Guillermo Vidal, “el Guille Vidal” comenzaba a llenar un aspecto de la literatura cubana que a él le llegaba con la fuerza impremeditada y fervorosa de la naturaleza, su naturaleza rara vez amansada, casi siempre desmandada, que le resultaba incontrolable y a la que respondía como a un fatum.
Su expresión era propia e irremediablemente auténtica, en un aspecto de nuestro nutrido espectro cultural, en ocasiones ocupado por otros de innegable astucia para la impostación, aunque sin la carne y la sangre que él sabía ponerle. Lo hacía sin previsiones ni contenes. La suya era una picaresca limítrofe del campo y de la ciudad, de la serranía y del litoral, un desenfado nacido de la justificada ansiedad por romper esquemas aparentemente vencidos, supervivientes de un innegable cambio de costumbres con inocultables rezagos. Se echaba a los hombros la función del desmitificador, en cuya consecución debía transgredir y rascar, hurgar, sacar a flote cuanto alcanzaba su mirada zahorí. Donde otros simplemente veían, él miraba, aguzaba la vista, se exigía más. Su objetivo era el retrato con relieves, no la difuminación que escamotea.
¿Lo hacía bien? ¿La suya era una conquista artística? ¿Sus páginas, un dechado de perfección? No puedo dar respuestas afirmativas a esas interrogantes. Es difícil calibrar la tormenta en su impacto más severo. Guillermo pudo parangonarse, en el ímpetu creador, a otro escritor cubano notable, Reinaldo Arenas, pero de signo diferente, los acercaba la imposibilidad de detener la mano que escribe, movida por la desazón de la existencia. En sus más recientes textos publicados —y al escribir esto ansío que otros, inéditos, extiendan su vida literaria, burlen su muerte— la impremeditación y el desfogue del creador-río, incontenible y pujante, alcanzó niveles de sana irreverencia, necesaria cuando en sincera. Fueron trozos de estampida, de virtud creadora. Entonces mostraba el diamante en la arena, quebraba diques y se alzaba con panoramas inesperados, pocas veces mostrado con tal crudeza, pues le nacían desde adentro de las anécdotas, de los personajes, interiorizados y espontáneos. Y lo hacía sin perder la brújula de algunas proposiciones formales en las que se movía con total soltura. De manera que no era el escritor simplemente intuitivo, ni el que hallaba la joya luego de perder el rumbo. Cierto que algunas largas tiradas suyas resultaban hiperbólicas, pero nunca sin la savia de lo vivido y visto. Ahí estaba su expresión acendrada en el paisaje que le daba origen y vida.
Su obra accedía a imperfecciones que un autor como él, por la evidencia de su registro, podía observar sin esfuerzo, pero no alcanzaba a impedir por el vigor de su envión, lanzamiento que le tendía trampas, justificaba errores junto a exaltadas conquistas. Fue, quiero decir, es un escritor de raigambre propia, con algo más que retórica en la mano que escribe. Eso, que es de agradecer, se troncha con su muerte, pérdida inaceptable.