Preámbulo mínimo
Este relato está dedicado a Guillermo Vidal, a quien muchos le decíamos el “Guille”. Desde el 15 de mayo de 2004, no pude evitar incorporar a mi hermano el “Guille” (porque realmente fue un hermano para mí) en mi cosmovisión narrativa, y lo convertí en un personaje que aspiro a que esté lleno de magia, sabiduría y ocurrencias que enriquezcan los espacios de mis relatos y novelas. Algunos libros míos ya están dedicados a él, y no me importa repetir su nombre en varias dedicatorias, porque en realidad lo tengo como un modelo del escritor al que yo aspiro acercarme.
En mi narrativa, Guillermo responde a las iniciales de WV (Williams Vidal, como le decía su querida tía-mamá, Cuzy o Lilianda Veguilla). Para mí WV, alias el “Guille”, será (ojalá así sea) un personaje fabuloso que guiará, de alguna manera, a la tribu imaginaria de los val, seres extraordinarios que habitan las regiones narrativas del reino de Imago, y que todo el tiempo están velando por que se cumplan los divinos principios de lo inefable.
Podrá parecer cursi, no sé, pero esta manera de tratar al “Guille” me lo hace tener más cerca y recordar con más nitidez las veces que él y el también querido Ramiro Duarte, se pasaban las tardes en el piso 16 de mi casa, en La Habana, no solo contemplando el mar y esperando el tiempo mágico del crepúsculo, ese umbral prodigioso del sentido más poético que ha podido ver el ser humano, sino charlando sin parar de nuestros escritos, leyéndonos uno a los otros, y viceversa, trazando nuestros derroteros fantásticos de lo que siempre ha sido nuestro verdadero mundo íntimo: la literatura.
El día que Marja leyó a WV
Maldita la gente haciendo cola todo el día
Ni creen en Dios
Ni juegan lotería.
Ni trabajan como antes
Ni quieren a la familia
Ni hacen la nochebuena
Me estoy secando en este cochino país.Fragmento de Matarile
William Vidal (o WV, alias el “Guille”)
Aquello fue algo así como un encontronazo celestial. Marja sintió el erizamiento de algo nuevo que empezaba a refrescar su cabecita (o quizás sería mejor decir: a preocupar su cabecita). En sus manos tenía uno de los libros que había publicado WV, alias el “Guille”. Se llamaba Matarlo-a-él, y era una real locura para esos tiempos que se estaban viviendo en la Isla. En esencia resultaba una novela subyacente, totalmente iconoclasta para la realidad que siempre se había vivido. Pero lo más importante no venía a ser que fuera una novela en rebeldía, que atentaba contra el statu quo de la ínsula toda ni que dinamitara los sueños de los oportunistas y los transformara en un aquelarre de muchos años, sino que estaba tan bien escrita y tan bien empaquetada por su diseño de portada, en la que clavaban a una mariposa, que habían tenido que publicar el libro (sí, pero en realidad lo habían publicado porque los segurosos no se percataron de todo esto que ahora deducía Marja) y no sospecharon que se iba a constituir en una joya de la estrategia subversiva. No solo era buena literatura, sino un sutil documento político, un documento de zafarrancho tridimensional en papel impreso, algo que amenazaría la tranquilidad de la cúpula histórica del Sempiterno y de los dioses imaginarios… Hoy en día los “hermanitos del MININT” lo saben, pero ya no le pueden tocar ni un pelo a WV.
El caso es que WV escribía en su novela que la gente se pasaba la vida diciendo mentiras (pero no mentiritas de ficción, que esas sí son verdades, porque es el lúcido embuste que te hace razonar); y es porque la gente no daba pie a la verdad debido al ego que tienen… Bueno, es cierto, sí, que todos tenemos ego, claro, pero Marja me hizo darme cuenta de que una cosa es el ego racional y otro el irracional, el instintivo, el ego que crea el desmadre humano…
Y por eso es que WV, alias el “Guille”, habla que te habla en su novela, como una letanía, dice ella, un rosario sin parar de cosas inauditas, mencionando al perro calavera de Azabache, que le hacía quincain y cochinadas a la perra de Arcelito, y antes pasaba a la mentira de los reyes, de los tres reyes magos, y de ahí a lo de las cigüeñas. Pero también después WV escribía, y Marja leía y conocía a otro personaje que se llama (o se llamaba, qué sé yo) Paquito Mesa, que se iba para la playita (la novela habla de Las Tunas, donde vivía WV, digo vive, porque él como ha sido universal anda por ahí todavía), y Paquito Mesa se hacía la manuela, bueno todos los del grupo que se iban para la playita (que no era ninguna playita ni na, y sí un riachuelo de pacotilla, pero que para ellos era como el comienzo del mar); sí, todos juntos, se hacían la manuela, la paja en un lenguaje más populachero, prepucio alante y prepucio atrás, como decía (dice) WV… Y la novela seguía y Marja leyendo, calentando sus neuronas, como de seguro hacía Einstein cada vez que inventaba algo, dejaba que llegara la luz de la intuición, y de pronto la chispa, y es por eso que Marja mientras más leía (digo, lee) a WV se le ocurre escribir también, porque es como una chispa de acción, de remordimiento por la vida vivida, por la existencia jodida de la Isla, que le prende la mecha a la muchacha (porque la vida no es solo hacer el sexo, sino también inventar, crear, mentir con la ficción, para hacer la existencia pasajera y aprender, sí, aprender, porque en este mundo lo mejor que podemos hacer es aprender para mejorar en el porvenir de la otra vida, y esto es como transmigración y no eso que cantaba Julio Iglesias de que la “vida sigue igual”.
El caso es que la novela de Matarlo-a-él iba subiendo el tono de Toño que era su protagonista y no Azabache ni Paquito Mesa, era (es) Toño, un tipo que en la contraportada del libro se dice que es un “psicópata, hilo conductor de esta sorprendente novela (…) que da rienda suelta a los delirios de un espíritu poseído por los demonios y que nos hace pensar en los misterios que acechan al hombre…”, y que todo esto no es sino un rejuego de la contraportada del libro para que se pudiera publicar la novela y venderle el cajetín a la censura; es decir, para burlar la censura. Porque en realidad en el centro de Matarlo-a-él no está la problemática del hombre como si fuera un ser social con graves problemas por su propia complejidad humana.
El centro de la novela que Marja tiene en sus manos es el de los acosos del ser humano (del isleño en este caso) producido por una banda de ladrones, Alí Babá y sus “históricos”, que se robaron el país, lo secuestraron, lo enlutaron, lo engañaron, lo prostituyeron y lo vendieron siempre al mejor postor, para que este postor (que no es pastor ni nada) los mantuviera a todos, de parásitos todos, decía Marja (bueno, dice ella ahora y no Toño), caramba, sí, sin importar que se iba destruyendo no solo el país-material, la Isla con su complejo de continente, sino —y mucho más importante— el ser-adentro, la conciencia que iba perdiendo la voluntad del reencuentro interior, que el ser-interior se iba vaciando, se iba transformando en un ego terco y grotesco, en un ego colectivo, una masa que a las diez de última no era sino un individuo vacío, extremadamente vacío que solo soñaba (sueña) con llenarse de cosas: consumir, consumir y consumir. Es decir que la novela de WV enseñaba a través del “psicópata” de Toño, del loco de Toño, que todavía quedaba un gran número de gente loca en esa sociedad que no pensaba en la pacotilla de los cuerdos ni en el consumo de los cuerdos, y que por no pensar en eso (digo, en la locura de criticar la existencia en la Isla, de criticar las estructuras egotistas de la Isla), pensaba entonces en el sufrimiento (digo, bueno, vaya, Toño nos hacía sentir el sufrimiento de los habitantes de la Isla), le hacía sentir a Marja y a mí el gran sufrimiento de la locura humana… Es por ello que esos locos, los quendes activistas, hoy en día se arriesgan diariamente, dijo Marja, y hasta pierden la vida, les meten en el hoyo negro de la tierra, afirmó, y se acabó… No, no se acabó, rectificó la Seráfica en seguida, la esperanza no se acaba, no, chico, no se acaba, volvió a afirmar.
Las locuras de Toño hablan de la beca y de un sinfín de personajes, y de los meches de los alumnos, las presiones de estudio de los alumnos, de los profesores facinerosos y de que se va de la beca, dice Toño, de los que expulsan y los que hacen cochinadas, y todo es una gran gama de cosas que le recuerdan a Marja su existencia becerril en la beca también, que vivió como un becerro, primero, hasta que se dio cuenta de la cochiquera del director y de algunos profesores y empezó a asociar palabras con eso de “becerro”, que es como un novillo que tenía que ver con una “orden del rey Alfonso XI y de su hijo Pedro I, [que] se escribieron las behetrías de las merindades de Castilla y los derechos que pertenecían en ellas a la Corona y a otros partícipes”, como que te lo dice la RAE, consultó Marja, ¡qué caramba!… Y yo me pregunto qué recontra tiene esto que ver con la actitud sumisa que Marja tuvo en sus principios de ingenua chica estudiante en la beca, hija del funcionario Morales, que una vez en su discurso en la explanada del colegio la mandó a sentar, porque ella empezó a sentir un sentimiento raro por su padre, que era ese funcionario estando allí, frente a todos los alumnos hablando en contra del fraude, fustigando el fraude en los exámenes y que ella se quedó de una pieza cuando recordó que en sus muslos, sus divinos muslos, caray, estaban dibujados las fórmulas y ecuaciones del examen, pero que el alto funcionario de su padre hablara de esto, cuando él traía del extranjero las películas pornográficas que despertaron en la niña Marja la curiosidad de la masturbación, que él hablara de esto, recontra, era una incongruencia tremenda, una contradicción de la prostituta inconcebible que tenía ella metida dentro de su ser, porque hay que tener cara de granito (en el caso de él, claro, de Morales, digo), como la han tenido todos los “históricos” y los no-históricos para hacer su historia de la patria… hasta que Marja no aguantó la disonancia, lo que hacían los profesores en la beca, el director con los zapatos de tacón y el biquini rojo —tan rojo y rojito como los chavistas ahora, me digo—, y que ellos solos sí podían tener Internet y se metían en las páginas 3X. Entonces Marja se rebeló a su manera, a la manera de cómo entendió que era la vida, y ligó a dos profesores para mejorar sus notas, no para fijarse de otros exámenes ni llevar chivos que le soplaran, sino para aprendérselos antes del momento preciso en que tuviera que escribirlos, aprenderse las preguntas que iban a salir, a eso ella le llamaba un shorcut al conocimiento, un atajo, para no tener que dar tanto floreo estudiándose una materia que se hacía muy larga, densa, farragosa, muy trabajosa que era la materia, y el asunto era que tenía que endilgarse varias toneladas de palabras y de ideas marxistas, de axiomas político-ideológicos, de presupuestos doctrinarios para el bien de la patria (que todos los días se caía a pedazos); el caso fue que su trama con los dos profesores fue su trauma porque le salió mal, tan mal se dio que ahora la risa se le congelaba siempre al acordarse del Boby (el profesor bovino que se enamoró de ella y creó el escándalo porque la vio bailando con el Pudi, el otro profe que pertenecía a los hermanitos del MININT)… Y así las cosas fue que el show se dio en la fiesta y por eso la expulsaron.
*****
Y Marja seguía leyendo a Martarlo-a-él y se ruborizaba no por el léxico que usaba WV, que era increíblemente imaginativo (el nombre de los personajes, el nombre de los animales, el nombre de las cosas que se le ocurrían: WV era un ocurrente para todo lo que escribía), sino por el uso del idioma en todos los sentidos, en el sintáctico, por ejemplo, en el que las frases eran cortas y eran largas y se estructuraban de una manera a veces inverosímil, como si fueran frases de un narrador y al mismo tiempo frases de un personaje, como si el narrador fuera al mismo tiempo todos los personajes; esa era la característica del discurso de WV: la ubicuidad, era una cosa y otra y otra y una cosa, como si el tiempo se rompiera, se hiciera pedazos entre las palabras, y el lenguaje quedaba en un arrebato de eternidad.
Pero lo más importante era que para la época en que Matarlo-a-él salió publicado, las cosas que decía, que estaban escritas en esa novela, se sentían rechinantes, explosivas, convincentes, verdaderamente revolucionarias, esto sí era un lenguaje revolucionario, porque venía a ser el discurso de la existencia real, de la vida que estaba por encima de la historia inventada. Por eso fue que a WV lo sacaron de ser profesor, lo purgaron de la filial universitaria de su pueblo:
Dios mío mándame el telegrama*
que no soporto a esta gente
Vestida de miliciana.
Hacen la guardia vestidos de milicianos.
Hablan vestidos de milicianos.
Caminan vestidos de milicianos.
Cagan vestidos de milicianos.
Dicen esta Revolución la defenderemos bla bla bla.
Bla bla.
Te miran vestidos de milicianos.
Mándame ese telegrama Dios.
Y Hermes reventándose los sábados en la bicicleta.
Esa bicicleta que yo una vez compré.
Que está vieja.
Pero así vieja y todo sirve.
Y ellos la anotaron porque a ellos nada se les va a escapar.
Ni una asquerosa bicicleta.
Nos la van a quitar.
Pero que nos la quiten.
Que se coman la bicicleta.
Que se coman la casa.
La casa no. La casa sí que no.
La casa es para el Toño.
Que se coman la casa también.
Que se coman al Toño por babieca.
Por estar en los trabajos voluntarios.
De comecatibía.
De mequetrefe.
Dios perdóname los malos pensamientos
que ahora mismo me pongo a rezar.
Rezaré el padrenuestro y el avemaría.
Diez o quince veces lo rezaré.
Estaré rezando siempre hasta que me llegue el telegrama.
*****
Y Marja siente el escalofrío de la muerte cuando el muerto habla de su propia muerte, y no es por la muerte misma, sino por la intuición secreta que se destapa de pronto en los escritos de WV cuando ella se percata de que estaba hablando del tiempo.
La muerte toma cuerpo cuando se sale de la ficción, porque la muerte es el tiempo mismo de los cuerpos, y en la ficción la muerte es una mentira grandiosa que solo se intuye por la creación para hacerse no más que un cambio, algo así como darle vuelta a la página, y encontrar el camino en otra dirección, nada fantasmal ni macabra, una dirección hacia un espacio de quietud inaudita, de una serenidad portentosa, como si se levitara constantemente, imperecederamente, y si prefieres puedes volar sin perder la ubicuidad, y es cuando descubres, o mejor, cuando recuerdas (porque lo debiste saber siempre en tu interior profundo) que eres inmortal, ¿que lo somos? (se preguntó la Seráfica, y dudó por un momento), que ella es —su cuerpo magistral, sus pensamientos sufrientes, sus aspiraciones humanas— una ilusión; la ilusión de un sueño, de que somos un sueño de alguien, o somos las máquinas de algún superprograma, un software perfecto —como me dijera mi amigo el escritor Armando Añel— que funciona desde algún rincón remoto, remotísimo, de un universo impredecible, que nos ha programado mediante misteriosas señales cuánticas.
La muerte —en todos los casos— es la obsesión inversa y fundacional del tiempo, que es nuestro verdadero pecado original, o al menos, su representación: el tiempo es la muerte y viceversa; y entonces fue cuando Marja sintió que había que vivir todo lo que se pudiera: el presente por encima de todo (más o menos como decir: hay que vivir la muerte), pero sin olvidar el pasado y el futuro, porque en definitiva estos dos extremos del tiempo eran los que le daban la categoría de ilusión a nuestra realidad corpórea, que nos desvanecemos, que nos hacemos cuchiflín, mijarra, caca, cenizas, polvo y piltrafa; y que por eso éramos (y somos) ilusorios, ilusos temporales y si no lo entendemos de otra manera (mejor diría: y si no lo sentimos de otra manera) nos volvemos intrascendentes, nos autoninguneamos, impostores de nosotros mismos y al final del tiempo caemos en la Nada.
Y por eso Marja se convenció de que el Toño de WV había despertado en ella la locura rica de la Seráfica; la manera de vivir la vida sin dejarse arrastrar por el pensamiento de los otros ni por las ganas de inventar que pudiera tener un espíritu hacedor, que en un principio pudo creer que la iba a crear, sin saber que ella ya existía.
El Hacedor aprendió con Marja, conoció la realidad de este mundo, y cambió, revivió y supo ser un espíritu fiel a la vida que la Seráfica le contó. Esto me lo dijo ella ahora porque recordaba la novela anterior del Ojo del Hacedor, y también cuando conoció a Joel Merlín, quien le habló de WV y le contó cómo este había sido prisionero en Angola junto al guarachero, y ambos (el guarachero y WV) usaron las artes mágicas de los narradores para escaparse… Más tarde, una vez en que estaba triste, desilusionada y abandonada por Augusto Apolo Adán, alias el Flautista, y primo de Joel Merlín, fue que conoció a WV y aprendió con él la ceremonia del té. Al terminar su nueva y arrebatadora degustación de esta bebida histórica, él le dejó algunos de sus libros y se marchó. .. Entonces, cuando Marja vio la mariposa crucificada en el libro de Matarlo-a-él, lo tomó entre sus manos y empezó a leer.
Bell, febrero de 2003 – Eastvale marzo de 2014, California
[Este relato pertenece a mi libro de cuentos y prosa, inédito, titulado Los artificios del fuego, en preparación para su publicación, y correspondiente a la cuarta entrega de la serie Crónicas Marjianas]
* Fragmento de un parlamento del narrador (que a veces es el mismo Toño) en la novela. El telegrama era el aviso en que en una época en la Isla (creo que desde 1962 ó 63 y hasta los años 80 ó 90) usaba el Ministerio del Interior para avisarle a las personas que habían presentado los papeles (documentos) para irse definitivamente del país. Y después del telegrama, se podían ir en un vuelo hacia Estados Unidos o hacia España, siempre que les hubieran revisado el inventario de todas las cosas que tenían que dejar: las ropas, las prendas, el dinero, el auto, la casa, y todo lo que un ser humano podía necesitar para vivir.