Hablar de Guillermo me abre la herida del corazón

Palabras in memoriam

Por Rafael Vilches Proenza

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-23Conocí a Guillermo Vidal mucho antes de haberlo visto o leerlo. Mi amiga Laura Bazán con la que junto a Omar Labrada formábamos un grupo literario en Vado del Yeso a finales de los 80 y principio de los 90 había sido su alumna en el Pedagógico, hablaba con sumo orgullo, y una alegría desmedida de su profesor de literatura latinoamericana. Luego fue Zoelia Frómeta, quien nos hacía historias de heroicidad y sacrificios del Guille, y yo sentía una admiración por ese escritor censurado, al que habían echado del trabajo, el tipo era un duro, de él corrían mil historias, (por los censurados en Cuba los otros sentimos una secreta admiración, especie de envidia) finalmente nos presentó Tony Borrego en la Casa del Joven Creador en Las Tunas en la presentación de su novela Matarile, novela que marcaría mi destino como novelista y un punto en la literatura escrita en Cuba.

En la sala de su casa conocí a muchos escritores, y entre ellos a dos seres que siempre serán paradigmas en mi vida, Eduardo Heras León, y Ángel Santiesteban. Dos personas que aún hoy en lo personal y profesional siguen marcando el decoro del escritor cubano en la isla.

El Guille resultó ser maestro, amigo, hermano, padre. Él y Amir Valle se convirtieron en esos Años Duros del país en remansos para seguir creyendo que los escritores en Cuba éramos una tribu donde nos protegeríamos unos a otros hasta las últimas consecuencias:

— Si nos dividen nos joden. Nos decía constantemente el Guille. Palabras que Amir y yo repetiríamos a los amigos hasta el cansancio sin cansarnos.

Y ya lo hemos comprobado en carne propia y con creces. Nos jodieron.

Esa noche de mayo llovía por eso me extrañó ver entrar en casa, empapados y dolidos, a Martha María Montejo Pizarro y a Michael Hernández Miranda, mis amigos y compadres:

— Se nos murió el Guille.

Fue un mazazo sus palabras. Hubiera querido que me partiera un rayo, que me tragara la tierra. Que fueran mentira sus palabras. Sus semblantes pálidos y sufridos. No podía ser cierto. Coño, Guillermo no nos podía hacer esa mierda de morirse y dejarnos desamparados en medio de la nada, de una isla que se iría a bolina sin su presencia, sin su protección, cómo íbamos a llegar a Las Tunas sabiendo que ya no iba a estar allí. Ese sitio tan prodigo en amor y amistades auténticas. Pero lastimosamente era verdad. Acababa de morir uno de los mejores escritores cubanos del momento. El más cercano al corazón. El que nos convirtió en novelistas a todos sus amigos. El que hizo que yo escribiera mi novela Ángeles desamparados, después de una conversación en Bayamo sentados a la sombra de Carlos Manuel de Céspedes en La Plaza de la Patria. Él que nos hizo creer que estábamos a su altura. No faltó a ninguna de las lecturas o presentaciones de nuestros libros. No dejó que se los regaláramos. Hace apenas unos meses recordaba esto cuando en una entrevista a José Kozer me decía:

—  Los libros que se regalan no se leen.

Por eso Guillermo siempre prefirió comprar nuestros libros, para leerlos.

Hablar del Guille abre un abismo de dolor, de nostalgia. Pero hay que seguir hablando, rememorando para que la mala memoria no nos alcance, porque él siempre será nuestro Norte y nuestro Sur. La imagen y el ejemplo al que acudiremos en desamparos y resultados en el largo camino del laburo literario, familiar, junto a los amigos que lo reverenciamos.

Marzo. 2014. Cuba.