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Ricardo Piglia es quien, quizá con más persistencia, ha pensado la presencia del lector en la obra. Una teoría del lector, el último lector –quizá él mismo–, que aparece dejando marcas en la escritura. En este diálogo que se produjo a partir de su visita a la Biblioteca, Piglia analiza las variaciones técnicas como profundos virajes en las prácticas de lectura que, sin embargo, no han logrado alterar su condición fundamental: la lectura sigue consistiendo en una secuencia lineal de desciframiento que va de un signo a otro, pese al carácter fragmentario que asume en la metrópoli. Un lector salteado que, al decir de Macedonio Fernández, se ve sometido a la interrupción como momento inherente a la lectura y que debe asumir tal situación en tensión con la utopía lectora: su solitaria concreción.
De este modo, y a pesar de las invocaciones temáticas recurrentes, el despliegue tecnológico incrementa la velocidad de circulación y acceso a los textos, operando cambios en las formas de sociabilidad que rodean la lectura, pero no en la lectura misma que conserva para sí la invención de sus propias escenas singulares.
Ricardo Piglia: Bueno, tratemos de no tener una posición centrista, ¿no? (risas). Siempre hay lamentos y euforias. Lo primero que tendríamos que decir, es que hay muchos historiadores de la cultura trabajando este tema. Hay que pensar sobre todo en Roger Chartier que ha reflexionado sobre la cuestión del cambio en los soportes de la lectura, desde los papiros, los rollos y los libros hasta la lectura en la pantalla. Chartier ha insistido en la importancia de la materialidad del formato en la discusión sobre la construcción del sentido y en la historia de la lectura. Hay que situar el problema en la larga duración. ¿Qué es lo que persiste de las formas de leer y qué es lo que se ha transformado? Yo tiendo a pensar que el modo de leer –desde la perspectiva que a mí me interesaba en el libro (El último lector, 2005)– no ha variado. Leer ha sido siempre pasar de un signo al otro. Puede haber cruces, cortes y virajes en la linealidad, pero la construcción del sentido, el modo de descifrar los signos al leer, no ha cambiado. Es una práctica de larguísima duración. Desde luego la lectura supone el aislamiento, el lector es un sujeto que está descifrando una serie de signos y está solo en eso. Lo que cambia es la escena en la que se lee, y la actitud. No sólo el formato en que leemos los textos cambia y por lo tanto la posición del cuerpo, sino tambiénel tipo de atención. Yo he construido una especie de modelo histórico, un poco en broma, con dos posiciones. La primera, que podríamos llamar la pose Kafka, es el modelo del lector que se encierra y se aísla y no quiere ser interrumpido. La ambición de Kafka de encerrarse en un sótano y que le dejaran la comida en la puerta, para poder caminar un poco, pero no ver a nadie y estar aislado. O la metáfora que los medios usan siempre: ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta? La lectura perfecta y personal estaría asociada con el aislamiento y el punto extremo sería estar solo en una isla con un solo libro. Es una imagen que persiste, la del lector que está concentrado, aislado. Poe teorizó ese modo de leer con su poética de la forma breve: La Filosofía de la composición es una teoría de la lectura. Hay que escribir un texto cuya extensión dependa de la capacidad de sostener la atención, un texto que no se pueda dejar y que se pueda leer de un tirón, en un tiempo prefijado. El sentido depende de la concentración que a su vez depende de un tiempo fijo y de la continuidad. En ese marco, la interrupción aparece como un fantasma que recorre la historia de la lectura. Podemos seguir esa historia con ciertas situaciones donde la interrupción aparece ficcionalizada, muchas veces como una amenaza. Está el relato de Cortázar, el bello relato “Continuidad de los parques”, sobre la lectura de una novela. La lectura interrumpida supone distintos tipos de situaciones: una es la interrupción propiamente dicha –alguien que entra e interrumpe–, otra es el paso del libro a lo real, y la inversa, lo real que irrumpe en el momento de la lectura.
Claro. Los desarrollos técnicos y la complejidad de la experiencia han ido generando otra figura que yo asocio con Joyce, para ponerle un sujeto, y por el tipo de poética de la escritura que supone. El modelo no es la isla, sino la ciudad, la dispersión, la proliferación de los signos. La lectura no es lineal, el que lee se desvía, está en una red, el tiempo está fragmentado y es múltiple. Uno podría asociar esta posición con el movimiento en la ciudad, donde todo parece suceder al mismo tiempo. Por lo tanto el lector no funciona como aquel que está aislado o en cualquier escena de aislamiento que se pueda construir, sino que el lector está conectado a una red y eso la literatura ya lo empezó a mostrar mucho antes de que aparezcan las formas contemporáneas. Hoy es habitual que un lector esté leyendo un libro y a la vez tiene prendida la TV, está atento a los e-mails, habla por teléfono, escucha música. La percepción distraída. Podríamos recordar la noción del “lector salteado” de Macedonio. Un lector que se hace cargo de la interrupción, de todo lo que interfiere y lo incorpora a la lectura. Entra y sale, se dispersa, se concentra, se va. Y desde luego la prosa de Joyce o la de Macedonio están ligadas a ese tipo de lectura que no es lineal, o en todo caso infiere la posibilidad de una lectura discontinua.
Otra posibilidad es hacer una historia de la técnica que acompaña y sostiene la lectura y la modifica. Por ejemplo, podríamos hacer una historia de la luz, de la iluminación. El invento del vidrio que hace posible las ventanas; el paso de las velas a la luz de gas, a las lámparas. La posibilidad de leer de noche. Esa sería una manera de hacer una historia de la técnica en relación con la lectura. Desde luego, las bibliotecas, están ligadas a ese tipo de historia, un lugar construido para leer, donde los libros se ordenan, se acumulan, hay un recorrido, un movimiento mas físico, hay que moverse por ese espacio, los pasillos, las galerías, los estantes; se puede ir de un libro a otro. Las bibliotecas no sólo acumulan libros, modifican el modo de leer. Producen un efecto paradojal, que es típico de las grandes bibliotecas, siempre habrá un libro que no hemos leído, la contradicción entre el libro que estoy leyendo y todos los otros libros que están ahí disponibles y que nunca podremos llegar a leer. Lo que no se puede leer, lo que falta, acompaña a la lectura, forma parte de la experiencia misma. Son cuestiones ligadas a la lectura como posibilidad y están conectadas con el debate actual sobre qué sucede con la lectura en la red, con las conexiones múltiples, la superposición y la acumulación, el paso de un texto a otro. La literatura ya había intentado dar cuenta de la posibilidad de las lecturas múltiples, simultaneas, sucesivas. Borges ha dado el paso de la imagen de la biblioteca como espacio de saturación y de lectura sucesiva, a la invención de una imagen que se acerca a la experiencia de la lectura simultánea y a la web. Eso está en “El aleph”, desde luego, un modelo de simultaneidad, de visión instantánea, todo el universo concentrado en un punto. La clave, creo, es que se mantiene la relación personal, aislada, se trata de una visión privada que se abre a todos los signos pero el sujeto sigue solo ahí frente a esa pantalla microscópica. Con esto quiero decir que las novedades son siempre novedades, desde luego, porque en el contexto en que funcionan tienen un sentido propio, pero uno podría establecer una arqueología de todas estas imágenes y figuras que hoy se discuten a partir de las nuevas tecnologías.
La velocidad, la instantaneidad, tiene que ver con el material, con los signos: llegan más rápido, están más cerca; pero la velocidad de la lectura sigue siendo la misma, con pocas variaciones. Depende de la materialidad, del cuerpo, de la mirada, es muy personal, tiene un ritmo subjetivo, como la respiración (los cambios de ritmo suponen a veces cierta patología, cierta alteración: la lentitud del asma en Proust, en Lezama, en Saer; el jadeo acelerado en Celine, en Kerouac, en Lamborghini). La lectura veloz fue una especie de chiste idiota, lo que se ha acelerado es la posibilidad de acceso a los textos y a los signos, pero no la lectura misma. La instantaneidad de la percepción está ligada a la imagen, no al desciframiento de los signos. Obviamente no es lo mismo ver una imagen que leer un texto. Hay un cambio de ritmo. Se pueden intercalar y entreverar palabras e imágenes, pero habrá siempre una distancia que básicamente es temporal. Godard ha trabajado mucho sobre esta diferencia, siempre hay algo para leer en sus filmes y esos textos son una especie de fundido a negro, marcan un cambio de ritmo. Lo mismo podríamos decir de la experiencia de los subtítulos de las películas, también se va al cine a leer (¡Y dicen que el subtitulado fue un invento argentino de los años 30, cuando apareció el sonoro!). ¿Qué pasa ahí?; ¿O en las historietas? Cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras se quiere decir que la imagen llega más rápido, la captación es instantánea, la percepción tiene la misma velocidad que la imagen. Mientras que leer un texto de cien palabras o de mil palabras, cualquier texto que sea, tiene otro tiempo. Hay una lentitud de la lectura, digamos así, un tiempo para captar el sentido, difícil de cambiar. Los modos actuales de abreviar y usar letras que concentran palabras, típico en los e-mails y en los mensajes de texto, una suerte de taquigrafía personal, son un intento de acelerar el desciframiento, porque la lectura es siempre más lenta que la circulación de los textos. Para acelerar se tiende al criptograma, a la señal. Recordemos que Alan Turing que está en el origen de la cibernética, empezó como criptógrafo y descifrador de mensajes codificados durante la Segunda Guerra. Y hoy todos estamos en una escena de criptógrafos, sujetos inciertos que descifran y protegen la lectura con los passwords. En realidad para acelerar la lectura habría que sustituir las letras por números para que los mensajes se pudieran leer más rápido, pero eso nunca puede funcionar; el lenguaje es insustituible, no se puede inventar, todo esperanto es cómico; la compresión universal e instantánea no funciona. El lenguaje tiene su propia temporalidad; más bien habría que decir que es el lenguaje quien define nuestra experiencia de la temporalidad, no sólo porque la tematiza en los tiempos de verbo, sino porque el lenguaje impone su propio ritmo. En todo caso, la poesía es la que ha llegado mas lejos en los cambios de velocidad en el lenguaje, acelerar la comprensión de sentidos múltiples con pocas palabras. Y el límite será siempre el hermetismo, el idiolecto. Podríamos pensar en Mallarmé o en Haroldo do Campos o en Oliverio Girondo, para definir un uso cyber de la lengua.
En definitiva, insistiría en los cambios mínimos que ha sufrido la actividad del que lee; los signos nos siguen viniendo uno tras otro y hay que entrar en ese recorrido lineal. Después los podemos alterar, podemos intercalar un texto en otro pero siempre habrá un movimiento lineal, difícil de acelerar y de alterar. Quizás otro ejemplo de la relación entre tiempo de lectura y movimiento, sea la lectura en un viaje. También aquí se trata de una historia de la técnica que ha sido por lo demás muy tematizada por la literatura: leer en movimiento, la lectura como viaje, la lectura asociada con una temporalidad alterada. Laurence Sterne en Tristam Shandy dice que la lectura de su novela reproduce el ritmo de un carruaje que sufre las sacudidas y los saltos del camino. Hay muchas escenas de lectura en las novelas de Conrad y de Melville, la lectura como navegación. Y está esa situación extraordinaria en Gravity Rainbow de Pynchon, en la que –en un submarino durante la Segunda Guerra– los marinos citan el Martín Fierro y se ponen a discutir las hipótesis de Lugones sobre el poema de Hernández. Y desde luego está la gran tradición de la lectura en los trenes, una relación con ritmos diversos entre lo que se está leyendo y la realidad que está pasando a una velocidad definida.
Sí. Con la precaución de decir que ese vértigo, digamos, muy atractivo, de proliferación de información produce, paradójicamente, cierta pausa; el sujeto detiene el flujo, debe seguir descifrando un signo atrás de otro. Es decir, puede llegar la cantidad de información que sea, pero siempre vamos a tener que descifrarla mediante un movimiento cuya velocidad no depende de la máquina. Podríamos decir que Joyce en el Finnegans’ Wake fue el primero que intentó modificar el modo y la velocidad de la lectura, a partir de la acumulación delirante de sentidos múltiples en cada palabra. El Finnengans es el intento de lograr la simultaneidad absoluta. Cada frase del libro remite a todas las lenguas y a todas las referencias y abre todos los sentidos posibles. El lector de ese libro enfrenta la dispersión y simultaneidad en cada página. Implica una suerte de lector futuro que debe ser políglota, manejar todas las lenguas. Y debe ser un insomne porque ya sabemos que no toda vigilia es la de los ojos abiertos. Por eso siempre me pareció extraordinario que el primer libro que se compró en Amazon, fuera el Finnengans’ Wake. El primer lector que entró en la red para buscar un libro (fin de la librería como espacio real) pidió la novela de Joyce. El Finnengans es el libro de esta era, parece hecho para este escenario de lectura.
Básicamente he visto todo el proceso de desarrollo de la tecnología de un modo muy directo porque estoy enseñando en Princeton desde hace veinte años y ahí los avances han sido extraordinarios. El acceso al conocimiento en estos años ha cambiado muchísimo y los medios técnicos forman parte de los cursos mismos. Y desde luego los estudiantes están muy integrados a los nuevos medios. Los modos de enseñar han ido cambiando. Ya no se trata tanto de informar sobre campos específicos de investigación, sino de seleccionar las rutas de lectura, cuáles son los textos que se leen en grupo y de qué modo se leen, cómo se procesa el acceso inmediato a la información. Los seminarios y los cursos tienen un site propio, donde circulan los textos y al que los estudiantes están conectados. Y la página, claro, se llama Blackboard, un pizarrón virtual, donde todos pueden entrar con una clave. Por mi parte sigo enseñando, por decirlo así, modos de leer. Con esto, lo que quiero decir una vez más, es que los medios técnicos avanzan a una velocidad notable antes que nada en la dimensión de la circulación. Recordaba hace un tiempo una anécdota que cuenta W.H. Hudson, en Allá lejos y hace tiempo, sobre cómo circulaban los libros en el campo a mediados del siglo XIX: nos llegaba una novela, cuenta Hudson, y después de leerla se la pasábamos al vecino que vivía en una estancia que estaba a quince leguas, a caballo, y ese le pasaba la novela a otro y ese a otro y la novela se iba alejando cada vez más, de una estancia a otra. Ese movimiento, lo que se tarda en llegar a lo que se quiere leer, es lo que se aceleró notablemente. Y ese cambio en la circulación ha producido cambios en la sociabilidad, digamos así. Y eso desde luego que tiene efectos culturales. Yo me acuerdo cuando iba al correo todas las tardes a despachar las cartas. Caminaba seis o siete cuadras hasta la oficina del correo, charlaba con el que recibía las cartas, me iba a tomar un café al bar de Talcahuano y Corrientes y después me daba una vuelta por los quioscos de libros de la Plaza Lavalle. Tenemos el e-mail ahora ¿no? Estamos en pleno proceso de desmaterialización, como decían Masotta y Jacoby en los años 60. Ahora uno puede hacer todo eso –por ejemplo comprar libros usados en la web– sin moverse de la computadora, salvo el café, que uno se lo tiene que ir a hacer a la cocina.
No sé si cambia el tipo de escritura. Desde luego han cambiado las condiciones de producción. Hay mayor difusión de lo que se escribe y se lee, el acceso es mucho más libre, hay una especie de anarquismo primitivo. Se puede difundir sin problema lo que se quiera. No hay casi mediación y eso es extraordinario. Pero en la escritura, en la narración, no veo que estas modificaciones técnicas hayan producido grandes cambios. Están los blogs, cada uno puede tener su página, su boletín personal. Podemos llamarlo anarquismo, porque no hay intervención del Estado, es un espacio sin fronteras, donde todo circula y se intercambia. Pero tiene algo primitivo, también, porque en general lo que se escribe es muy ingenuo, todos parecen escritores naif, quizá por el propio medio, por la búsqueda, un poco indiscriminada y medio desesperada, de lectores que tiene el que escribe un blog, las formas que usan para atraer a la red a los que andan sueltos. Miles de escritores a la pesca de lectores. Todo es gratis, además. Lo que se ve más claro son las tácticas para llamar la atención, el método suele ser el escándalo, una especie de versión privada del periodismo amarillo. Una mezcla de chisme, calumnia y confesión, cierta confianza excesiva en el decir directo, se ve demasiado la demanda, o en todo caso la ilusión de que alguien se detenga ahí a leer. Yo mismo tengo un blog y una página web pero la firmo con pseudónimo, porque me interesa la experiencia misma y quiero ver qué pasa y qué circula. No me interesa que lo lean por el nombre del autor. La verdad es que me divierto mucho. En mi próxima novela, voy a poner la dirección de la página y del blog. No los textos que están escritos ahí, sólo el dato de quien los ha escrito, voy a usar la novela para que el que quiera pueda entrar a ver.
En definitiva, me parece que en la literatura, lo que se ve es una presencia, digamos así, temática de las nuevas técnicas; pero no veo cambios en los modos de narrar. El que ha llegado más lejos en esa línea ha sido William Gibson, que es un gran novelista que trabaja con los mundos virtuales y el cyber. Pero no veo que la estructura de la narración propiamente dicha se haya alterado radicalmente. Hay intervenciones interesantes de algunos novelistas argentinos jóvenes, que están trabajando con esos elementos; Daniel Link por ejemplo, pero me parece que son cambios de contenido; en vez de telegramas o de cartas se narra la circulación de los e-mails.
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