El silencio de los culpables

Jorge Martínez Jorge

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No existe enemigo más formidable para la literatura que la “actualidad”, esa manera de designar a la realidad que suele avasallarnos día a día y conspirar contra la tarea del creador que está llamada a ser, desde su propia concepción y sustancia, la voz que busca trascender lo cotidiano.

Hay dos momentos en la vida de las sociedades en las que, aunque por motivos bien distintos y contrapuestos, es posible la atemporalidad del quehacer creador del escritor, y no solamente es posible sino que, en su caso, deviene necesario e imprescindible. Veamos ambos escenarios:

  • Cuando ésta, la sociedad en que el creador se desenvuelve, ha logrado un grado de estabilidad y apertura en la que el juego democrático, acompañado de relativas prosperidades económicas y contenciones sociales, hacen que la vida comience a ser lo suficientemente aburrida y monótona para que el arte de la ficción deba concurrir en su rescate poniendo el grado de ilusión e irrealidad que parece inmanente a la propia condición humana;

  • Por el contrario, cuando sobre la sociedad se ha impuesto un régimen donde impera la paz de los sepulcros y la única voz autorizada y bendecida es la del propio régimen y sus personeros y su discurso monocorde, llámese revolución, socialismo, fascismo y cualesquiera otros de los “ismos” que asuelan las sociedades desde que la madre de todos ellos, el fanatismo, impone una verdad oficial. Es allí donde el papel de la literatura -y su artífice el escritor-, se vuelve insustituible poniendo en boca de sus personajes de ficción – o no tanto ni siempre- lo que, de manera velada o explícita, censura mediante el Poder no tolera escuchar en voz alta. Dice Mijaíl Bulgákov, que supo sufrir su vida literaria bajo éste estado de cosas, que “la lucha contra la censura, sea ésta la que sea y cualquiera que sea el poder en el que exista, es para mí un deber de escritor, como lo es defender la libertad de prensa. Soy un ardiente admirador de ésta libertad y creo que si a algún escritor se le ocurriera demostrar que ésta no le hace falta, entonces se parecería a un pez que afirmase públicamente que para vivir no precisa del agua”.

 

En éstos dos escenarios es posible y, en el caso del totalitarismo amordazador, necesario y vital que la tarea creadora se sustraiga de la realidad que asfixia para poner la mirada un poco más allá donde, elusiva, siempre creemos encontrar la trascendencia. Pero es desde allí precisamente, desde esa meta-realidad donde el escritor interpela al poder mostrándolo como es.

Hay, sin embargo, un tercer escenario que no se compadece con ninguno de los dos anteriormente esbozados y en los que la labor creativa se ve asaltada por una dosis de realidad tan insoportablemente hiriente para la condición humana, que la prescindencia del escritor ante éste estado de cosas se convierte en lo que el catolicismo que nos permea calificaría como un pecado y de esos que no se solventan con padrenuestros y avemarías, o por decirlo en un lenguaje más acorde a nuestra agnóstica condición, en un delito flagrante de lesa sociedad, del que tampoco se sale tiempo más tarde con una rápida y culposa admisión de un mero “error” causado por una lectura equivocada de tiempos complejos, como si las historias diarias de represión y muerte, violaciones y atropellos, en suma la degradación permanente de los valores mínimos del individuo capaz de vivir y desarrollarse como ser social, pudieran al fin, considerarse un simple error de apreciación.

Ese escenario -lamentablemente tan común hoy día- se configura cuando las sociedades se enfrentan –literalmente– en cruentas batallas que nacen en el plano dialéctico ideológico y degeneran, inevitable y fatalmente, en la lucha física frecuentemente armada, preámbulo de lo que eufemísticamente suele denominarse como “guerra civil”, cuando de civil únicamente tienen a la carne de cañón utilizada por los “señores de la guerra” para imponer sus agendas de dominación.

En éstas circunstancias, la prescindencia del escritor y en general de la intelectualidad toda, deviene en la peor de las traiciones, la que se comete contra sí mismo para terminar siendo, por omisión o por acción, cómplices útiles y necesarios del poder, olvidando que el único compromiso válido del creador y del intelectual es con los valores que dan sustento y razón de ser a su vida misma: los de la libertad, el respeto por la opinión ajena divergente y la protección a cualquier costo del bien supremo que es la vida humana en condiciones mínimas de dignidad inherentes a su propia sustancia.

No hay hoy, como no hubo antes ni habrá nunca, ideologías o experimentos sociales, -aún aquellos que suelen ser impuestos en nombre de la tramposa entelequia en que fatalmente deviene la zarandeada “justicia social”, basada en una supuesta “igualdad” entre los seres humanos que es no solamente mentirosa, ideológicamente falsa, sino que niega la condición esencial del ser humano: la de su diversidad en talentos y virtudes- que puedan justificar el papel de cretinos útiles que suelen desempeñar algunos -muchos- intelectuales. Algunos desde la militancia en y por el poder facilitador de seguridades y prebendas. Éstos, aunque detestables por su condición mercenaria, son de algún modo menos perjudiciales por mostrar pública e impúdicamente lo que son, preferibles sobre aquéllos otros que escudados en un silencio culpable y culposo, prestan un servicio igualmente valioso a la satrapía de turno.

Por éstos lares suramericanos y por éstos días que van convirtiéndose en meses y oh, horror de horrores, hasta quizás se sumen en años, duele ver a exitosos mercenarios de las letras, meros vendedores de humo en forma de catecismos escritos, defendiendo a la negación misma de la inteligencia que encarna el desaforado Baby Doc Maduro y sus “tontons macoutes” comandados por el López Rega caribeño de chequera gorda y gatillo fácil.

Si escuece ver a éstos personajes desempeñando tan triste papel, el de defensores presuntamente rentados de los CDD (Comités de Defensa de las Dictaduras), lo que por otra parte han hecho desde siempre abriéndole las venas a la pobre América perdida, para que sus amigotes hagan las morcillas con la sangre de sus santos defendidos; si duele ver el caso paradigmático del nefasto personaje arropado por sus oropeles de sumo sacerdote del neopopulismo de discurso pretendidamente revolucionario, mucho más rebela tomar conciencia que los colectivos de escritores e intelectuales de la mayoría de esa misma América perdida optan por la actitud de los tres monos: no hablan, no ven, no escuchan.

Debieran verse en el espejo del estalinismo (que eso es lo que hay, que aunque la mona se vista de seda mona se queda) del que, caído el castillo de naipes de la fuerza bruta, se conserva la figura de los Solzhenitzin, Bulgákov o Pasternak, en tanto que a los otros, los Galeano y García Márquez del totalitarismo soviético, la historia les ha pagado su merecido premio en silencio y olvido. No, perdón, olvido no; para ellos habrá desprecio que es otra cosa, pero olvido no.

Del Autor

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Jorge Martínez Jorge
Escritor y periodista uruguayo independiente, radicado en Punta del Este, Maldonado, Uruguay Como periodista ha colaborado con medios de prensa escritos locales y regionales (Revista La Plaza, Semanario Palabra) habiendo sido columnista y editorialista del Diario La Región de Maldonado, publicando además columnas de opinión en su blog El Mirador Independiente. Como escritor ha publicado en diversos medios digitales (El Libro de Arena, Unión Hispanoamericana de Escritores, bajo el seudónimo Lectoradicto), ha colaborado en género Narrativa y Poesía con publicaciones digitales como Molino de Letras. Publica periódicamente relatos y cuentos breves en su blog “El sitio literario de Lectoradicto”.