Guillermo Vidal, para mí la personificación de La Literatura. Se ha hablado y se seguirá hablando de su obra, pero no es eso en lo que me quiero detener, que existen voces muy autorizadas en materia para cantarle loas a su creación. Quiero abrazarme dulce y tibiamente a su recuerdo: al de nuestro flaco y sin embargo inmenso Guille. Nunca tanta bondad, tanta agudeza, tanta sabiduría y tanta límpida ingenuidad convivieron sin contradicciones en la misma persona. No he vuelto a encontrar algo que se asemeje a la calidez y la transparencia de su mirada, ni a la simpatía y cercanía de su palabra en el trato a cortas distancias.
Si enorme es el vacío que ha dejado en las Letras cubanas, inmensa es la orfandad en la que nos ha sumido su temprana ausencia, a los que tuvimos la bendición de quererle, y a la vez, ser queridos.
Sin nuestro flaco y barbudo “Moisés” estamos condenados a vagar desperdigados y sedientos por el desierto de la desunión. Perdidos en tantas coordenadas geográficas, y peor aún, náufragos confundidos de ideales que no logramos reedefinir. Te extraño mucho, Guille lindo. Cada día se me hace necesaria tu charla, tus consejos, tus chistes y tu generosidad de otros tiempos. Hoy no voy a llorarte, porque sé que desde alguna nube, allá arriba, nos estarás mirando, entonces me invento las fuerzas que no tengo y te dedico, con el corazón triste, la mejor de mis sonrisas.