Abordar a Guillermo Vidal es ante todo, una obligación y una deuda con Las Tunas y con este escritor que tanta admiración (literaria y humana) despertase en sus lectores y amigos y a quien, pese a su comprobada calidad literaria, tan pocos trabajos y atenciones críticas se le han dedicado hasta el momento (sobre todo si los comparamos con el volumen que han recibido, en nuestros circuitos críticos, otros autores como Ena Lucía Portela, Pedro Juan Gutiérrez o Leonardo Padura, por solo citar tres ejemplos de escritores cubanos también reconocidos fuera del país por sus publicaciones en Tusquets, Anagrama, etc.). Por tanto, sumo a la importancia y urgencia del estudio de Guillermo Vidal dentro de la literatura cubana, mi interés personal en su obra.
Me parece una falta inexcusable, que la crítica especializada cubana apenas haya reparado en su obra, más allá de comentarios, menciones nostálgicas o afectivas —estas últimas, sobre todo, posteriores a su fallecimiento—, artículos y reseñas —la mayoría de ellos generales, someros en su contenido, salvo excepciones de marcada calidad literaria, que extienden certeros juicios e interpretaciones valiosas— debidos, en el mayor de los casos, a amistades intelectuales del propio autor (v.g. los casos de Alberto Garrido, Jesús David Curbelo, Amir Valle o Francisco López Sacha).
Aunque Vidal es incluido en varias antologías de cuento importantes no ha sido estudiado con profundidad ni sistematicidad. Si bien existe un buen número de noticias, reseñas breves de sus libros y varias entrevistas realizadas al escritor, estas se reducen casi siempre al marco de las publicaciones tuneras y por ende tienen un alcance local. No pasan de unos pocos los trabajos serios sobre “el gran olvidado de los 80”, como lo llama, escandalizado, el crítico Salvador Redonet. La fatalidad geográfica de escribir en provincia (y su elección volitiva de permanecer en ella, a diferencia del grupo numeroso de narradores, poetas y ensayistas cubanos que deciden asentarse en la capital) mantuvo a Guillermo Vidal un poco “al margen” tanto de los circuitos críticos como del reconocimiento y la visibilidad literarios y sociales (excepto, por supuesto, en Las Tunas). Ensayistas de la talla de Leonardo Padura, Eduardo Heras León, Arturo Arango, Omar Felipe Mauri, Ambrosio Fornet y Madeline Cámara no pasan de incluirlo dentro de la promoción de los 80. La española Begoña Huertas, por ejemplo, lo omite en su libro Ensayo de un cambio. La narrativa cubana de los 80, que ganara el premio Casa de las Américas en 1992.
Las valoraciones exegéticas de peso sobre Vidal se circunscriben a textos como el de Francisco López Sacha[1] “Guillermo Vidal entre la magia y la vida”, el trabajo del escritor Alberto Garrandés “Guillermo Vidal despierta una noche en compañía de Carlos Montenegro”, unos párrafos de Salvador Redonet en su prólogo a Vivir del cuento y unas páginas que le dedica Amir Valle en Brevísimas demencias.
En el marco tunero asoman tímidos acercamientos en la revista literaria Quehacer de Las Tunas. Igualmente, a cargo de la editorial Sanlope se publicó en El texto y sus Códigos II, “Hedonismo y oralidad en Matarile” texto de Alberto Garrido y Antonio Arias y “Perspectivas narrativas en Matarile”, escrito por Lucy Araujo.
En buena medida, creo que su permanencia a ultranza en su ciudad natal ha condicionado que el interés y la atención de la crítica haya sido, en su caso, un lento proceso lleno de obstáculos y olvidos. La negada pero tácitamente practicada tendencia “habanerocentrista” de la literatura cubana lo ha condenado a un cierto limbo de los mencionados mas no inscriptos con plena afirmación en nuestro canon literario de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. Y no sólo hablo con respecto al “habanerocentrismo” de la crítica, sino también al de las publicaciones nacionales (cuyas casas residen en Ciudad de La Habana, con excepción de la editorial Oriente, y reciben una considerable respuesta sociocultural y crítica, amén de amplias tiradas y distribuciones, visibilidad esta que se constata a nivel de premios literarios como el de la Crítica) en relación con los libros editados en las provincias por sellos locales poco difundidos territorialmente (y de modestas facturas y tiradas, según los alcances de las Risografs). Por otra parte, el escritor se vio sometido a la censura de las instituciones culturales, en su gran mayoría tuneras, que bajo la hegemonía de mentalidades estrechas y criterios mediocres pretirieron su obra por varios años.[2]
La apertura y libertad de creación que se comenzó a experimentar en Cuba a finales de los 90 y principios de los 2000, unidas a la innegable importancia de los premios que fue cosechando con paciencia le permitieron, finalmente, disfrutar, casi al final de su vida, de una mayor validación dentro del panorama literario nacional —mas no tanto así dentro del discurso crítico.
Guillermo Vidal es uno de esos escritores que demuestran (como un Macedonio Fernández en Argentina) la incompetencia de las teorías generacionales interesadas siempre en encasillar a los escritores en períodos y tendencias literarias.[3] El escritor tunero resulta una suerte de lobo estepario que anda solo, que se debe a todos y a sí mismo. Navega en la corriente pero no se deja llevar por ésta. Desde un criterio cronológico, pertenece a la primera generación de escritores de la Revolución,[4] pues comienza a publicar en la década del 80 junto a Senel Paz, Abel Prieto, Arturo Arango, Luis Manuel García, Francisco López Sacha, Leonardo Padura y Miguel Mejides.
Sin embargo nos resulta bastante controvertida su ubicación dentro de dicho grupo, pues aunque salen a la luz sus primeras obras a finales de esta década su mayor producción literaria pertenece a los 90 e inicios de los 2000. Es un bisoño cuando están escribiendo sus colegas Senel Paz, Abel Prieto, Leonardo Padura, pero maduro ya cuando escriben Amir Valle, Rolando Sánchez Mejías o Jesús David Curbelo.[5] La mayor parte de la crítica lo ubica dentro de la segunda promoción. Aunque los investigadores Francisco López Sacha y Amir Valle lo sitúan como puente generacional, un “eslabón, hombre-tránsito, puente de unión entre la promoción de los 80 y la de los 90”.[6]
Yo coincido con estos criterios, advirtiendo siempre su relativa independencia dentro de ambas tendencias literarias. Vidal se forma como escritor dentro de los patrones de la segunda promoción, entra a la literatura con la temática, bastante explotada en ese periodo, del niño u adolescente que a través de su particular subjetividad intenta comprender el mundo. Dichos tópicos son motivo recurrente en el autor a lo largo de toda su producción literaria, de esta manera nos entrega al Toño de Matarile, el Willy de Los cuervos, el homosexual de Las manzanas del paraíso, el hijo de La saga del perseguido, y los niños traviesos de los cuentos “Cómo hacemos para comer”, “El velorio de Luis Morgado” “Los queridos sobrinos” y “Las polluelas”, entre otros.
Un cuento como “Se permuta esta casa” (1987) permite observar el desplazamiento sutil de la literatura épica hacia los sucesos cotidianos a través de la rememoración familiar del personaje que abandona el hogar donde nació. Respecto al libro que recoge el cuento antes mencionado el crítico Salvador Redonet refiere:
Se permuta esta casa (Premio David), en el cual la dislocación lingüística de las voces evocadoras y/o dialogantes (-Se permuta esta casa, -Los queridos sobrinos-), el montaje de secuencias diferentes (-Den paso a la cieguita-), el desplazamiento del punto de vista temporal y espacial en un mismo párrafo u oración, (-El velorio de Luis Morgado-), no resultan obstáculo para la fluidez argumental ni la integración del sentido, que puede surgir de una parodia fabular y lexicológica de un texto literario como ocurre en-Cuento de los infantes- que va más allá de los sucesos de “El Robledo de Corpes” para venir a dar a nuestras latitudes…[7]
Estas rupturas y experimentaciones las está haciendo el escritor desde 1984, prueba de que sus búsquedas y estilo están en un periodo de madurez más avanzado que muchos de los escritores de su generación. En su primer libro Los iniciados el lenguaje se instaura como fuerza motriz del texto, muestra juegos lingüísticos, tipicidad rural y alto vuelo poético. El escritor propone de esta manera un nuevo abordaje lingüístico que está motivado por el afán renovador que experimentan los autores de este periodo. Sus obras asumen el fin del “reinado de la anécdota”,[8] a través de la prioridad que se le otorga a la situación, al suceso cotidiano, el ejemplo más concluyente lo tenemos en Matarile, donde “la anécdota pasa a un segundo plano tan oneroso que apenas existe o, si acaso, queda difuminada…”[9]
El autor de La saga del perseguido escribe sus mejores novelas mientras los novísimos están en su máximo apogeo. Sin embargo mantiene sus propias coordenadas, claro que esto no implica que no dialogue, concuerde o sea influenciado por ellos. Con su habitual irreverencia Vidal asume los tópicos marginales que desbordan los escritores de los noventa: la homosexualidad (Las manzanas del paraíso); el homicidio, la prostitución (La saga del perseguido); la descarnada e incipiente sexualidad (Confabulación de la araña, Donde nadie nos vea, Ella es tan sucia como sus ojos, Se permuta esta casa, Los cuervos); el lesbianismo (Los cuervos); la violencia familiar(Matarile); y la recreación de sujetos marginados y marginales como el chivato, el gusano, el asesino, el burócrata, el loco, el mendigo, o el alcohólico (Matarile, Donde nadie nos vea, La saga del perseguido, Los cuervos, El quinto sol, Ella es tan sucia como sus ojos).
La narrativa contemporánea acude a las técnicas de la fragmentación, la parodia, el pastiche, la ironía, la referencialidad, los elementos extratextuales, la deconstrucción del discurso oficial, la mezcla de diferentes registros lingüísticos, etc. Vidal utiliza algunas de ellas, pero vale la pena señalar que estos recursos los usa desde la década del 80 por influencia directa de narradores latinoamericanos como Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Luis Britto y Manuel Puig. Por ejemplo, incorpora elementos técnicos como el de la retención de información y la fragmentación de Vargas Llosa y de Luis Britto, así como el hiperrealismo coloquial de Manuel Puig.[10] El propio Vidal se reconoce, sobre todo, deudor de Manuel Puig, pues hay en sus obras una oralidad que remite directamente al autor de El beso de la mujer araña. Vidal, como el escritor argentino, gusta de recrear una y otra vez en sus ficciones el ambiente asfixiante, monótono y conservador de los pequeños pueblos de provincia. Ambos escritores comparten la predilección por los personajes marginales sumergidos en existencias miserables.
Uno de los mayores méritos del escritor tunero radica en el uso estilístico del lenguaje; es aquí donde se supera como narrador, al ofrecernos una mezcla del habla coloquial, popular rural, con una marcada oralidad, pues “Logra de ese modo consolidar una búsqueda adquisitiva de los resortes tipificadores de la ruralidad autóctona cubana, elevándolos a tipos universales a partir del hallazgo de lo cubano en esos rasgos”.[11] Hay una captación detallada de motivos rurales que se elevan magistralmente a la categoría artística, a través de una sutil y lírica subjetividad pueblerina. Esta ruralidad potencia en las obras la espacialidad significativa, la consciencia provinciana, así como la ironía y el humor extraído del más puro sabor cubano conformando en buena medida la autenticidad de su estilo.
Quiero subrayar que Vidal no es de esos escritores que cambie y experimente mucho en su estilo, o que tenga una evolución bien marcada. El autor crea una estética propia, y claro que dentro de ésta hay renovación, evolución, madurez y purificación de la escritura, pero se mantiene siempre en los mismos límites, dentro de las mismas zonas de búsqueda. Si leemos todas sus obras, estas bien podrían ser interpretadas como partes de una sola. Se constata -a pesar de esta absorción de tendencias y técnicas que asume principalmente de la promoción del 80, los novísimos, y el posboom latinoamericano- un estilo propio que proviene de la sensibilidad auténtica e irreverente de este escritor que no cree en “las generaciones sino en las degeneraciones”.[12]
El narrador tunero no se deja arrastrar por las modas literarias que, lamentablemente, signan la literatura contemporánea cubana. Su referencialidad no implica factores ideologizantes, su crítica nunca se deja ganar por la política. La recreación de personajes marginales, escenas sexuales, y lenguaje obsceno o popular se enmarca dentro de moldes estéticos que responden claramente al acto creativo. Sus textos aunque desplazan en buena medida la acción, el conflicto polar, la intensidad dramática, el impacto, y el tema, nunca llega a los extremos de algunos novísimos que destruyen la historia en el afán de llamar la atención sobre la escritura, ya no como instrumento sígnico sino como protagonista de la obra. Vidal siempre nos cuenta una historia por muy fragmentada, escindida, y desarticulada que esta se encuentre,[13] porque “es un cuentista de altos quilates”,[14] como afirma el escritor de Si Cristo te desnuda.
En sus libros se hace patente la ironía, el humor, la crítica, y el cuestionamiento como en los textos de los novísimos pero el tono que utiliza nuestro autor es distinto porque en él no hay cinismo en el sentido de lo real como desprecio,[15] como desencanto que se convierte en estética de la posmodernidad. En Guillermo Vidal el tono es más serio, responde a una realidad desgarradora, que le duele y por tanto no le es indiferente. Su cuestionamiento no es cínico sino ético y reflexivo como el de los escritores de la promoción del 80.
Se encuentra representada con personalísima maestría los espacios rurales, los textos insisten repetidamente en ubicaciones que representan pequeños pueblos de provincia, alejados de la ciudad y de la modernidad. Esta perspectiva se enriquece en gran medida con el habla popular rural. Cuestión que particulariza la obra de Vidal respecto a las tendencias imperantes, pues prácticamente toda la narrativa de su periodo se inserta en espacios eminentemente citadinos. Sus personajes, por esta razón, son víctimas de una doble marginación, sufren un doble estigma de lo marginal: el territorial, por provenir todos de ambientes puramente rurales, y el que procede de su propia inserción en el entramado de la sociedad, concerniente al grado de aceptación o rechazo de sus posturas individuales frente al cuerpo social y a los actos de exclusión ante las transgresiones con que los sujetos violentan conductas y modos de vida considerados inquebrantables —casi leyes no escritas— por una comunidad.
Por último, vale acotar que no he pretendido con este texto, en última instancia, sino subrayar, ante el silencio y la parquedad críticos, la urgencia de fomentar investigaciones y relecturas más profundas y sistematizadoras, porque la ausencia de un abordaje riguroso del corpus narrativo de Guillermo Vidal me parece, sencillamente, inexcusable.