Cuando finalizó la guerra de independencia en Cuba, mi bisabuelo tomó en arriendo una colonia de la compañía Gómez Mena, se casó con su prima Margarita y se instaló a vivir con ella en un bohío que había construido a la vera de una laguna. Allí plantó una arboleda de frutales y se dedicó a lo que mejor sabía hacer, que era trabajar la tierra. El joven matrimonio empezó durmiendo en una estrecha columbina de hierro y sufriendo todo tipo de penurias. Pero como él era un hombre de carácter, poco a poco las cosas fueron a mejor. Con el tiempo sus tierras crecieron, al igual que su hacienda y su familia. Cuando sus hijos se hicieron mayores, dividió la finca y la repartió entre ellos. Luego compró un sitio aparte y comenzó de nuevo. A nosotros nos gustaba ir a su casa para oírle contar historias sobre sus experiencias en la Guerra de Independencia. De aquel tiempo conservaba un revólver vizcaíno y un machete paraguayo que fue uno de los sueños de mi infancia. Entonces era tan sólo una reliquia colgada en la pared. Allí estaba desde la última vez que el viejo Reyes había tenido que ceñírselo para solventar una disputa.
Fue cuando la crisis de los años 30 del pasado siglo. En una enrevesada operación de compra y venta de ganado, un abogado residente en el pueblo le birló a mi bisabuelo un dinero que, según afirmaba, no se podía recuperar. Para justificar la pérdida, el hombre se remitía a la quiebra del banco donde él lo había depositado antes. Cansado de reclamar en vano lo que era legalmente suyo, Ángel Reyes montó a caballo y se presentó una mañana en la hacienda del abogado. Una vez allí y con la ayuda de dos de sus hijos, empezó a apartar reses en un rincón del potrero. Impuesto de lo que estaba sucediendo, el dueño llegó al sitio en compañía del mayoral, que era un hombre de los más bragados en la zona. Cuando le exigieron explicaciones, mi bisabuelo dijo que había venido a cobrar el dinero que el otro le debía, y que eso estaba haciendo. Entonces el jurista le preguntó indignado si tenía algún mandato legal para aquel acto. En este punto el visitante se llevó la mano a la empuñadura del paraguayo y, sin bajarse del caballo, espetó a sus dos interlocutores:
“Sí, aquí lo tengo. Este es mi mandato. Y si alguien quiere verlo, que salga y me lo diga”.
Dicho esto, se retiró acompañado de sus hijos y de las cabezas de ganado que, según sus cuentas, equivalían al dinero que el pícaro abogado había querido timarle.
Hace dos o tres años estuve en casa de mi prima Margarita, en Miami. Ella me reveló que mi bisabuelo no se llamaba Ángel Reyes, como yo siempre había creído. Su verdadero nombre era Lucas Evangelista Reyes y había nacido el 18 de octubre de 1875 en las lomas al norte de mi pueblo. El viejo Reyes cabalgó y contó reses hasta el final de su vida. Y murió a los 94 años, sin conocer la senectud. Era un hombre de antes.
