Todo aquel que me conoce o al menos ha intercambiado un par de palabras conmigo, puede dar fe de que soy la fanática número 1 de las facilidades y desarrollos tecnológicos que nos ofrece el siglo XXI. Creo, y soy testimonio puro de la gran utilidad que nos brindan las redes sociales, las redes de mercadeo actualizadas y de lo sencillo y eficaz que resulta consultar en Google o Wikipedia.
El caso de mi segunda hermana, en lo personal me sorprende sobremanera. Ha hecho de youtube su escuela de belleza, a tal punto que los cortes de cabello, tintes, maquillaje, diseño de uñas, etc que realiza como pasatiempo, podrían catalogarse como una creación perfecta. Es como si hubiese tomado innumerables cursos con los mejores estilistas y profesionales de la moda.
Mi amigo Juan Carlos es otro de los casos: aprendió a tocar la guitarra gracias a youtube y hoy día formó su propia banda de rock. Carolina, se instruyó en el mundo de las manualidades y ahora vende unas hermosas diademas y accesorios de bebés. Todo gracias a las enseñanzas recibidas a través del internet.
A lo que voy, es que en el siglo XXI, si logras guardar el ego en un baúl y desapegarte de la arraigada necesidad de recibir un título o un certificado en una ceremonia pública, tienes la posibilidad de convertirte en todo un profesional, si te determinas a ser autodidacta y a cultivar la disciplina de estudiar desde tu computadora.
Ahora bien, el hecho de que sea una ferviente defensora de las múltiples herramientas que se han implementado para facilitarnos el trabajo y la comunicación, no significa que considere que debamos olvidarnos del calor humano y de lo bendecidos que somos por poder aprender de la experiencia de los mayores, quienes nos han transmitido sus vivencias y conocimientos, a través de fabulosas historias.
El privilegio de sentarse junto al abuelito a escucharlo contar lo que él mismo vio con sus propios ojos y escuchó con sus propios oídos, es una sensación invaluable. El poder palpar un corazón que habla apasionado, mientras un par de lágrimas navegan en medio de esas inevitables patas de gallina, tiene aún más fuerza que un software sin sensibilidad.
Y es que nuestros abuelos solían ser los Wikipedia del pasado. ¡Vaya hermosa costumbre la que se ha perdido!
El lograr hacer sentir a una abuelita o abuelito como el más indispensable asesor o consultor histórico, no tiene precio. Es tan sencillo como escuchar su quebrada voz que escudriña esa parte emotiva de lo que una vez pasó y que ningún periodista o página web han sido capaces de revelar con tanta pasión.
Si tus abuelitos ya se fueron a descansar en la paz celestial, te invito a que adoptes uno y hagas la prueba.
-Viejo, ¿qué pasó cuando el hombre llegó a la luna? ¿Me explicas un poco sobre lo ocurrido el 9 de enero de 1964 en la ciudad de Panamá? ¿Y la época de la dictadura? Abuelito ¿es cierto que a tu mejor amigo lo metieron preso?…
Luego, accede a internet y realiza las mismas consultas. Verás que tu cuerpo no vibra de la misma manera.
Deja que tu abuelo y tu abuela perciban que en medio de tanta tecnología, la familia los considera un ícono importante de información valiosa. Tal vez repitan el mismo cuento una y mil veces, o quizá hayan olvidado alguna que otra fecha, pero conservan sin duda, el maravilloso arte de contar historias.
Los abuelos nos enseñan a volver a lo básico. Ellos son simples, como los niños. Cuéntales que le declaraste tu amor a una chica, pero ni en broma le digas que fuiste un cobarde y lo hiciste por whatsapp. Coméntales que tienes 2,000 amigos, pero bajo ningún motivo les muestres que son de tu Facebook.
La tecnología es magnífica, pero en las relaciones humanas y en ciertas cosas de la vida, es mejor seguir siendo socio de la vieja escuela.
