundo se aclara.

Es ritmo, es imagen, porque lo que surge no es nunca la percepción común, sino como la apertura de la percepción. Y es otredad, y mismidad, funde los contrarios, por un instante los funde, y luego, por extensión, como la posibilidad de comunión con el lector, abre al futuro.

A solas en la madrugada, tras horas de silencio, pasando a menudo por el desierto de la sequía, surge.

Enigma es, voz de los dioses, la musa, expresión del inconsciente. Se ha tratado de explicar, y reducir, pero es en esencia lo irreducible.

Lo ajeno se hace propio, y lo más propio revela su otredad, contrarios se funden, la nada da paso al ser, pero no deja de mostrar la temporalidad, o sea, su evanescencia.

Lo extraño se hace propio, lo ajeno resuena, o es posible también que se haga aún más extraño, se cierre en sí, y al hacerlo revele aún más su otredad. La pequeñez, la nadidad humana se hace evidente, el mundo es hostil, es el ahí donde soy yo arrojado.

Pero es posible también, si el esfuerzo continúa, esfuerzo que es una extraña inacción (yo fuerzo la llegada, pero esta ocurre por su propia ley, estando en mí es externa, siendo compañía es también soledad) que el vacío, la extrañeza entrando totalmente en uno se disuelvan y el estado opuesto embargue: ya el mundo no es lo extraño, ya la muerte no es la nada, sino la resonancia de nuestro ser más íntimo, la armonía entre el mundo y el yo, la unidad del ser surgiendo como una epifanía.

El momento de la inspiración se confunde en verdad con el éxtasis místico, de hecho, la fuerza del lenguaje religioso, está en la poesía. Pero no abandona la temporalidad, es un destello, un fluir, un instante de conciliación.

Es imagen, pero, ¿imagen de qué? Del mundo, y de mí, y del otro, de la radical otredad. Y esta revelación de la otredad radical de la cual paradójicamente no estoy separado, es la revelación de mí mismo.

Así estoy, a solas, frente al texto que ha venido haciéndose, en sus meandros, caídas, exaltaciones, esfuerzo arduo y languidez.

Y de pronto, como la irrupción de lo sagrado, cae la palabra en mí. Al leerla luego el asombro me posee. Hay una unidad intrínseca en lo escrito, más bien un centro que se va perfeccionando luego con las sucesivas revisiones, pero que está ahí, ha surgido, siendo mi expresión es una espera, y una revelación. Espera de la lectura donde se confirme su dialéctica de otredad, y expresión de esa unidad que resuena con lo sagrado, revelación del ser, pero que no excluye la muerte, al contrario, la lleva en sí, como que la abraza.

De hecho en el momento cuando saturado de café y nicotina, en el pantano de la parálisis, en la sequía, entra la voz, la palabra surge, la musa se expresa, hay una especie de morir. Yo dejo de ser para ser yo mismo, y escindido entre yo y mi otredad, abrazo la muerte y la vida al unísono.

Sagrado es el momento, también maldito. Lo exterior surge del interior, y a la inversa.

Es erotismo, se funde la memoria y el presente. Expresión de algo que es mi propia raíz, y también mi extrañeza.

Al surgir la palabra me escinde y me une. Ello se hace yo, y yo miro cara a cara lo incognoscible de ella, lo miro siendo reconocido

Sin embargo, se escapa, la próxima lectura puede aún ser exaltada, luego se empalidece. Vuelvo a estar fuera, mas tocado por algo que es una enorme nostalgia, algo buscado, perdido, pero nunca del todo abandonado.

Nostalgia de un estado anterior que se reveló en la inspiración, sea cual sea la forma que esta tome.

Lo que surge, como un destello, revela algo pasado, algo que debe venir, y que a la vez, está aquí y ahora.

Cierto, es como el amor, o es mejor decir, el amor lo expresa.

Cuando ante la espera del ser amado la ansiedad ahoga, cuando se piensa que ya, no vendrá, y la nada parece surgir de todo, un enrome vacío desluce las cosas, el mundo y el propio ser pierden sentido. Mas de súbito, ella aparece, y toda la angustia se desvanece, eres, estás aquí, y en ti me veo a mí mismo, en tu espejo de nuevo el ser me cubre con su manto y la eternidad se cuela en mí.

Fumo pues, bebo otra taza de café; en medio del silencio de la madrugada, a solas, frente al vacío, espero, y de pronto, dando el salto a lo oscuro, brilla la luz, surge la palabra, la música del ser me toma, y por un instante donde parece colarse la eternidad, la soledad de mi sujeto se rompe, el mundo resuena en mí, cifra de mí, cifra del tiempo, cifra del ser, yo soy por lo que ha surgido, siendo yo es otro, y siendo otro soy yo mismo.

Me levanto pues, releo lo escrito, hago estas notas, y fumando en la madrugada, mirando la ciudad silenciosa, el mundo en paz, espero el amanecer.

Y espero también por algo más, en la dialéctica de la vida, espero por el lector, o la lectora, donde en un cuerpo, por un momento, la comunión secreta de la palabra y el mundo, se haga de nuevo posible.

Del Autor

arturo-gonzalez-dorado

Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente.

Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.Tiene publicada la novela Taedium Vitae I (Editorial El barco ebrio, España, 2012).