El Guille en mi memoria

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-8No recuerdo exactamente el año que conocí a Guillermo Vidal, sabía de él por sus libros, que había leído con avidez, pero nunca cruzamos palabra. Fue en Las Tunas donde nos encontramos, en la biblioteca de la ciudad; yo hacía una visita allí junto al escritor tunero Andrés Casanova cuando vi entrar a un individuo desgarbado, con barba y pelo revuelto, vestía una camiseta blanca, larga y con dos tallas de más que le llegaba a las nalgas, vaquero desteñido y sandalias, algo en mi subconsciente me hizo pensar en Jesús (junto al que ahora está). Se dirigió hacia nosotros y me saludó con efusividad. Casanova nos presentó: este hombre, dijo, es Guillermo Vidal. La palabra hombre adquirió para mí otra connotación.

Me habían invitado a un evento literario que se celebraba en Manatí y esa noche nos trasladamos desde Las Tunas para alojarnos en un motel de la localidad norteña. Nos veíamos en lecturas y actividades, pero ni una palabra entre nosotros. Leí un cuento en la biblioteca municipal y al finalizar levanté la vista y vi que Guille alzaba su pulgar hacia mí. No me pareció un cumplido, noté que su aprobación era sincera. Por aquella época yo fumaba puros. Por la noche hicieron un performance en una de las cabañas y él se me acercó: me gustó tu cuento y me gusta el estilo con el que fumas, eres un fumador clásico, de los que es un deleite ver fumar, dijo y me tomó del brazo para sacarme al exterior. Conversamos de disímiles temas y de literatura. Confieso que su sabiduría literaria me impresionó. Me regaló un ejemplar de Matarile que recién había salido: “Para Osvaldo, amigo, de los nuestros”, escribió y fue suficiente para que desde aquel encuentro surgiera entre nosotros una amistad que se quebró y me quebró el día que conocí de su enfermedad y del inevitable final.

No sé cómo se las ingeniaba para llevarme a cuanta actividad literaria se hiciera en la provincia, fue el artífice de que estuviera en el jurado del Concurso La llama doble y fue uno de mis compinches en las guerrillas literarias de la feria internacional de La Habana. Una tarde –aún La Cabaña no estaba reparada en su totalidad– bajamos a hurtadillas hasta una zona prohibida, donde antes estuvieron las mazmorras y las recorrimos silenciosos. En medio del mutismo al que nos obligaba el lugar, me atreví a comentar: se respira el dolor impregnado en las paredes, él me puso un brazo por encima del hombro: ¿te puedo pedir algo?; por supuesto, Guille; no escribas esa frase, regálamela. No creo que la usara, no lo necesitaba porque las suyas siempre fueron mejores, pero lo asumí como un halago. Hace unos días releí Las manzanas del paraíso y lo volví a palpar cercano, amigo, bromista y, lo mejor, es que sentí que su espacio junto a mí nunca ha estado vacío.