Matarile y la crucifixión de la mariposa

Sobre la novela homónima

Por Manuel Gayol Mecías

Esta novela significó la demostración definitiva de Guillermo como una voz imprescindible de las letras cubanas.

Guillermo Vidal Ortiz – Dossier 24

Por esos azares del destino; o más bien, por esos hilos plateados —claramente invisibles— que Dios va soñando, tengo ahora en mis manos una novela cubana de innumerables resonancias, tanto por su contenido como por su técnica, y más  que ambas cosas, por ese terrible talento que el sentido rilkeano le ha otorgado al ángel que debe ser Guillermo Vidal (1952-2004), un narrador de la isla que nació y murió en la ciudad de Las Tunas, al oriente de Cuba, y que desde allí escribió a todo riesgo.

La novela se llama Matarile (desconcertantemente publicada por la Editorial Letras Cubanas, de La Habana, en 1993), y es tan breve como su título, pero al mismo tiempo posee la consistencia de las grandes obras. De hecho, pienso que desde el punto de vista social y político, es una de las narraciones más audaces y literariamente bien escritas que se haya podido concebir y publicar en la Cuba de estos tiempos. Su tema mayor, o el aspecto que lo abarca todo en la novela, es el total desgarramiento existencial de un hombre que desde niño hasta su muerte sufre por el desequilibrio emocional que le han impuesto los prejuicios de una sociedad convulsa y la intolerancia de un proceso político que cada día se le ha venido haciendo más absurdo.

En efecto, en la voz de Toño —su protagonista poseído por el fulgor demoniaco de la irreverencia—, la vida aberrante de la Cuba de hoy se multiplica más allá del amargo sabor local que pueda tener esta historia. La voz de Toño es la de un muerto que, a través de la  memoria y la imaginación, la ironía dramática y la palabra cortante, reivindica su existencia pasada, otorgándole a su infancia en Las Tunas y a su adultez de becado en La Habana y, por último, a su trabajo de profesor, el sello universal de la mejor literatura. La voz de Toño es como el vuelo disperso y caótico de una bella mariposa que lleva sus alas marcadas por todos los signos gráficos que reafirman una identidad muy cubana.

Esta voz (que es el vuelo de la mariposa) se cruza constantemente como una perspectiva surtidora de personajes, sentimientos, asombros, miedos, irreverencias, agobios, enajenación e inhibiciones cotidianas. La palabra de este protagonista es el hilo conductor que va descubriendo un contexto escalofriante de insensatez e intolerancia que termina por llevarlo —dentro de la grotesca comicidad de la risa y la tragedia— a la locura de la impotencia, una especie de calvario y crucifixión. Pero Toño no es un psicópata, en el sentido clásico de esa palabra (como lo infiere la contracubierta del libro, como un recurso para hacerlo pasar inadvertido ante la censura del país comunista en que se publica esta novela), sino el ángel terrible de la irreverencia desatándose en la mágica palabra de un ser que —como sucede con los personajes de Juan Rulfo—, aún después de muerto, encuentra en la imaginación su manera de continuar entre los vivos para denunciar la oprobiosa existencia impuesta por las convenciones y consignas de una sociedad cerrada y lo absurdo de un proceso político lleno de convencionalismos. Estos son los misterios que acechan a Toño: el miedo, la coerción y la falsa moral.

Con un sabio manejo de la sugerencia —a manos de la acción indirecta—, el autor supo dejar que el protagonista se expresara por sí mismo, y puede decirse que en la voz de Toño (que es el protagonista y no el autor, por supuesto) se aborda el tema de la intolerancia política y social sin paños tibios. De aquí que uno de los aspectos principales que trata este pequeño gran libro (formato menor) es el de la impotencia por no haber podido vivir la existencia de un mundo más auténtico en su realidad. Entre tantas cosas, Toño no sólo padece su agonía de becario reprimido por una disciplina alienante, mezclada con falsas y tediosas argumentaciones políticas, sino que también padece las circunstancias de otros: familiares y conocidos que quieren abandonar el sistema político que los asedia (entiéndase: escapar de Cuba), para convertirse en emigrantes que buscan su libertad y mejor suerte de vida. Para ello, tienen que pasar durante años una plaga de penalidades, inhibiciones y represiones que la mayoría de los habitantes del mundo no totalitario ni siquiera imaginan.

Por su parte, el título juega con el tema del desgarramiento existencial en un sentido semiótico-intertextual. La gran mayoría de los cubanos conocen que la palabra  “Matarile” proviene de una ronda infantil que todos, alguna vez,  hubimos de cantar. Pero ese canto aquí toma la dimensión de una ronda demencial, como si fuera una danza de la muerte: “matar-ile” (¿Matar a quién realmente? ¿Al protagonista, en un suicidio mediante la palabra? ¿O el título es también una forma lúdica de rebelarse ante el destino impuesto y la palabra es el recurso de la cuerda para encontrar la salida del laberinto donde Toño se encuentra perdido?).