Después de leerme Matarile, quise presentar un libro de Guillermo Vidal, apenas era un adolescente, y en parte me creía Toño, y veía cómo muchos compañeros, aunque no iban a la playita, lo hacían entre los matojos. Pero nunca imaginé cómo presentar un libro del Guille, después de haberlo conocido y escuchar un montón de anécdotas suyas, de cómo un hombre a pesar de escribir y ganar tantos concursos, se comunicaba tan bien con cualquier joven sin creer en orgullos ni fronteras intelectualoides. Y es que Guille, a mi juicio, nunca pudo aceptar ser un intelectual, sino un hombre que vivía en Las Tunas, en ese pedazo de tierra en el que le correspondió nacer, y que amó y plasmó en toda su obra narrativa: desde las calles Ramón Ortuño y Lucas Ortiz hasta el amigo menos íntimo reflejado en cualquier personaje, moldeando caracteres de la idiosincrasia del cubano, resaltando la cubanía del interior, desde una palabra hasta un plato de comida.
Pero hoy, me gustaría que aquellos que lo conocieron no piensen en el dolor, sino en aquel personaje quijotesco que bromeaba hasta con la vida, con esa vida incoherente de la cual no se puede hacer una novela, como plantea irónicamente en El Mendigo bajo el ciprés, título que presento. Quisiera que recordaran el pasaje que más los hizo reír, quisiera que lo conservaran risueño.
He leído El mendigo bajo el ciprés como otro mendigo, recorrí con William, su personaje principal, cada resquicio de las becas, del mundo familiar, sentí las muertes y las cárceles en la propia carne, la misma angustia en la voz de William, el crecimiento de William. Y es que son estos temas recurrentes en la narrativa vidaliana, visto por personajes del pueblo y sobre todo el marcado personaje infantil.
Continúa apropiándose de esa carroña humana que diariamente desanda la calle, sin pensar jamás qué puede ser una mala palabra o una cochinada, y aunque el narrador sea un escritor y se entromete a menudo con el lector, aspecto poco común en su narrativa, no ignora esos prototipos como el herrero en un pequeño pueblo, o una camarera, el narrador de la radio, la mirada de un caballo y la ausencia de un perro, pero como mismo dice en una de sus páginas : “nadie habla ni escribe de lo que no será, de lo que es imposible que sea”.
En El mendigo bajo el ciprés Guillermo persiste en la ruptura de planos y cambios de puntos de vistas, en el trabajo minucioso con la oralidad latinoamericana, apoyándose en esas onomatopeyas que nos hacen escuchar desde un beso, una risotada hasta el resoplido de un caballo. Y es este, otro aspecto marcado en su prosa.
Ha vuelto Guille, con una de sus últimas huellas gráficas, para arrancarnos, nuevamente una lágrima o una carcajada porque como dice al final de la novela tampoco este sería mi lugar, pero sí es de todas partes.
