

El aeropuerto Juan Santamaría, en San José de Costa Rica, ha estado en obras por años, y no hay visos de que se concluyan en un plazo razonable. Cuando uno llega al país, una vez hechos los trámites de migración y aduanas, el primer impacto lo produce un tumulto en la calle. Uno sale y se ve rodeado de taxistas legales e informales, personas con cartelitos en busca de zutano o fulano, familias y amigos pendientes de sus seres queridos y hasta malandrines que ofrecen ayuda con el equipaje. Al momento de irse del país, las despedidas deben hacerse igualmente en la acera, pues el salón donde se encuentran los mostradores de las aerolíneas es muy pequeño y los viajeros hacen largas colas en un ambiente que parece de mercado.
Un martes de enero, después de todos lo suplicios que se sufren en nombre de la seguridad, pude finalmente sentarme en una sala de abordaje del Juan Santamaría, abrir mi computadora y empezar a escribir. De vuelta en los Estados Unidos me esperaba una pila de trabajo, y con la disciplina que uno aprende a desarrollar en estas sociedades me decidí a no perder el tiempo y tratar de adelantar lo posible. Al rato escuché que se anunciaba un retraso de dos horas en el vuelo. Años atrás tales avisos me causan un estremecimiento, pues hay pocas cosas más vulnerables que la operación de un aeropuerto o de una línea aérea. Primero uno piensa en el motivo del atraso, rogando con cierto egoísmo que sea algo del clima pues así todos los vuelos saldrán minutos u horas después, sin afectar tanto las conexiones. Más preocupación causa un desperfecto mecánico. Al menos en mi imaginación muchas tragedias aéreas empiezan con un retraso por una falla que no logró corregirse adecuadamente. Ese día, sin embargo, el motivo fue distinto: la tripulación había arribado tarde la noche anterior y por regulaciones de la industria debía tomar un tiempo extra de descanso.
Seguí en lo mío hasta oír un segundo anuncio: los pilotos habían sufrido un accidente de tránsito y el vuelo se cancelaba. Teníamos que pasar por migración, recoger el equipaje y subir de nuevo al piso donde estaban los mostradores. El delicado equilibrio de los viajes se había roto finalmente. Yo no traté de correr como lo hicieron algunos pasajeros. Otras experiencias de aeropuerto me han enseñado que la prisa y la ansiedad no mejoran la situación, pues a partir de ese momento los casi doscientos pasajeros quedaríamos a merced de lo que la aerolínea pudiera ofrecernos.
Mis maletas aparecieron pronto, y con un vecino de infancia que me reconoció entre la gente subí a esperar. Pronto se nos unieron una señora peruana en ruta a India –tenía casa en San José y en un lugar a unas cuatro horas de Nueva Delhi—y dos hombres con aspecto de ejecutivo, uno costarricense y el otro suizo, que debían estar al día siguiente en Dublín. Mi amigo se dirigía a Barcelona y yo, con menos glamour, a Baltimore. La conversación fue muy plácida, cargada de humor, tal vez a sabiendas que íbamos a pasar mucho tiempo en fila antes de que nuestros respectivos problemas se resolvieran. La señora peruana nos dio una corta charla sobre medicina alternativa y mencionó varias veces la palabra “destino” como explicación al descalabro de horarios y planes que estábamos sufriendo. La pareja en ruta a Irlanda estaba relajada, hacía bromas. Ellos parecían disfrutarse uno al otro como lo hacen quienes han pasado muchas aventuras juntos y se comunican por códigos secretos.
Luego de unas tres horas de espera llegamos al mostrador de la aerolínea, negociamos alternativas de viaje y salimos a esperar una buseta que nos llevara a un hotel del área, pues muy pocos podrían salir a sus destinos esa misma tarde. El hotel en cuestión lo conocía yo desde los años ochenta, cuando trabajaba en una agencia de publicidad cercana. Por años fue un negocio familiar, con un lindo bar y precios accesibles para la clase media. Ahora pertenecía a una cadena norteamericana e inevitablemente se sentía la marca de un estilo distinto, eficiente y un tanto impersonal. La cantina, por ejemplo, había desaparecido y sólo los ascensores pequeños e incómodos recordaban el cálido hotel de antaño. Los pasillos albergaban más habitaciones de las que yo podía recordar, como si se hubieran extendido con el paso del tiempo.
Ya en mi cuarto puse el televisor mientras era hora de cenar. Además de estaciones de varios países de América Latina y algunas cadenas de Estados Unidos, podían sintonizarse canales en chino, italiano, francés y alemán.
Al rato bajé de nuevo a la planta baja. Evité el nuevo casino y me fui directamente a comer. En la esquina habían levantado una fea estructura donde un restaurante de una cadena norteamericana servía comida grasosa las veinticuatro horas. Entré con mis vales de comida y me senté a mirar las tiendas, la autopista, los complejos de oficinas al otro lado de la calle.
Fue entonces que me percaté finalmente de la extraña circunstancia en la que me encontraba. Para mis amigos y familiares yo debía estar en ruta a Estados Unidos. Para mis conocidos en ese país, yo estaba por llegar en algún momento de ese martes. Nada de eso era cierto. En cambio, comía hamburguesas en un ambiente de clase media americano, rodeado de gente que conversaba en varios idiomas. El hotel ya no era lo que mis recuerdos proponían, sino algo a la vez familiar y lejano. Y por la ventana se veía una Costa Rica con la que ya no compartía los mismos códigos: Autos en un embotellamiento interminable, negocios, muchísima prisa… Un estado de ansiedad que los ventanales del restaurante neutralizaban, pues ningún ruido de afuera invadía el ambiente.
De algún parlante oculto en el cielo raso bajaba música pop de los ochentas.
Por
Uriel
Quesada
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