La saga de un novelista (ausente)

Palabras in memoriam

Por Michael H. Miranda

A Guillermo Vidal, a quien le ha tocado morir prematuramente, como dicen que mueren los elegidos.

guillermo-vidal-sobre-autor-otrolunes32-17Difícilmente algún crítico pueda negar, con justas razones, que Guillermo Vidal es uno de los novelistas cubanos más importantes de las últimas décadas. Ahora que la muerte lo separa de sus lectores, si bien sólo en lo físico, sus novelas y cuentos quedan como la profunda huella que, en el nervio del cuerpo cultural antillano, deja una vida consagrada a la literatura. Y tal vez nunca sea mejor dicha esa frase tan común en elogios póstumos, destinados a autores con mejor o peor suerte en el tránsito vital, ese arco que nos conduce del nacimiento a la muerte casi con similar perplejidad.

A Vidal le ha tocado morir prematuramente, como dicen que mueren los elegidos. Tenía apenas 52 años y, en plenitud de facultades, atravesaba por un excelente momento creativo. Justamente por su envidiable capacidad de trabajo fue edificando, paso a paso, una obra portadora de diversos rasgos distintivos dentro de la novelística contemporánea en la Isla, entendida ésta como epicentro cultural al cual se suman los fragmentos provenientes de todas partes del mundo.

Y es que esa suerte de república novelada que dialoga con sus historias y su trazado es el dibujo más transparente de las luces y sombras de la Isla. De Villaverde a Carpentier, de Lezama a Leonardo Padura y de Cabrera Infante a Abilio Estévez, sin soslayar hitos como Carlos Montenegro, Virgilio Piñera, Severo Sarduy y Antonio Benítez Rojo, la novela cubana devela perfiles y junturas que nos hacen reconocibles como nación y nos afirman en la idea plural del cuerpo dialogante, por encima de todas las coyunturas y todos los silencios y barreras.

Si un vacío mayor deja la pérdida de Guillermo Vidal entre nosotros, es precisamente la posibilidad de continuar agregando a ese monumento las nuevas cifras de su singular ejercicio intelectual. Porque nadie como él hizo de la conversación, del dime y el direte, del lenguaje puramente coloquial —que desdeña rebuscamientos y pasajes pulidos hasta el arropamiento del discurso—, un concepto narrativo, un arte del contar que imbrica técnica y lucidez, tenacidad y pericia, sin mucha contención estetizante pero con el ardoroso deseo de dejar el testimonio irrebatible de la etapa que vivió.

Ese modo de armar y estructurar una buena anécdota o peripecia lo situaba, de manera conciente, muy próximo a las más disímiles tendencias, incluyendo el costumbrismo, del cual tomaba personajes y situaciones para servirse de ellos y recontextualizarlos. O el postboom, más cercano en lo formal, entre quienes citaba como sus dioses, otra vez, a uno público —Cabrera Infante— y otro un tanto más secreto —el argentino Manuel Puig—.

Tanta persistencia debe traer como resultado una considerable cantidad de libros, algunos mejores que otros. Y Guillermo Vidal los tuvo y ha tenido la ocurrencia de dejárnoslos. De ellos sobresalen dos novelas, lanzadas al mundo con fortuna desigual. La primera es Matarile (1993), su opera prima en el género, que llamó la atención sobre las cualidades de un autor hasta ese momento tenido por cuentista. La segunda, El quinto sol (1995), aunque ganadora en Cuba del Premio Dulce María Loynaz, fue azarosamente publicada por una editorial de provincia con muy escasa tirada, poco atractivo diseño y ninguna atención crítica.

 

El principal consejo de Guillermo

Escribiendo. Así debe vivir un escritor de verdad. Ese era el principal consejo de Guillermo Vidal cada vez que se lo pedían. En público y en privado siempre lo mismo: trabajar sin descanso. Dicen que al morir tenía concluidas cuatro novelas y un volumen de narraciones que contiene más de quince relatos. Era prolífico. Le gustaba repetir que si se escribía aunque fuera una cuartilla diaria, al año se tendría una novela de 365 páginas. Y a veces bromeaba sobre la limitación tecnológica de un escritor. Decía que si hubiera tenido mucho antes una computadora, su producción se habría duplicado.

Quizás no le faltaba razón. Su escritura en los últimos años fue muy intensa, casi febril, y ese esfuerzo —para él la cosa más natural del mundo, sin dudas—, le deparó muy buenas noticias en materia de concursos: su novela Las manzanas del paraíso consiguió el Premio Casa de Teatro de República Dominicana y fue publicada por la editorial Plaza Mayor, de Puerto Rico. La más reciente, La saga del perseguido, se alzó con el Premio Alejo Carpentier, que otorga el Instituto Cubano del Libro, el mejor dotado de los certámenes literarios dentro del país, y vio la luz por la Editorial Letras Cubanas el pasado año.

La última vez que vi a Guillermo Vidal fue en La Cabaña, en plena Feria del Libro de La Habana. Había adelgazado y aunque el cáncer al parecer ya le rondaba, se mostraba igual de afable, sonriendo hasta por gusto. Iba camino a una lectura de jóvenes poetas provenientes de su misma ciudad, Las Tunas, como si fuera el suceso del año en el menguado ambiente literario del país. Le comenté que ese gesto era más bien raro, al menos en los tiempos que corren, tan poco dados a las fraternidades intergeneracionales en literatura. No tenía yo muy claro que su oxígeno era la amistad y que la depositaba sin muchos recelos precisamente entre quienes comenzaban a dar sus primeros pasos en el universo de las letras, no importa el género.

Una anécdota trae a Jorge Luis Borges, ya ciego, en la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires. Al llegar, el poeta dijo: “Hay mucha luz aquí”, y ordenó cerrar las ventanas. En medio de la penumbra total, comenzó a hablarles a algunos amigos y era como si todos habitaran el cosmos ficticio de un Borges inmortal. Al morir, Guillermo Vidal afirma su nombre entre quienes dejan una obra imperecedera en su conjunto y sus lectores comenzarán a poblar sus espacios narrados como partícipes de otro universo que les atañe y los contiene, como isla desprendida que en sus sagas se multiplica.