Como ese pájaro de Luis Rafael Sánchez que bate espuelas, propuesto por el honor y la fealdad, que sirve de exergo a este libro, pudiera definirse la estética de estos cuentos de Guillermo Vidal, agrupados bajo el título de Las alcobas profundas y merecedor del premio Rafael Soler de cuento correspondiente al 2004.
Guillermo Vidal no está hoy entre nosotros para hablarnos de su literatura. Falleció precisamente mientras los miembros del jurado de este concurso deliberábamos, pero nos quedan esos testimonios de un escritor que, según sus propias palabras, trató de subvertir, de indignar y de molestar, puesto que siempre entendió su oficio como una provocación.
Los relatos de Las alcobas profundas son consecuentes con esos presupuestos. Se adentran en los puntos oscuros de la existencia humana: la envidia, el homicidio, el envilecimiento y la locura transitan por estas páginas donde la economía de medios, el uso de la primera persona y la condición rítmica de las palabras definen un estilo eficaz y de desasosegada comunicación.
Relatos como “Querida hija” y “Mi salsa” nos muestran a un escritor con pleno dominio de su oficio en quien el mundo interior del personaje sostiene un diálogo armónico con la realidad que lo circunda y no puede dejar de fascinar con el manejo del idioma, a pesar de la crudeza de los acontecimientos que se narran.
Otros como “Hospital” o “Ronald” seducen por la sencillez con que se relatan ciertas situaciones límites, pero dejan el mismo sabor del buen acabado con que la pericia del escritor ha sabido ajustarse a los requerimientos del género y que convierten al autor en uno de los grandes cuentistas dentro del variado y excelente panorama de nuestra narrativa de principios del siglo XXI.
Ganador de casi una decena de premios literarios, antologado y reconocido por la crítica como una de las voces más importantes de la novelística y la cuentística cubanas contemporáneas, la muerte inesperada de Guillermo Vidal otorga a Las alcobas profundas un valor extra por tratarse de uno de los últimos libros que escribiera su autor antes de despedirse para siempre de sus lectores.
En él está presente esa búsqueda angustiosa del individuo ante su realidad, ese modo polémico y controversial de enfrentarla, que está también presente en novelas como Matarile, El quinto sol, Las manzanas del Paraíso y La saga del perseguido, y puede detectarse esa decantación que llegó después de lo experimental a unos relatos que, sin apegarse completamente a la tradición, contienen una dosis mayor de apego a las historias colocando al lenguaje en función de las mismas como lo hace un narrador ya experimentado.
Para el jurado que integramos Ángel Santiesteban, Guillermo Rodríguez Rivera y yo, conocer que el libro que decidimos premiar pertenecía a Guillermo Vidal, unos días después que conocimos de su muerte, significó una conmoción. El vacío que nos dejaba su desaparición se llenó de pronto con estos cuentos donde Guillermo resucitaba dejándose llevar, como había dicho en una entrevista, sin miedo, sin preocuparse por si a alguien no le podía gustar o lo pudieran censurar.
Desde el cuento homónimo que abre el libro hasta “Perro enamorado”, que lo cierra, Las alcobas profundas es la memoria de un hombre que ejerció su vocación de escritor con la seriedad y la entrega de un misionero dejando tras de sí esa obra prolífica que seguramente hubiera tenido mucho más que entregar a quienes lo admirábamos y creíamos en él.
No tuve la oportunidad de contarme entre sus amigos más cercanos, pero lo recuerdo afable, irónico y bromista en algunos encuentros de narrativa en que coincidimos y en los que pude calibrar su modestia y su autenticidad.
Agradezco a Aida Bahr la oportunidad que me ha dado de presentar hoy, públicamente, Las alcobas profundas, este libro donde Guillermo volcó sus últimas inquietudes y su asombro permanente ante las conductas que nunca reprobó por muy negativas que nos parecieran.
Más allá de su física desaparición, Las alcobas profundas de Guillermo Vidal nos acompañan para siempre en una obra que trasciende ya los límites de su existencia para situarse en lo intemporal, en lo permanente, en ese espacio intocable donde la escritura se transforma en presencia real y no permite a los elegidos ese olvido paulatino que es la única verdadera muerte.