Un escritor en formación

Rafael Vilches Proenza

rafael-vilches-columna-otrolunes32¿Cómo se forma un escritor? No tengo ni puta idea. No sé. ¿Cómo eso puede suceder?, ¿Acontece? ¿Ocurre? ¿Acaece? ¿Acaso la luz sucede desde la sombra? ¿El sol? ¿La luna? ¿La noche? ¿El día? Es magia del ser humano. Sus ojos. Imaginería. Prisión del cuerpo. Primicia indescifrable que transporta el ADN. El talento que arrastramos no se sabe de dónde. No depende del deseo personal. No sospecho el secreto. No existe azar alguno en ello. Todo está dado en el camino de Dios y el hombre. Los destinos están tejidos de antemano, no podemos escapar aunque nos pongamos las máscaras que nos destina la vida pública, política, privada. Aunque hagamos los gestos de la simulación. Ni siquiera refugiarnos en otra verdad que no nos pertenece. Aunque por comodín, miseria humana acompañemos el paso del verdugo, su cortejo, no podremos aparentar un rol para el cual no estamos diseñados.

Toda nuestra vida está escrita en las líneas de las palmas de las manos; no las podemos interpretar; no sabemos leer nuestras líneas de vida, escritura que cargamos desde el primer alarido, antes de abandonar la vagina, puerta al refugio materno.

Aun soy el niño que va al campo de su memoria a casa de abuela Liduvina Socarrás Gómez, escucho a tía Ermila leerme novelas, cuentos: es Flor de Leyenda del español Miguel Casonas, prologado por Herminio Almendros, ahora no puedo definir por qué lo hace conmigo y no con los otros sobrinos, no imagino cómo han llegado esos libros al campo, al cuarto de abuela en el Cero de Las Mil Nueve, lugar donde nací.

Soy el niño que escucha, me asusta la noche, no hay luz eléctrica, asechan las brujas, los güijes, caballos endemoniados recorren la noche, en la guásima se balancea un niño ahorcado, las luces de los cocuyos me abisman. No hay tienda del pueblo, escuela. Existe la extrañeza, una mano adivinatoria, tejedora de futuro, luz tempranera, rocío que disfruto en la hierbas del potrero que es aun bosque, no lo han desbrozado, no han hecho con sus maderas añosas la gran hoguera, no es aun el campo donde sembrarán pastos y forrajes, es monte virgen, en él pastan las vacas, hay ese  olor inconfundible a estiércol, la lechería a la que asistimos antes del amanecer, vemos ordeñar las vacas, en nuestras manos van los jarros con un chorrito de café claro, desde las ubres nos echan la espumosa leche tibia, nos tomamos un buen café con leche recién ordeñada, nos hace despertar en la infancia feliz, inocentes, es la edad de Oro. ¿Es casual?, ¿Es aprendizaje obligatorio? ¿Por qué nacemos en un lugar, no en otro? ¿Por qué son estos nuestros padres? ¿El huevo? ¿La Gallina? ¿El escritor?

Abuelo Erade Proenza Almaguer y tío Ismael improvisan décimas. Es el ritmo mañanero, es el paso en la faena, en el laburo diario. ¿Cotidiano? Tío jamás se va a leer Moby Dick. ¿Por qué meten en mis oídos música con palabras? ¿Un gusto a la sonoridad? ¿El placer del lenguaje?

Hay en todo cierto misticismo, un misterio que envuelve a la vida. ¿Por qué me cobija un aprendizaje de ruralidad? No veo el mar, soy una isla, hay agua dulce por todas partes bañando la casa, canales, campos de cañas, campos de arroz, canto de pájaros, gruñidos de cerdos, relincho de caballos, balido de ovejas, berrear de chivo, mugir de vacas, croar de rana toros, organillo que armoniza en la cabeza, es la conformación del mundo onírico, distinto, distintivo. Garzas, sabaneros, palomas, tojosas, zunzunes, tomeguines, gorriones, negritos, azulejos. Es la lección a la sombra de los árboles tutelares del patio, guásimas, caimitos, palmas, marabú, júcaros, jobos. En el desayuno piñas de ratón, pitahaya, plátano, boniato. Estoy lanzando maíz a las gallinas, gallos, pollos, guanajos, patos, guineas y se me mete en los ojos el verde disparejo en sus contrastes.

El polvo del camino entra hasta los pulmones como monóxido de carbono. Me baño en los aguaceros, me zambullo en la laguna, me lanzo desde el puente hacia las aguas del canal de Jucarito. Es mi mundo un universo tejiéndose en los ojos del niño que soy. Un cosmos indiscutiblemente diverso, divertido.

La biblioteca es un santuario prohibido, no nos dejan consultar los diccionarios para que no veamos el significado de las palabras prohibidas (las malas palabras). Jamás me siento en la biblioteca a leer, a escribir, es un lugar respetable, demasiado silencioso, sombrío. Le tengo pánico a las bibliotecas. Saco libros de Las Catedrales.

Soy un adolescente de trece, catorce años, intento escribir cartas, poemas  a chicas a las que nunca leeré mis escritos. Estoy en la secundaria en Puerto Padre, en el Politécnico de Agronomía Manuel Saiz Sánchez en Vado del Yeso, escribo poemas como un poseso condenado a muerte, un adolescente que no verá amanecer el sol de la mañana, surge desde las sombras la maestra Marquiza Lago Pompa, guía, mentora en las lecturas, en el amor, excelsa amante. Culpable en parte del escritor que soy hoy, aún no sabe, no lo sospecha, desliza por mis manos literatura rusa, inglesa, francesa, norteamericana, cubana, un torrente desordenado, besa mi inocencia, la morbosidad, lo prohibido, amor desenfrenado, adolescente. Lectores voraces.

¿Quién puso todas esas trampas ante el niño, el adolescente? Vivencias, desengaños, dicha, amor, aventura, lujuria, experimentación, lo bueno, lo malo, todo junto al alcance de la mano, de la vista, la vida.

Soy un escritor, me apropio de todo. Menos de la mujer del prójimo. El escritor es un carroñero, se alimenta de desperdicios, de miserias humanas, de la podredumbre da al mundo luz, esplendor, luminosidad. Ser, bendecido, iluminado, mancillado, humillado.

Dios habla por su boca, solo Él lo sabe. Me paso la adolescencia escriturando poemas en libretas escolares, noche a noche, me masturbo, no sé qué escribo, qué es ser escritor, no conozco a ninguno de carne y hueso, no los he visto en la televisión, en el cine, no los escucho en la radio, escribo sin saber que esas cosas se hacen para publicar, para ser famoso, por vanidad, para sentarme al lado de personas trascendentes. Escribo para que tres o cuatro amigos del barrio disfruten de mi empeño, del sacrificio, de las horas, días, años nalga.

Ejerzo un oficio que un día me puede llevar a la cárcel, no es una metáfora, no se le parece. Hay sus ejemplos, el más reciente es el caso del mejor cuentista cubano, Ángel Santiesteban, que permanece injustamente encarcelado en Cuba, su isla, nuestra, de ustedes. Traigo esto a colación porque me pregunto ¿cómo los otros escriben sus libros? ¿Qué sacrifican? La poetisa Lina de Feria entrevistada por Luis Manuel Pérez Boitel en el Café Literario de Santa Clara dijo que tiene que estar en situación extrema, sufrir, sin llegar a ser masoquista, para poder escribir, a mí me sucede parecido, en la poesía, no en la narrativa. En mi país siempre estamos al borde de perder la vida, la dignidad, la vergüenza. Pregunto ¿Cómo escribe hoy mi hermano Ángel Santiesteban, que por escribir un Blog Los hijos que nadie quiso ahora está en la cárcel?

¿Vergüenza de ser cubano? ¿Quiénes son los gusanos? ¿Las cucarachas? ¿Los contrarrevolucionarios? ¿Los apestados? ¿Quiénes? ¿Podrá Angelito escribir sus mejores libros en prisión? Está en situación extrema.

¿Quién tuerce, endereza los caminos para que el caminante sediento, agotado, llegue a la fuente, escuche el canto del agua, el soplo fresco, limpio del viento? ¿Acaso en la formación del escritor está incluido el sufrimiento, el martirio humano? ¿Uno elige su destino?

En 1999 †Gelasio Barrero, Edgardo Higinio, Delis Gamboa y yo, cada tres meses asistíamos a los primeros encuentros en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso en La Habana, para escuchar las clases y consejos de Eduardo Heras León, y Francisco López Sacha; para disfrutar, ver y compartir con los amigos escritores Amir Valle, Ángel Santiesteban, Alberto Garrido, Nelton Pérez, Yoss, Raúl Aguiar, Jorge Aguiar, Marcial Gala, Ernesto Pérez Castillo, Jesús David Curbelo, Katia Gutiérrez, Mileidis Meriño, Gertrudis Tula, Marcos Calderón, Pedro Luis Rodríguez, Héctor García, Ana Lidia Vega, Ivonne Galeano y otros tantos, en la casa de visita de Casas de Cultura en 5ta y 82, días verdaderamente luminosos. Los avatares de viajar en botella en pleno Periodo Especial, en autostop desde la Ciudad Monumento Bayamo a La Habana, era una Odisea. Pudiera parecer masoquismo, no lo es; estábamos cayéndole atrás a un sueño que alguien propició poniéndolo en algún lugar del camino, en nuestras cabezas dislocadas. Hay que ser, estar loco para querer ser escritor, un oficio que no da plata para vivir con los lujos que exige la modernidad, la familia, la sociedad. El escritor es un ser que por suerte alimenta el cuerpo de la nada espiritual que nos enaltece.

La formación de un escritor, es una porquería mayúscula, siempre hay un sujeto, un HP del G-2 pretendiendo todo el tiempo dejar caer sobre nuestra existencia, nos preparamos toda la vida para evitarlo y transitar humildemente sumidos en la miseria, la censura, como quien pica aún piedras en las canteras de San Lázaro con cadenas que van desde la cintura al grillete de hierro que hace sangrar los tobillos. Miramos el sol, añoramos la esperanza de mañana.

Un día salgo del Cero de Las Mil Nueve, pueblo mío, tengo un mes de nacido, soy judío, gitano, un apestado, un leproso, la peste desgarra mi piel, la existencia, no paro mi paso, voy y vengo como un prisionero de las aguas por esta, mi Isla, de ustedes, de todos los cubanos; algún día, cargo sin avergonzarme en mi espalda toda la luz, la Patria.

Del Autor

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Rafael Vilches Proenza
(Vado del Yeso, Granma, Cuba, 1965) es licenciado en Educación Artística en la especialidad de Artes Plásticas y egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Es asiduo colaborador de publicaciones independientes críticas con el régimen, como Pensamiento Plural y Voces. Vilches ha obtenido varios reconocimientos, como el Premio Nacional de Poesía Manuel Navarro Luna en 2004 y 2010, por los libros El único hombre (Ediciones Orto, 2005) y País de fondo (Ediciones Orto, 2011); así como el Premio Nacional de Poesía de la Ciudad, en 2005, por Trazado en el polvo (Ediciones Holguín, 2006). También ha sido Premio Nacional de Poesía La Enorme Hoguera (2006); Premio Nacional de Poesía Centenario de Emilio Ballagas (UNEAC, 2008); Mención Nósside Caribe (Italia, 2005) y Mención Poesía UNEAC Julián del Casal (2007). Tiene publicada la novela Ángeles desamparados (El Barco Ebrio, España, 2011). Su libro más reciente es el poemario Café amargo (NeoClub Press, Estados Unidos, 2014).